México se corona como una de las mecas de la moda con las exposiciones que dedica a un genio de la aguja y al arte de la indumentaria. ¿Un vestido puede ser una obra maestra? Si lo firma Balenciaga, desde luego que sí.

Mucha gente cree que el fenómeno de las exposiciones de moda es algo nuevo. Error. El Metropolitan de Nueva York —ese edificio que es mucho más que un museo: es todo un mundo— le dedicó a Cristóbal Balenciaga su primera exposición sobre moda: El mundo de Balenciaga, curada por Diana Vreeland, en 1973. Sí, hace 43 años. Después vinieron otras —dedicadas a Rusia, China, los iconos estadounidenses e Yves Saint Laurent— pero aquella primera exposición sobre Balenciaga fue seminal. Sentó las bases de lo que vino después y de fenómenos, por ejemplo, como Savage Beauty, la exposición organizada por el Met en 2011 que se convirtió en una de las más exitosas de su historia (600.000 visitantes) consagrada a Alexander McQueen.

La exposición que el Museo de Arte Moderno —otro edificio fascinante, como un platillo volante que hubiese aterrizado en medio del bosque de Chapultapec— dedica a Cristóbal Balenciaga (hasta el 4 de septiembre) es extraordinaria por varias razones. En primer lugar, porque el modisto español (jamás se consideró a sí mismo un “diseñador”, antes hubiese preferido que le arrancasen un brazo) es el maestro del que beben todas las fuentes de la moda contemporánea. Sus trajes son esculturas que cobran movimiento y que merecen estar donde están ahora, en el museo. Mona von Bismarck, la mujer más elegante del siglo XX, se encerró tres días en su villa de Capri cuando se enteró de su muerte. No es para menos. Hoy los mexicanos pueden admirar la precisión de sus cortes, su admirable sabiduría a la hora de perfilar los volúmenes sobre los cuerpos de sus clientas que, lejos de ser modelos, eran mujeres de carne (en el caso de algunas aristócratas españolas, bastante abundante) y hueso y admirarlo como lo que es: un maestro, un esteta, un genio.

Pero la exposición es también excepcional por otro motivo, porque de pronto la Ciudad de México se ha convertido en una de las capitales de la moda internacional al albergar tres exposiciones simultáneas dedicadas a la moda. Las otras dos son El arte de la indumentaria y la moda en México, 1940-2015, curada por Ana Elena Mallet y Juan Coronel Rivera (en el Palacio de Cultura Banamex-Palacio de Iturbide y en El Palacio de Hierro Polanco, hasta el 19 de junio) y La Diseñadora Descalza: Un taller para desaprender, que el Jumex acaba de clausurar dedicada a la mexicana Carla Fernández y su relación con los textiles mexicanos.

La irrupción de la moda en los museos como una disciplina artística más es algo que no tiene vuelta atrás. El coleccionista y mecenas de origen holandés Han Nefkens decidió ampliar en 2006 su colección de arte contemporáneo, que incluye obras de artistas como Bill Viola, Jeff Wall o Sam Taylor-Wood (excelente fotógrafa y execrable directora, responsable de ese engendro llamado 50 sombras de Grey), con los diseños de Hussein Chalayan y Viktor & Rolf. Paul Poiret, que se autodenominó a sí mismo “El rey de la moda” a principios del siglo XX —así tituló el Met a la retrospectiva que le dedicó en 2007—, decía que se sentía “muy cerca de los pintores”. Y un siglo después Armani, a quien el Guggenheim de Bilbao dedicó una exposición en 2001 con diseño del director escénico Robert Wilson —un genio a la altura del mismo Armani—, sostiene que sí: “Por supuesto que la moda es arte. La relación entre estos universos es muy estrecha. Ambos son medios de expresión de gran potencia que crea no sólo objetos bellos, sino también capaces de emocionar”. Mona von Bismarck no estaba equivocada. Un Balenciaga te puede cambiar la vida. Y un Carla Fernández, también

 

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