Ciudad de México: 7:19 de la mañana, 19 de septiembre de 1985. La torre de Economía en Patriotismo se movía como una torpe bailarina con sobrepeso. El auto de al lado era abandonado por una mujer histérica que casi deja a su bebé en el bambineto. De cualquier forma, me dejaron en la escuela y mamá debe haber pasado por las peores horas de su vida. No pudo llegar a su trabajo, el edificio se había desplomado, pero no pudo volver por mí tampoco. Tomó el auto para regresar a casa y ver las noticias. No había teléfonos, luz, ni televisión…

Lima, Perú: 1:17 de la tarde, 19 de septiembre de 2017. Estoy por subir al escenario cuando me avisan que en la Ciudad de México había habido un terremoto peor que el del 85, que llamara a casa. Obedientemente tome el celular. Hablé con mi mamá: “Estoy bien, ya te mandé WhatsApp, la casa bien, yo bien”. Minutos después encontré una avalancha de mensajes, posts en Facebook, Twitter. Una incertidumbre brutal si no lograbas ubicar a alguien o no contestaba en segundos…. ¿Cómo logró la gente sobrevivir el 85 sin comunicación, sin saber qué hacer o a dónde ir, sin teléfono celular?

En cuestión de minutos y durante los dos siguientes días a la distancia vi a mi pueblo levantarse, organizarse, desahogarse, ayudar y coordinar labores de rescate, hacer denuncias a través de redes sociales. Aquellos que posteaban información falsa o amarillista eran reprendidos por los demás cibernautas en las diferentes redes. Tengo años hablando de cómo las redes sociales transforman los negocios, el marketing, pero fue hace un par de semanas que vi por primera vez el mejor ejemplo del impacto real que tienen en nosotros como sociedad. En medio de la peor tragedia en muchos años un hashtag #fuerzamexico nos unió entre generaciones, clases sociales, barrios, poblaciones. Los influencers y celebridades usaban su fuerza mediática para coordinar labores en las zonas de desastre: @ElJuanpaZurita hacía online fund raising, @belindapop se ganó mi respeto al verla coordinar centros de acopio, sin maquillaje, sin flashes y denunciando los robos de donativos en Morelos.

De vuelta en México, un día después me di de alta en Twitter y vía WhatsApp te notificaban dónde hacían falta voluntarios. En la esquina que estuve, había albañiles ayudando a perforar lozas, una mujer en botas Gucci coordinado el acceso a la zona de desastre de Álvaro Obregón, @jmyazpiik trabajando como voluntario, los dueños de la tlapalería donando su inventario, los restaurantes repartiendo comida a todos. Gente fue rescatada por poder comunicarse y dar su ubicación en redes sociales. A través de contactos en Facebook conseguimos una pipa para vaciar drenaje y otra de agua potable para humedecer los escombros… Las redes sociales comprobaron la fuerza que nos dan como individuos, pero sobre todo y quizás lo más sorprendente es que no nos aislaron, no nos mantuvieron distantes como siempre se piensa; nos unieron, consolaron y al menos por unas semanas, nos han llenado de un orgullo como pueblo, como ciudadanos, como mexicanos y como nación que hace mucho no teníamos. Hay luz al final del túnel…. Lo reitero, más que nunca estoy #proudtobemexican.

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