Alexander Sandy Calder heredó una fortuna inmensa que no tiene que ver con dinero. Él se ha encargado de compartir ese legado a través de una fundación que lleva el nombre de su abuelo. Mientras organizaba la exposición que se presenta en el Museo Jumex, se tomó un momento para conversar con nosotros.

 

Por Jimena Sánchez Gámez

Podríamos afirmar que el arte se abrió al mundo con los primeros movimientos vanguardistas, cuando los artistas apostaron por el cosmopolitismo en aras de que su trabajo trascendiera las fronteras de su propio país de origen: Alemania (expresionismo), Italia (futurismo) o Francia (surrealismo).

Después de haber estudiado ingeniería en Estados Unidos, Alexander Calder (1898-1977) viajó a París y durante cinco años construyó un circo al que denominó Cirque Calder, una suerte de microcosmos que contenía figuras de humanos y animales hechos con alambre, trozos de tela, madera, metal o caucho. Era fácil transportarlo en una maleta y cuando tenía que dar funciones sólo colocaba una pequeña carpa y hacía aparecer a los personajes. Entre los asistentes que se deleitaron con aquella representación estuvieron el pintor Joan Miró y el escritor Thomas Wolf.

Ahí fue donde el joven artista desarrolló uno de los conceptos que caracterizaron su propuesta artística: el movimiento. Esto lo apreciamos en diferentes piezas como: Elephant (1936), 13 Spines (1940), Cascading Flowers (1949) o Glass Fish (1955). Calder «no era religioso pero creía, de alguna manera, en la fuerza de los objetos. Aunque sepamos racionalmente que sus obras están hechas de metal, pintura y materiales industriales, aunque sepamos que no hay nada precioso en ellas, aún así existen, tienen en sí mismas una enorme implicación de vida», nos cuenta Alexander Sandy Calder, nieto del artista durante su visita a México. Así, la idea de Calder partió de la cinética y con ella cambió la manera de concebir el arte de la segunda mitad del siglo xx.

Teóricos han notado en el trabajo de Calder, influencias del artista húngaro László Moholy-Nagy, quien, preocupado por lo limitado que puede llegar a ser el ojo, vio en la fotografía y el cine nuevas posibilidades de experiencias móviles para el espectador.

La primera Guerra Mundial le permitió a alder la creación de obras simbólicas para expresar una postura ante el hecho bélico; la segunda Guerra Mundial dio pie a que sus piezas no buscaran únicamente lo simbólico, sino «tomar» el planeta con presencias monumentales y que le pertenecieran al mundo: a la lluvia, al sol, a la noche, a los paseantes y a la vida. Por esto en diversas ciudades hay un legado de Calder como el Sol Rojo (1968) en México; Flamingo (1973) en Chicago u Horizontal (1974) en París.

La Fundación Calder

Alexander Sandy Calder, nieto del escultor,  se ha encargado desde 1987 de aglutinar el trabajo del abuelo por medio de la Fundación Calder, que tiene la finalidad de «fomentar el conocimiento y el aprecio por las artes visuales». Sandy dice que «inventó» este trabajo  hace 27 años «cuando comencé con la fundación que custodia el patrimonio de mi familia. Mi trabajo es traer al presente la obra de mi abuelo. Hacer que la experiencia de la gente frente a sus piezas no se limite a lo que puedes ver en un libro.». El arte es vivencia y la experiencia artística sólo se logra cuando el espectador participa y concreta la pieza delante de él.

La colección incluye los móviles, esculturas de alambre, pinturas al óleo, juguetes y joyería. Muchas de estas obras están en exposiciones itinerantes, otras en la Fundación y unas más en exposiciones permanentes, pero en constante movimiento. Dice Sandy que las piezas de su abuelo «existen en el momento presente, en 2015, y responden e interactúan con la gente. No son una identidad congelada que pertenece a 1936 o 1942. Un móvil de Calder, por ejemplo, no está pensado para moverse todo el tiempo, no dispone de motor, no es una máquina, pero si un día te encuentras en la misma habitación con uno de ellos te darás cuenta que su presencia es ineludible: de un momento a otro habrá cambiado de posición y quizá ni siquiera te percataste de su movimiento».

La Fundación también alienta a los jóvenes artistas a través del Premio Calder que se otorga cada dos años a un artista vivo con la condición de haber complementado su trabajo, innove y demuestre una contribución importante al campo de las artes. Los galardonados con este reconocimiento han sido, Darren Bader, Rachel Harrison, Tomas Saraceno, Zilvinas Kempinas y Tara Donovan.

Alexander Calder de vuelta a México 

Sumada a los proyectos de la Olimpiada Cultural —que se llevó a cabo a la par de los Juegos Olímpicos de 1968—, la Ruta de la Amistad trajo una escultura de Alexander Calder al espacio público de la Ciudad de México. Sol Rojo, en la explanada del Estadio Azteca, es sólo una de las expresiones de la relación que el artista guardó con México. Sandy recuerda al respecto de esta obra: «Al crecer pasé mucho tiempo con mi abuelo en su estudio. Eso me dio la oportunidad de conocer de cerca sus métodos de trabajo y la forma en que se relacionaba con sus piezas una vez que quedaban allá afuera, en el espacio público. Aquí en México está Sol Rojo, la más alta de sus obras, no la más voluminosa».

Amigo de Mathias Goeritz y de los  Tamayo, Calder profesó en vida gran cariño por la nación mexicana, así como también mantuvo relaciones creativas con artistas e  intelectuales. La exposición Calder: derechos de la danza, lo trae nuevamente a nuestro país. La curaduría de esta exposición que permanecerá en el Museo Jumex hasta el 28 de junio estuvo a cargo de Sandy Calder y de la arquitecta Tatiana Bilbao.

«Fue un gran reto», nos cuenta Sandy. «No había visto antes el edificio y hay que hacer planes por adelantado. También Tatiana hizo un trabajo fantástico, no sólo arquitectónicamente hablando, ella propuso que la exhibición comenzara con la joyería de mi abuelo y quedé encantado con la idea […]. Recuerdo que [él] le regalaba muchas joyas a mi abuela, tanto de culturas precolombinas como hechas por él mismo. Así que lograr que, con ese sentido de intimidad, comience la museografía, me parece un increíble acierto».

¿Cómo hubiese representado Calder las funciones de su circo itinerante? No sabemos; sin embargo, ahora le corresponde a su nieto cargar con esa gran maleta donde todo cabe, se mueve y los asistentes contemplamos absortos el espectáculo. ¡Tercera llamada, tercera, comenzamos!

 

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