La gran cantidad de personas que se registraron para participar en la posibilidad de ser candidatos independientes a la Presidencia de la República Mexicana sería el delirio triunfal de la estrategia Reyes Heroles creada en el sexenio de López Portillo: fragmentar la oposición hasta convertirla en una imposibilidad real de competencia por el poder. Usando el viejo truco de ‘ahí tienen su democracia’, y tras una campaña de un solo candidato -López Portillo que aun así realizo una campaña muy activa por todo el país-, en donde el PAN, entonces todavía un partido creíble y con actitud auténticamente opositora, se negó a seguir el juego de la imposición presidencial de su sucesor logrando arrinconar efectivamente a las instituciones electorales del momento, todas controladas por el gobierno a través de la Secretaria de Gobernación.

Con una experiencia política extraordinaria, Reyes Heroles interpretó la necesidad de competencia electoral como una oportunidad de crear una aparente apertura democrática enviando el problema de participación al otro lado de la mesa. Bajo el principio que reguló mucho de su pensamiento político de que ‘todo lo que resiste apoya’, logró tirar la sólida posición antidemocrática del gobierno priista para dejar entrar a los interesados, todos, a participar en la búsqueda de posiciones electorales. Como consecuencia de su reforma electoral de 1977, la LOPPE, Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales, permitió el registro de nuevos partidos con lo que se sumaron cinco nuevas organizaciones en seis años -entre 1979 y 1985- adicionales a las ya existentes: PAN, PRI, PPS, PARM, pulverizando en múltiples frentes a la oposición, con ello anulando su fuerza al mismo tiempo que dividió el pensamiento opositor y aumento las posibilidades de negociaciones en ‘lo oscurito’ que fueron el inicio de la tendencia monetarista que paulatinamente atrajo a cada vez más ‘vividores’ que vieron en la participación de la ‘vida política’ en México la oportunidad de comerciar con los ‘principios’ e ‘ideologías’ políticas. El punto culminante de esta tendencia que convierte a la participación política en oportunidad de negocios es cuando en 1996 se decide otorgar las primeras prerrogativas a los partidos políticos para su financiamiento, garantizando con ello -o ese fue el pretexto para asignar miles de millones de pesos para la compra de ‘conciencias’ políticas- la no participación de dinero sucio en los procesos electorales.

Pues bien, la participación de más de 100 personas en busca de la Presidencia de la Republica, y la Jefatura de Gobierno de la CDMX, y algún escaño en cualquiera de las Cámaras, así como Presidencias Municipales, etc. etc. etc., es la trivialización total de la democracia mexicana. Sin reflexión seria, sin una discusión a fondo sobre las razones que pueden motivar a una persona a pensar que puede aportar algo verdaderamente importante para el beneficio del país, todos estos personajes que buscan la candidatura independiente se ponen como único objetivo reunir un millón de firmas. No los objetivos de una plataforma de pensamiento, un proyecto de trabajo, un diseño de país. No. Único objetivo: Un millón de firmas, lo que significaría que hombres, mujeres, jóvenes, adultos, niños y niñas, 120 millones de mexicanos, todos, tendrían que avalar, cada uno, a cuando menos uno de los diferentes candidatos que están participando en esta gran farsa que efectivamente distrae de la importancia sustancial de la participación política, y pulveriza aún más la acción opositora.

El colmo de la farsa es cuando el ‘zar anticorrupción’ del PAN, Luis Felipe Bravo Mena, deja ver la posibilidad de que la hoy independiente Margarita Zavala pueda ser candidata por parte del Frente Ciudadano por México. Es decir: toda la feria de búsqueda de firmas, renuncia al partido, discursos beligerantes en contra del que fuera su partido de toda la vida, tendrían como objetivo convertirla en candidata independiente que terminaría representando a un grupo de partidos que son totalmente la razón por la que, en principio, se creó el concepto de independiente: alejarse de los clientelismos y los compromisos derivados de las ‘instituciones’ políticas.

