Le Bristol París, un mito en el universo de la hospitalidad, ha cumplido este año su 90 aniversario. Casi un siglo de historia marcado por el espíritu de su época: del Art Déco al arte de vivir. Un auténtico palacio donde revivir la esencia del savoir faire galo.

Por Alvaro Retana

En 1925 París era una fiesta jaleada, entre otros, por escritores como Ernest Hemingway, Zelda y Francis Scott Fitzgerald —que acababa de publicar El gran Gatsby—, artistas del music-hall como Joséphine Baker —la auténtica ‘Diosa de ébano’, mucho antes que Naomi Campbell— y Mistinguett; arquitectos como Le Corbusier o Pierre Patout; artistas como Picasso o Man Ray, modelos como Kiki de Montparnasse o diseñadores como Lucien Lelong, Coco Chanel y Madeleine Vionnet.

Fue el año en que nació oficialmente un movimiento estético, el art déco, indisolublemente asociado a la década de los felices años 20, con la Exposición de las Artes Decorativas (Exposition Internationale des Arts Décoratifs et Industriels Modernes), y también el año en que Hippolyte Jammet, un visionario adelantado a su época, fundó Le Bristol Paris, mucho más que un hotel: una leyenda. No en vano Woody Allen eligió una de sus suites, la Panorámica, para rodar algunas escenas de su deliciosa comedia Medianoche en París, donde recrea el espíritu hedonista de aquella época, entre consolas Luis XVI y cortinas de toile de jouy.

El Bristol ha conmemorado su 90 aniversario manteniendo el mismo espíritu de excelencia con que abrió sus puertas. Fue el primer hotel en París en proponer un sistema de climatización para refrescar los salones y áreas comunes. Al principio de la Segunda Guerra Mundial, fue el único en contar con un refugio anti-gas para 150 personas, lo que le permitió convertirse en la residencia oficial de diplomáticos y de la Embajada de Estados Unidos. Siempre en búsqueda de innovaciones útiles
para la comodidad de sus huéspedes, Hippolyte Jammet inventó un pequeño espejo orientable equipado con un foco para rasurarse sin cortarse.

El invento dio la vuelta al mundo bajo el nombre de “Mirophare” sin dar ningún beneficio a su autor, quien no había soñado siquiera en patentarlo. Perfeccionista al máximo, Jammet verificaba hasta el más mínimo detalle. Los asientos de caoba de los baños se repulían para cada nuevo huésped. Se hacían retoques de pintura todos los días —y se siguen haciendo en la  actualidad—; así como también hoy, un cerrajero de la casa se ocupa diariamente de que todas las cerraduras de las 188 habitaciones y suites estén perfectamente centradas y sin ninguna ralladura. Desde la apertura, el servicio a cuartos se proveía a cada huésped en un monta-platos y con la presencia de un maître d’hôtel en cada piso.

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Meca gastronómica

Hijo de restaurador, Hippolyte Jammet dio siempre una gran importancia a la calidad de los alimentos que se servían en su hotel. Le Bristol Paris no ha descuidado la calidad desde entonces. Es el único hotel en París que cuenta con cuatro estrellas Michelin: tres por la gastronomía del restaurante Epicure y una por la brasserie 114 Faubourg. Dirigido por el chef Eric Frechon, el equipo de restauración de Le Bristol Paris cuenta con seis MOF (Meilleurs Ouvriers de France): dos chefs, Erich Frechon y su chef ejecutivo Franck Leroy; dos maîtres d’hôtel, Fréderic Kaiser y Kevin Chambenoit; y dos barmen, Maxime Hoerth y Alexis Taoufiq.

Un equipo que ha convertido el hotel en un Valhalla gourmet para los paladares más sibaritas de todo el mundo. Desde su inauguración, el hotel ha tenido únicamente a dos dinastías como dueños: los Jammet y los Oetker, quienes lo adquirieron en 1978. Desde entonces, esta familia ha velado para hacer de Le Bristol Paris un punto de referencia en l’art de vivre y el savoir-faire francés. Este enfoque familiar es lo que hace único a este hotel, el primero en Francia que recibió el título oficial de Palace, y que hoy sigue siendo fiel a la visión de su fundador: una casa lejos de casa.

No, mejor que en casa. No en vano estrellas como Charlie Chaplin,  Rita Hayworth, la princesa Gracia de Mónaco o George Clooney lo han elegido como su pied-à-terre cuando han visitado París, una ciudad que, tal y como escribió Hemingway, “te acompañará vayas donde vayas, el resto de tu vida”.

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