Los intentos históricos de Japón por convertirse en una potencia hegemónica lo han llevado a conflictos bélicos que sus vecinos recuerdan con horror pero también a estrepitosas derrotas.

 

 

De a poco Japón está sacando las uñas para demostrar que están afiladas. Apenas el 27 de octubre pasado, su primer ministro Shinzo Abe lanzó una fuerte advertencia contra China,  dijo que su país no tolerará el uso de la fuerza para cambiar el status quo de la región en obvia referencia a la disputa que mantienen ambos países por las islas Senkaku/Diayou. En cuyas aguas se estima existen vastos recursos pero que además le brindan a su poseedor mayor control sobre el Mar de la China.

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Pero no está sólo, a principios de este mismo mes en la reunión del Dialogo Trilateral Estratégico EU-Japón-Australia,  se emitió una declaratoria que sostenía el mismo principio de mantener el status quo regional, esto es que las islas sigan bajo control japonés.

Claro que la nueva alianza agrega que buscarán el diálogo para evitar que crezcan las fricciones y ocurra algún “accidente”. En otras palabras que exista una acción bélica que detone un conflicto armado.

Los intentos históricos de Japón por convertirse en una potencia hegemónica lo han llevado a conflictos bélicos que sus vecinos recuerdan con horror pero también a estrepitosas derrotas. Tras la Segunda Guerra Mundial el país del Sol Naciente se erigió como una nación no solo neutral sino pacifista. El nivel de destrucción ejercido por los Estados Unidos en suelo nipón  hizo que los japoneses le cobraran la factura a los militares y aceptaran renunciar desde la constitución a la existencia de un ejército, aunque conservan una poderosa fuerza armada de autodefensa.

Sin embargo, el mundo cambió mucho, en dos décadas Japón le pasó a China la estafeta como la segunda potencia económica pero a diferencia del primero los chinos se erigieron también como una la segunda potencia militar que posee además el mayor ejercito del planeta por número de efectivos. Pero ojo, de acuerdo con Breaking Defense, Japón tiene la mayor flota marina y aérea del Pacífico después de los Estados Unidos.

Lo anterior han permitido el surgimiento en Japón de un nuevo nacionalismo empujado desde el gobierno por grupos de derecha y ultraderecha, que de a poco ha permeado en las nuevas generaciones ajenas a los estragos de la guerra. Así, quienes encabezan este grupo han podido llevar ante la Dieta (el congreso japonés), en reiteradas ocasiones en la última década, el debate sobre su papel militar en la región al tiempo que aprovechan los resquicios legales para incrementar y modernizar a las autodefensas para que una vez retirado el freno que representa el artículo noveno constitucional, resurjan como una potencia militar ofensiva y no solo defensiva en el Pacífico.

Además, existen sectores que ante la belicosidad Corea del Norte plantean que Japón renuncie a la triada de principios no nucleares  que enunció en diciembre de 1967 el entonces primer ministro Eisaku Sato ante la cámara baja para comprometerse a “no poseer, no producir y no permitir la introducción de armas nucleares en concordancia con la Constitución pacifista del Japón”.

Basado en el hecho de que Japón se haya convertido en algún momento en la segunda economía mundial sin alterar el orden mundial y en la transición pacífica entre EU e Inglaterra, el teórico John Ikenberry descarta el argumento realista de John Mearsheimer sobre una posible competencia de seguridad entre EU y China que podría desembocar en un conflicto bélico. Sin embargo omite señalar que ambas transiciones se dieron al margen de las dos guerras hegemónicas más devastadoras que ha vivido la humanidad. Además el cambio de estafeta se dio hacia proyectos nacionales que profesaban el principio kantiano de paz democrática.

Pero sobre todo omite mencionar que su bien las Fuerzas de Autodefensa japonesas son una fuerza militar importante sus capacidades militares están acotadas por lo que sus atributos de poder se constriñen solo al plano económico, que por lo demás no llegó a consolidarse el tiempo suficiente como para generar un contrapeso a sus aliados, apenas si para impulsar el desarrollo de sus vecinos como en el caso de China, Taiwan y Singapur.

Otro argumento por el cual Japón llegó a ser la segunda economía sin intentar un cambio sistémico nos lo aporta el recién fallecido internacionalista Kenneth Waltz al señalar que la competencia en los sistemas bipolares es más complicado que en los multipolares cuanto más frente al momento unipolar de los Estados Unidos quién además hasta la fecha se apoya en Japón para realizar el balance de poder frente al resurgimiento de las potencias de Asia, en particular de China y Rusia, quien si bien mira con cierta envidia a los chinos y con recelo a Corea del Norte ha decidido apoyar al primero y tolerar al segundo en el balance de poder contra los EU.

Si bien existen análisis que descartan la posibilidad de un conflicto bélico en los próximos 30 años entre Estados Unidos y China derivado del crecimiento del segundo y hasta se apuesta por la idea de la transición sin cambio sistémico. No se debe ignorar –más allá de la alianza con EU– que Japón es también una potencia con aspiraciones de hegemón regional que está resurgiendo y ha incrementado su participación en materia de seguridad regional y hemisférica.

Además enfrenta problemas como el demográfico pues con un territorio de apenas 377 915 km2 cuenta con una población superior a 127 253 millones de habitantes . Así que cualquier aumento en sus atributos de poder –sobre todo militares– representan una amenaza a la seguridad de los demás países asiáticos quienes insisten en recordar la brutalidad de las invasiones japonesas desde el S.XVI hasta la segunda Guerra Mundial.

El mayor problema deriva, entonces, no sobre quien será la próxima potencia mundial, sino de la lucha por la hegemonía regional porque aún en la era nuclear no existe garantía alguna de que un conflicto menor como podría ser el hundimiento de un barco espía norcoreano cerca de las islas Amami o fricciones prolongadas como las generadas por las Islas Senkaku/Diayou puedan derivar en una guerra por un error o bien porque las potencias en pugna consideren que no tienen otra alternativa que actuar mientras, según sus estimaciones, la fuerza relativa está de su lado.

Obvio que en esos márgenes de incertidumbre pueden entrar sorpresas que lleven a grandes derrotas o a una destrucción prolongada. Japón ha vivido en carne propia los estragos de esos errores y de las sorpresas. Está consciente de que no puede depender por siempre de la protección de los EU –de otra manera no estaría discutiendo en la Dieta la reforma al artículo 9 o el abandono de los principios no nucleares– y menos en un barrio tan peligroso como en el que vive. De momento el balance de poder –alianzas incluidas– está de su lado y es posible que de concretarse una alianza en el Pacífico, estilo OTAN, tenga suficiente poder de disuasión para mantenerse seguro, pero eso no resuelve el dilema de seguridad en el que se encuentra.

Por otro lado sus vecinos, en especial Corea del Norte, no deberían tensar tanto la cuerda, el tigre se encuentra agazapado y el gobierno de Shinzo Abe tiene ese sesgo nacionalista que puede llevar al Japón a repetir su ciclo histórico con la misma certidumbre con la que ha decidido que ya es momento de dejar de pedir disculpas por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial.

 

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