Los tan bastos y variados conflictos políticos y sociales del mundo son como una telenovela, con traiciones, intrigas, amantes… Pero nunca sabemos la trama final.

 

A final de los años 90, el emérito histórico Hobsbawm acuñó el término “siglo corto” para designar el 900, una época en la que el tiempo fue amputado, violado e ignorado por una exasperada aceleración de acontecimientos históricos y sociales que llenaron las páginas de nuestros libros con sangrientas guerras e idílicas paces, dictadores y pacifistas, crisis y boom económicos, desarrollo tecnológico y emergencias humanitarias: más que el siglo corto, habría que hablar de oxímoron histórico.

 

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Cruzar el umbral del siglo XXI no logró borrar esas contradicciones ni relajar el curso del tiempo, que con su zigzaguear, parece un conductor medio borracho e incapaz de levantar su pie del acelerador. No sólo el nuevo siglo ya ha regalado material para llenar bibliotecas enteras y satisfacer las ganas de históricos y politólogos, sino las mismas últimas semanas no dieron tiempo para aburrirse.

 

A pesar de eso, cuando cada mañana me despierto y con mi yerba mate en la mano empiezo a leer la prensa internacional, una rara sensación me acompaña: el sabor de haber ya visto, conocido, hasta leído las mismas noticias en otros momentos. ¿Un eterno retorno nietzscheano?

 

Odiamos la guerra. Pero con toda sinceridad, aquella silenciosa, que destroza países lejanos, no nos molesta tanto. Cuando en África explotan conflictos -bastante seguido- es difícil sorprenderse, incluso enterarse. Hace un año, en Mali, un raro golpe de Estado al presidente -faltaban cinco semanas de su mandato-, seguido por el extraño establecimiento de un misterioso «Comité Nacional por la Reconstrucción de la Democracia y la Restauración del Estado» de raíz islámica y simpatizante de los separatistas tuareg, acentuó la división étnica y dio comienzo a un brutal conflicto civil.

 

Mientras entre los rebeldes del norte se consolidaba la presencia de células de Al Qaeda, al grito de “hacemos la guerra al terrorismo”, el Gobierno francés del (¿ex?) pacifista Hollande interviene, bajo bendición de la ONU, en soporte del Gobierno oficial, con el fin de garantizar la paz en su ex colonia y, por qué no, en el mundo.

 

La confusión empeora cuando Argelia y Chad se involucran, transformando una guerra civil en un conflicto internacional y haciéndolo llegar, por fin, a nuestros periódicos, a nuestras mesas y a nuestras charlas de bar. Por cierto, aquí tenemos todos los ingredientes para una antigua receta: odio étnico, confines arbitrarios, religiones y fundamentalismos, amenaza terrorista e intervención de potencia (ex)colonial para garantizar la seguridad mundial. Me parecen sabores conocidos.

 

Mientras, en Corea del Norte, el dictador Kim Jong-Un, hijo del megalómano Kim Jong-Il, sigue los pasos del padre y aunque su gente se muere de hambre y no tiene ninguna idea de lo que son los derechos humanos, él se dedica a jugar a la guerra nuclear. Después de un nuevo -el tercero- test nuclear, las Naciones Unidas aprueban con voto unánime –incluyendo por fin China y Rusia en el equipo- nuevas estrictas sanciones… Este mismo escenario se repite desde la Guerra Fría. Ahora Kim Jong-Un, para animar la atmosfera, decidió romper el armisticio de paz con Corea del Sur. Armisticio que se firmó hace 60 años.

 

Hasta qué punto la amenaza de una guerra sea real, es difícil medirlo. Racionalmente nadie está interesado en cambiar el status quo, pero con un ejercito norcoreano de casi 1 millón de soldados, de los cuales 26 mil posicionados al confín, saber que la decisión está en las manos de Kim Jong-Un -no exactamente lo que se puede definir un sabio razonable- no es un buen augurio.

 

Mirando al Medio Oriente y a África del Norte, el rompecabezas todavía no se ha solucionado. Las revoluciones arabes, prometedoras de llevar un soplo de aire fresco en las estancadas maquinarias políticas y derribar tiranías, elitismos y oligarquías corruptas, siguen viviendo cíclicamente todas las estaciones del calendario, sin llevar mucho alivio al miserable escenario: Siria está atrapada en una guerra sin fin; Egipto se encuentra en un limbo, con el actual Presidente que quiere elecciones anticipadas, la comisión electoral que se las niega y una economía en dramática caída; Yemen ya entró en el infierno de la violencia, crisis alimentaria, trata de seres humanos y fuerte inestabilidad económica y política. El conflicto entre Palestina e Israel sigue siendo el evergreen de la región, con la reanudación de los choques en la franja de Gaza y un terrible sentimiento universal de amargo agotamiento.

 

Europa vive sus crisis económica, política y de identidad. Identidad que tal vez se percibía hace 50 años, cuando el sueño de Europa parecía la realización de una fantástica utopía y no una burocracia más. La atención ahora está toda en Italia y en la derrota política, cultural y social que sus elecciones marcaron. Se quiere un cambio. Se necesita un cambio. Pero se sigue buscando en una bolsa de ropa vieja y usada, sin entender que para ser felices, hay que quemar las viejas estructuras y transformarlas en cenizas.

 

En fin, la muerte de Hugo Chávez. Mucho ruido y… muchas nueces. Hay muchas cosas que se critican a Chávez, sobre todo leyendo su política a través de un prisma occidental, sin tener en cuenta los transcursos históricos y la brecha social, que cambian prioridades y perspectivas. Pero Chávez es una de las pocas notas nuevas en la sinfonía del nuevo siglo. Ha logrado resucitar la pasión política en el ánimo de la gente hasta llegar a tener una sociedad animadamente involucrada y politizada a todos los niveles sociales. Tuvo éxito allí donde la democrática y avanzada Europa está fracasando: enganchar a los jóvenes a la política, crear un sentido de pertenencia e identidad, despertar las ganas de conocer, opinar y estar listos a luchar por sus ideas, sus credos, su futuro, el futuro que quieren y pueden construir.

 

El mate está listo. Los periódicos también. Voy a ver el nuevo episodio de la telenovela global, sabiendo que como en todas telenovelas, también hoy pasará cualquier cosa, intrigas, coup de theatre, traiciones, nuevos y viejos amantes, pero sin que los acontecimientos revelen la trama.

 

 

 

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