Carmen Reviriego, presidente de Callia y consejera editorial de Forbes Life, conversa en exclusiva con la gran mecenas Patricia Phelps de Cisneros, premio Iberoamericano de Mecenazgo 2017.

El pasado 17 de octubre fue un día más bien desapacible en Nueva York, pero no infructuoso en absoluto; al menos, en lo que a la historia del arte se refiere. Ya casi enfrentando el fin de un convulso 2016 y, por supuesto, frente a la omnipresente campaña de Navidad, el director del Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, Glenn D. Lowry, subió al estrado de la sala de conferencias del museo y se parapetó (vestido de un azul vibrante, traje, camisa e, incluso, calcetines) tras el atril con el logo de la institución, para hacer un anuncio y dar las gracias en nombre del museo: Glenn D. Lowry anunció que el MoMA acababa de recibir la que llamó “la más importante donación de la historia del museo en arte latinoamericano”, procedente de la Colección Patricia Phelps de Cisneros, consistente en “alrededor” de 100 obras, así como los medios necesarios para establecer, en las mismas instalaciones del MoMA, el Instituto de Investigación Patricia Phelps de Cisneros para el estudio del arte procedente de Latinoamérica. Lowry clavó retóricamente la cabeza en sus breves papeles y, con la vista profundamente fija en ellos por un momento, leyó: “Patty nos dijo que espera que este regalo, la combinación del corpus de la obra, y el establecimiento del Instituto, sea transformador y cambie la forma en la que la historia del arte de Latinoamérica es contada en relación al movimiento moderno”. En ese momento, y ya con la mirada levantada y fija en los ojos de su invitada, tras una mínima pausa asertiva, Lowry concluyó literalmente como un caballero que compromete su honor: “Patty, no hay duda de que lograremos tu objetivo”.

Patricia Phelps de Cisneros

Luego, en una pequeña charla, Patty contestó al porqué de su preferencia por la Abstracción Geométrica… que quizá sería un motivo “de psicoanálisis”, pero que ella siempre había disfrutado rodearse de estas obras. “En principio, fueron compradas por amor, no por afán coleccionista; pero me di cuenta de que, muchas veces, en el último rincón de la galería, al que había que entrar quitando el polvo, había una obra que había sido injustamente olvidada”.

Una historia del arte latinoamericano: la más importante donación al MoMA

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Es acertado considerarla como un hito en la historia del arte latinoamericano. La acción consta de dos partes de igual importancia y que, como ella afirma, sería imposible de entender una sin la otra. Por un lado, la donación de 102 obras, 142 contando las anteriormente donadas, de 37 artistas, como Lygia Clark, Hélio Oiticica, Lygia Pape, Jesús Rafael Soto o Alejandro Otero. Algunos de ellos entran por primera vez en el museo; conforman la historia de la Abstracción Geométrica en Latinoamérica de los años 30 a los 70. Una colección motivada por la profundidad, con la función de reunir no sólo obras de los grandes artistas del movimiento, sino también de aquellos artistas que les rodearon y bebieron de su influencia, única forma posible de tener un mapa completo de la creación.

Por el otro lado, la formación de un instituto de investigación, ya que, de una forma inteligente y visionaria, Patty se dio cuenta de que, para transcender, para que el arte y los artistas de esta región perduren, había que crear un patrimonio tangible y uno intangible. Dentro de su misión siempre ha destacado la de apoyar la creación de conocimiento y la formación de capital humano, ya que, si no se conoce la historia de los artistas, no sirve la donación de obras. Nunca quiso hacer una acción sin la otra, y éste, sin duda, es el verdadero legado que va a dejar en el MoMA.

Museum of Modern Art, Midtown East, Manhattan

Sin entrar en términos de psicoanálisis, no es difícil afirmar que, por amplios lugares de la infancia y la juventud de Patty Phelps de Cisneros, se extienden dos influencias innegables: por una parte, la de su tío, William Henry Phelps y la del padre de éste, quienes, además de crear una saneada red de negocios y fundar Radio Caracas, eran apasionados ornitólogos que han pasado a la historia en esta disciplina. Aun antes de su retiro, en 1937, William Henry Phelps Sr. se embarcó en una expedición por Ayantepui, junto con el Museo Americano de Ciencias Naturales; cuatro meses especialmente difíciles y fructíferos, de tal forma que, nada más retirarse en 1939, creó su Fundación y se dedicó por completo a lo que llamó la “Scientia Amabilis”, la ornitología. Su colección tiene hoy más de 82,000 especímenes y su biblioteca se considera la más importante de Latinoamérica. Su forma de hacer, su visión y su disciplina, sin duda, han “tocado” a una mujer apasionada por el arte.

