Por Santiago Sánchez Navarro*

Si nos pidieran hacer una lista de los factores que comprometen la salud mental de la gente, probablemente figurarían las relaciones intrafamiliares, los eventos traumáticos sufridos en la infancia, la predisposición genética y hasta los traumatismos cerebrales, pero difícilmente mencionaríamos a las ciudades.

Según algunas organizaciones civiles formadas por equipos multidisciplinarios de psicólogos, psiquiatras, sociólogos y urbanistas, las ciudades que habitamos nos enferman. Una vez dicho esto, no es tan difícil imaginar de qué manera o por qué.

Pensemos, por ejemplo, en el estrés que nos provoca la vida citadina: ir siempre a prisa, entre el humo de los autos y sus estridentes cláxones; o en lo deprimentes que pueden resultar las vistas que contemplamos todos los días: la suciedad, el desorden, el caos…

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Pero para organizaciones como el Centro para el Diseño Urbano y la Salud Mental, con sede en el Reino Unido, la lista va mucho más lejos. El UDMH (por sus siglas en inglés) ha elaborado un índice de los factores en que el diseño urbano puede influir en la salud mental de los habitantes de una ciudad: áreas verdes y acceso a la naturaleza; espacio para realizar ejercicio; espacios diseñados para fomentar el intercambio social positivo; seguridad pública; sueño; transporte y conexión; estrés económico y asequibilidad; y contaminación atmosférica.

Para este grupo de investigadores que realizan, supervisan y promueven los estudios de caso en ciudades de todo el globo, el acceso a la naturaleza a las áreas verdes es fundamental porque diversos estudios demuestran que el hombre necesita sentirse en contacto con la naturaleza para estar emocionalmente estable; el ejercicio físico está relacionado con bajos niveles de estrés y mejor circulación sanguínea; la socialización favorece la confianza entre las personas, factor clave de la felicidad para los miembros de una especie eminentemente social; la seguridad, también relacionada con la confianza, es clave para evitar estados mentales como el estrés postraumático.

Dormir bien, según demuestran muchos estudios, es indispensable para mantener en óptimos niveles diversos químicos cerebrales relacionados con la memoria, el estado de ánimo y la salud emocional en general; la transportación y la conectividad entre zonas de la ciudad nos permite acceder a la oferta laboral, de entretenimiento, de cultura, educativa y de salud: pasar menos tiempo en el tráfico nos permite pasar más tiempo leyendo o conviviendo con nuestra pareja, nuestra familia y nuestros amigos; una situación económica estable, especialmente definida por el acceso a un trabajo digno y bien remunerado, es uno de los elementos más importantes para que un individuo tenga buena autoestima y para evitar el estrés; mientras que la polución del aire se ha relacionado, si bien todavía no de manera concluyente, con enfermedades y condiciones mentales como la esquizofrenia y el autismo.

El diseño de las ciudades, empezando por las casas y siguiendo con las calles, las plazas y los centros económicos, está relacionado también con la felicidad de los individuos que las habitan. Así lo piensa Happy City, una organización internacional con presencia en Estados Unidos, Canadá, América Latina y Europa, que colabora con la ONU en el diseño de políticas públicas orientadas a construir sociedades más felices.

Para Happy City, la felicidad de un país depende de seis condiciones clave: la prosperidad económica, la salud física y mental de los ciudadanos, la libertad de los individuos para tomar decisiones clave de vida, el capital social, los valores sociales compartidos orientados a la generosidad, y la confianza social, incluyendo la confianza en la honestidad de las empresas y los gobiernos.

El diseño urbanístico está íntimamente relacionado con la satisfacción de estas condiciones clave: la construcción de ciudades más caminables, la vivienda a precios accesibles, el transporte público y el fomento al uso de la bicicleta contribuyen a la integración social, disminuyen el resentimiento social y mejoran la confianza entre los miembros de una sociedad.

Ahora pensemos por un momento en qué tipo de ciudades hemos estado construyendo en América Latina y, particularmente, en México: hemos deforestado las ciudades para construir vialidades para los automóviles y para levantar innumerables centros comerciales; hemos desplazado a la gente con menos ingresos a los confines de la ciudad, condenándolos a pasar de dos a cinco horas de su día en el auto o en el transporte público; hemos construido zonas residenciales aisladas del resto de la ciudad, paraísos inaccesibles para más de 99% de la población pero, a su vez, aislados de la vida de la ciudad; hemos centralizado la oferta cultural, económica y educativa, marginando a los grupos sociales más vulnerables y restringiendo su acceso a las oportunidades que les ayudarían a alcanzar el bienestar, la salud mental y la felicidad a los que tienen derecho.

El diseño de nuestras ciudades se ha orientado por la productividad económica, la organización política y la satisfacción de las necesidades básicas, pero ha dejado de lado la felicidad y la salud mental de la población.

Las consecuencias las vemos todos los días en los periódicos, las vivimos, las sentimos y hablamos de ellas con la gente que nos rodea: estrés, malestar, insomnio, depresión, angustia, inseguridad y, en general, una calidad de vida deficiente.

Sería más que deseable que nuestros gobernantes se tomaran en serio el conocimiento y la experiencia acumulados en el mundo y concentrados metódicamente por organizaciones como Happy City o el UDMH para rediseñar nuestros centros urbanos para que cumplan con el objetivo esencial de brindarnos un entorno más saludable donde podamos desarrollarnos en libertad y ser felices.

 

* El autor es Director General de Propiedades.com.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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