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Colaborando con la trivialización de la Presidencia de la Republica, cada candidato independiente está aportando su granito de arena para someter las posibilidades democráticas de México a sus aspiraciones personales basadas en argumentos tan ligeros como sentir pasión por México, amar a México, luchar contra la corrupción –whatever thai mesan-, buscar un mejor futuro para nuestros hijos, acabar con el poder del PRI, bla, bla, bla… Creando una gran confusión electoral, ni el sueño más audaz de Reyes Heroles hubiera imaginado un panorama tan terrible para la auténtica competencia democrática y tan favorecedora para los ‘powers that be’, es decir, el establishment, que garantiza su continuidad con la oferta de solidez que representa ante la volatilidad intelectual que provocan decenas de ‘independientes’, personas que invaden los espacios públicos, privados, medios de comunicación, redes, alimentando solo una entropía que fatiga de antemano al público sobre cualquier asunto relacionado con la política.

Bajo el mandato del INE, diseñador y ejecutor de la estrategia de dispersión con vistas a la elección 2018, los partidos que, en un momento de euforia oportunista ante el 19S ofrecieron renunciar a sus prerrogativas, se sienten seguros y protegidos por una nomenklatura firme que, además, parece incuestionable por parte del público que, ante la auténtica oferta de propuestas inteligentes para un mejor diseño de país, prefieren mantener viva una infraestructura que pareciera ajena al detrimento de su patrimonio, al de todos, al ser administrada y financiada con los impuestos de todos.

Recuerdo que, en 1985, y a raíz del terremoto del 19 de septiembre, en una plática informal con diplomáticos de la ONU me referí a la responsabilidad del gobierno para solucionar la problemática consecuente del desastre natural. Recuerdo que uno de ellos, diplomático de Colombia, me hizo ver que el gobierno no es una entidad ajena a nosotros y que mi pensamiento era consecuencia de una política de comunicación estatal que presentaba al poder político como un ‘padre sustituto’ con las mismas características de un padre natural: protector, solucionador de problemas, sabio y prodigioso. Me hizo ver que en una democracia el paternalismo gubernamental es un espejismo que nos evita la molestia de la responsabilidad colectiva al tiempo que permite que los ‘sacrificados’ gobernantes justifiquen sus excesos y corrupción. Mi hizo ver que el gobierno somos todos, todos los que formamos un país y que, en un sistema democrático como el mexicano, somos responsables de las acciones ejecutadas por personas elegidas por nosotros mismos. El desempeño de los gobernantes debería ser sujeto de evaluación permanente por parte de nosotros mismos, quienes otorgamos el poder y, por lo tanto, también estamos sujetos a asumir nuestra participación en el juego de administración y construcción de nuestro país.

El pasado 19-S fue un ejemplo, desafortunadamente en su mayoría fugaz, del poder que en efecto representamos los mexicanos, todos, cuando nos reconocemos, nos vemos a los ojos, nos sabemos necesitados y necesarios para la comunidad. En esta fortaleza de acción, de pensamiento, de dialogo permanente debería caer el dialogo político, tanto como para reconocer el truco antes del acto de magia.

Desafortunadamente, la media convencional -nunca tan alejada e ineficiente como el pasado 19-S, más concentrada en el morbo y el escandalismo que en la auténtica colaboración- prefiere permanecer al servicio del establishment dando eco a los discursos y diatribas que alimentan el nuevo ‘reality’ que es la escena ‘política’ mexicana. Palabras de violencia, divisionismo, chantaje, vacías de proyectos, de visiones, de estrategias que pudieran evaluarse en la perspectiva de un País que necesita construirse.

Mientras el país se rezaga cada vez más del mundo contemporáneo, nuestras ‘mentes más brillantes’ se dedican a buscar firmas… como en concurso de recolección de periódicos de primaria, trivializando irreversiblemente a la institución más importante de la República Mexicana. La Presidencia de la Republica.

 

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