Sin necesidad de mucho psicoanálisis, es fácil descubrir mucho de las aventuras de sus antepasados de origen paterno, en su acompañar a su marido Gustavo Cisneros en la expansión de sus compañías por toda Latinoamérica. Mientras Gustavo se reunía con importantes gestores, Patricia visitaba una casa u otra, donde existía alguna obra que le interesaba. Al mismo tiempo, charlaban sobre la necesidad de evitar los localismos, los nacionalismos e incluso el ámbito latinoamericano, y poner al arte y los artistas de su tierra en un ámbito global.

La segunda gran influencia en lo que hoy es la colección que ella misma identifica “con mi persona” no es otra cosa que la ciudad de Caracas de los años 50, una capital que explotaba de modernidad en espacios públicos y que marcaría de una manera indeleble la forma de mirar del matrimonio Cisneros.

Hay una obsesión muy particular por la abstracción, por una huida de la figuración…  

Huida no, de hecho, hay otras colecciones, como la del Orinoco o la de paisajes, que no son abstractas. Lo que sí sentí, impregnada como estaba del movimiento moderno que había vivido en mi ciudad, era una especie de sombra de abandono, de injusticia, de olvido. Pero, en mi opinión, no era entonces una experta; me parecía que las obras de esos autores (yo diría que de Argentina en los años 30, Uruguay en la década de los 40, Brasil en los 50 y Venezuela en los 60), eran del mismo nivel que las que veía en los principales museos del mundo. El hueco no es el arte latinoamericano; el hueco es el movimiento, la abstracción.

Con esta donación y con la creación del Instituto, ¿crees que las cosas han mejorado? 

Creo que parte de la batalla se ha ganado: Hoy, los museos de todo el mundo tienen en cuenta a Latinoamérica ante cualquier exposición o estudio sobre el arte moderno.

¿Por qué el MoMA?

Porque nació con la vocación inclusiva hacia Latinoamérica (si no me equivoco, la exposición de Diego Ribera fue la segunda individual que hizo el museo); es decir, estaba en el ánimo de los fundadores. La donación, además, no busca sólo que un artista determinado esté representado: busca la profundidad. Por una obra no se puede entender a un artista. Por eso hay también narración, muy importante, sobre todo en algunos autores, como los que he citado anteriormente.

Son muchos los años que llevas dentro del Comité Directivo del Museo [desde 1992], y ahora también se ha incorporado tu hija Adriana Cisneros Phelps. 

Adriana no es sólo el futuro, es el presente. Una de las cosas que más me importan es estar encima de lo cotidiano, de lo que está pasando y, en eso, la colaboración de Adriana es imprescindible. Además de que creo que tiene una enorme capacidad de gestión, compartimos la misma pasión por el arte.

¿Otra vez corazón y razón?

Una de nuestras políticas ha sido la de préstamos, la de que las obras viajen para que se vean (si no se ven, no se puede uno enamorar de ellas, no se puede entender su sitio en la historia del movimiento contemporáneo). Hoy, colgar una obra de Carlos Cruz-Díez o de Juan Melé, o de Lygia Clark (a quien el MoMA le dedicó una retrospectiva en 2014) en una exposición junto a artistas europeos y norteamericanos, es algo natural; hoy se sabe y se reconoce que pertenecen, que tienen su sitio. Pero estas cesiones hacen que mi casa cambie y, de pronto, se vea invadida por paisajes y figuración… y todo es distinto. Cuando mi casa se llena de abstracción modernista, se llena como de una especie de espiritualidad. Creo que con eso sí conecto. Yo nunca he coleccionado para “tener”, sino como una responsabilidad. Claro que hay placer al contemplar obras de las que me va a costar mucho desprenderme, pero, al final, no es el museo, ni el coleccionista, ni siquiera la obra lo que importa: es el artista. No todo es tangible en una obra de arte; casi diría que lo contrario.

