Viajamos con Waris Ahluwalia al corazón de Yucatán para descubrir sus raíces y su tradición artesanal. El creador de House of Waris recorrió con algunos de sus amigos, personajes claves de la escena jetsetter neoyorquina, dos de las haciendas más bellas de la península yucateca, Temozon y Santa Rosa, en un viaje que les hizo regresar a la Edad de Oro del henequén.

La posesión más preciada de un trotamundos es su pasaporte. Es algo que Waris Ahluwalia sabe muy bien. Este diseñador de joyas, actor —es uno de los musos del director Wes Anderson— y modelo se considera, por encima de todo, «un explorador en busca de la belleza y la verdad». Tal vez por eso The Luxury Collection Hotels & Resorts decidió nombrarlo uno de sus Globals Explorers. Su firma, House of Waris, es más que una marca de joyas, es un catálogo vital de sus viajes alrededor del mundo en una constante búsqueda de los mejores artesanos que compartan su visión de lo que es la tradición orfebre: «amor e historia».

Uno de sus rincones favoritos es Yucatán, donde se encuentra Taller Maya, un proyecto de la Fundación Haciendas del Mundo Maya que comprende a más de 500 artesanas de 16 comunidades, que matienen tradiciones en la manufactura de plata, textiles o henequén. «El trabajo de estas mujeres no sólo les permite subsistir, sino que les da una voz dentro de su comunidad», afirma Waris. Sus piezas, auténticos tesoros hechos a mano —«el último bastión de esperanza para un mundo tan desconectado de los valores humanos», tal y como él las ve—, se venderán en las tiendas de The Luxury Collection y a través de su propia firma.

Foto: Germán Nájera

Foto: Germán Nájera

Favoritos de los Dioses

En su último viaje a este rincón de México, Waris visitó dos de las cinco haciendas de The Luxury Collection en Yucatán, la Hacienda Temozón y la Hacienda Santa Rosa. Le acompañaron algunos amigos, nómadas globales como él: la trendsetter argentina, directora de arte y consultora de moda Sofía Sánchez Barrenechea; el diseñador Yigal Azrouël, la cantante Sophie Auster —hija del escritor Paul Auster—, el empresario Graham Hill y su novia, Sophie Oakley. Como señala la escritora Sybille Bedford en Favorita de los dioses (Edhasa, 1988), «es la duración del viaje, la longitud del camino lo que cuenta: el sol, los frutos, el color de las piedras eran su patrimonio, junto con el credo pagano y triste del carpe diem y el estoicismo para el resto de las cosas». La cita bien podría servir para ilustrar el largo fin de semana que este grupo de globetrotters pasó en la Península de Yucatán. «Es un mundo mágico, una cultura donde se mezclan mito y tradición», sostiene Waris. «Mi inspiración siempre viene de reinos antiguos».

La segunda vida de las haciendas

A finales de 1800, en la época del Oro Verde, las haciendas vivieron el gran auge del henequén. Su decadencia llegó casi a mediados del siglo pasado, cuando en la década de 1940, irrumpieron las fibras sintéticas que ofrecían la misma versatilidad que esta fibra cien por ciento natural, pero a mucho menor precio. En pocos años, muchos de estos espléndidos edificios se
convirtieron en un anacronismo al borde de la ruina.

En los últimos años del siglo xx, sin embargo, las haciendas de Yucatán volvieron a recuperar su pasado esplendor, reconvertidas en hoteles boutique, el escenario ideal para un retiro de alta gama. Ejemplo perfecto de esta nueva etapa son las
Haciendas Temozón y Santa Rosa, pero The Luxury Collection posee además otras tres haciendas en Yucatán que reviven una época dorada: Hacienda Uayamon, Puerta Campeche y San José. Cinco capítulos de la historia yucateca.

Foto: Germán Nájera

Foto: Germán Nájera

De Manhathan a Uxmal

Sofía Sánchez Barrenechea es una de las reinas de Nueva York. Esta argentina ha conquistado la Gran Manzana a golpe de estilo y de un olfato para las tendencias que va más allá de lo que se lleva hoy: ella se adelanta al mañana. Sin embargo, tanto
ella como su tocaya, Sophie Auster, otra neoyorquina de pro, se rindieron a los encantos de uno de los mayores yacimientos de arqueología maya de la zona: Uxmal. «Fue un honor caminar entre las ruinas de esta ciudad, siguiendo las huellas de tantos
chamanes y sacerdotes», evoca Waris. El grupo se fotografió a los pies de la Pirámide del Adivino, un nombre profético, ya que este visionario, tocado con su característico turbante, bien podría definirse así: un hechicero.

Un viaje hacia atrás en el tiempo

La Hacienda Temozón, una residencia del siglo xvii rodeada de frondosos jardines, revive la atmósfera del siglo xix y principios del xx, cuando alcanzó su mayor prosperidad. Todos los edificios fueron restaurados con técnicas idénticas a las de esta época y las superficies se pintaron en sus tonos originales: rojos, amarillos y azules. Además se conservaron muchos pisos de mosaico, puertas y marcos antiguos, con lo que el conjunto es uno de los más armónicos que se hallan en la región. Waris considera que este fin de semana no fue tanto una reunión de amigos como «un compromiso con esta gente, su cultura y su historia».

Y, por supuesto, también con su gastronomía: a lo largo de su visita, el clan de newyorkers descubrió también todos los matices de las recetas yucatecas, desde la sopa de lima a la cochinita pibil, «sabores que no se pueden replicar fuera de la región». Para él, la artesanía es como esos sabores: «No se trata sólo de objetos estéticos, sino de humanidad. Ésa es la esencia de mi trabajo: la búsqueda del toque humano».

La mágia de los cenotes sagrados

El grupo disfrutó también de los tratamientos de sanación maya de los sobadores en un cenote —«Descender aquella escalera, la más escarpada que haya visto jamás, para bañarnos en sus aguas cristalinas fue uno de los momentos más memorables de mi vida», recuerda Waris—; y visitaron lugares mágicos, como las ruinas de Uxmal o las cuevas de Calcehtok y Oxkintok. La última noche, en la Casa de Máquinas de la Hacienda Temozón, cuya chimenea ostenta la fecha de 1898, una cena iluminada con velas amenizada por un tenor y un grupo de mariachis, volvió a retrotraer a todo el grupo a finales del siglo xix, a la Belle Époque de la aristocracia porfiriana yucateca. «El mejor viaje de todos es aquel que nos hace regresar en el tiempo», concluye Waris, un nómada del siglo XXI.

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