“El Arte nos salva”. ¿De qué salva el arte a la humanidad y de qué ha salvado (y salva) el arte a Patricia Phelps de Cisneros? 

En mi caso, el arte me ha salvado de mis propias limitaciones. El arte es una manera de entrar en contacto con las ideas y el espíritu de otras personas que ven la vida de otra manera. El arte es sinónimo del aprendizaje, y siento que he tenido el privilegio de tener el arte como mi gran universidad de vida.

¿Cómo te gustaría que recordase la historia a la mecenas? 

Me gustaría pensar que fui una custodia responsable de las obras de arte que me tocó cuidar, y que ayudé a encontrarles un destino digno. Con eso me sentiría más que satisfecha.

Patty es, sin duda, una mujer atractiva, segura, de una forma muy femenina; cuando expone una convicción, lo hace a través de un proceso que casi se puede ver a través de sus ojos como se puede ver en un niño “las sinapsis” frente a un objeto o una experiencia nueva. Los ojos azules de Patricia Phelps de Cisneros parecen estar conectados directamente, no a una parte concreta de su cerebro dedicada a la vista, sino al cerebro mismo, de tal manera que puedes ver cómo palabras y argumentos se van formando en su cabeza, y su mirada se vuelve hacia adentro. No habla de forma aprendida: lo hace de manera articulada. Su memoria no es almacén, es algo vivo que se puede ver cuando mueve la mano, como limpiando el polvo, cuando habla del almacén de una galería, o cuando habla de un paisaje que descubrió con su marido Gustavo, un paisaje que, sin ser nada, prometía… pero poco más; y, aun así, lo compraron.

No hay entrevista objetiva. Tal cosa no existe. Todo tiene perspectiva. Puede parecer pueril o no, pero no me es posible evitar establecer una comparación con Peggy Guggenheim y ver dos formas absolutamente contrarias de estar apasionadas por el arte. Peggy encontraba personas (amantes, maridos, amigas…) en un París y en una Europa que eran pura ebullición. Patricia no encuentra realmente, sino que “desvela” lo que estaba cubierto por el olvido, la desidia o el tiempo. Y le pone trabajo. A Peggy, las cosas del arte le pasaban en la vida, a Patricia parece que le pasan en el espíritu, primero, y luego encuentra la fuente de esa pulsión que le viene del amor a su tierra, como le vino a su antepasado ese perseguir pájaros. Perseguir lo que vuela es metáfora de quimera; perseguir lo que no tiene contacto con la figuración, con el mundo conocido, es libertad.

 

Glenn D. Lowry hace la primera pregunta, desde su traje azul impoluto, a Patricia; le pregunta cómo empezó este proyecto realmente. Patricia toma la palabra, da las gracias y, con tono suave, dice: “De hecho, empezó por ti, Glenn Lowry, y te quiero dar las gracias. Cuando tú entraste en el museo… creo que fue en 1994 [Lowry asiente con la cabeza], y tuvimos un almuerzo por primera vez, dejaste muy, muy claro que tu intención era que el museo se volviera más y más internacional de lo que era hasta el momento, y que Latinoamérica sería una parte muy importante… Y cuando hablaste de seguir la intención de los fundadores y seguir el momentum, tú [dice tocándose la sien y bajando un poco la mirada, como hacia adentro] fuiste quien puso la idea en mi cabeza, de que quizá, quizá, yo podría hacer que estos artistas subestimados ocuparan el lugar que les corresponde”.

Dejo Nueva York de vuelta a Madrid. Me queda de ella ese mismo recuerdo de cada vez que nos encontramos y me mira a los ojos: es como si dijera “reencuentro” o “nos vemos de nuevo”. Creo que Patty Phelps de Cisneros suma lo mejor de dos mundos que están llamados a encontrarse de forma constructiva: el anglosajón, quizá más disciplinado (y, ¿rígido?) y el mundo iberoamericano, más vital y, tal vez, ¿excesivamente pasional? Desde luego, cada encuentro, cada charla, o esta conversación, han significado para mí el asomo a una “determinación enamorada”, si se me permite esta metáfora tan arriesgada, a la que los españoles, los iberoamericanos del otro lado del Atlántico, somos tan aficionados.

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