La gran palabra del siglo XXI es ‘distraer’. Los medios de comunicación convencionales, al intentar competir con las redes y las nuevas formas de distribución de la información y el entretenimiento, han confundido su esencia y con ello perdido interés al convertirse en objetos de distracción. Sin jerarquización de contenidos, labor primordial en la programación de cualquier medio, ya que en esa jerarquización se define la presentación del medio ante su potencial audiencia, los canales de televisión y radio convencionales son una réplica, por lo general, mal lograda de las intenciones y percepciones de las redes, perdiendo, con ello la sustancia y solidez, el criterio y perspectiva, que le daban a los medios una postura de donde partía la cadena de reflexión e influencia que garantizaban el liderazgo de opinión.

Sin una claridad de pensamiento con respecto a su función y su nueva posición en el gran panorama de la comunicación ‘masiva’ en el siglo XXI en México, las estaciones de radio han buscado alimentar sus contenidos con protagonistas de las redes, imitando, adicionalmente, sus lenguajes y formas gramaticales de interacción convirtiendo a las estaciones de radio en replicantes disfuncionales de la actualidad y velocidad de intercambio de ideas que ocurren en el plano horizontal de la red. En el caso de la televisión, la ansiedad por ganar espacios en las redes los ha convertido en productores de capsulas de entretenimiento e informativas que enlazan al aire creando una continuidad accidentada, pausada y sin el ritmo necesario para capturar la atención. Pensando siempre en la fragmentación necesaria para publicarse en redes, el formato se altera al aire. Lo mismo ocurre con las temáticas de contenido. Sin entender los distintos planos en los que se da el dialogo en redes, la radio y la tele recogen al vuelo los contenidos que monitorean de manera permanente, y transforman a la radio y televisión en replicantes que lo único que hacen es reproducir en señal electromagnética lo que ya se reprodujo de manera inmediata y más eficiente vía internet. Si a esto sumamos que la problemática de fuga de audiencias está produciendo descensos considerables en ‘ratings’ que repercuten en la disminución de inversión publicitaria -Grupo Televisa reporta sólo el 28% de ingresos por concepto de publicidad-, y que la reacción de la media nacional es buscar bloquear con los recursos de la ‘nomenklatura’ la entrada de competidores frontales -la demanda en contra de Roku, por ejemplo-, queda claro que la brújula se perdió.

La publicidad, como eje central de la dinámica de los medios de comunicación, se mantiene a la expectativa ante estos fenómenos de descontrol pues la certeza que antes ofrecía la preponderancia mediática de radio y tv abiertas se ha perdido al, en el caso de México, con total perdida de solidez y credibilidad, dejar al descubierto la total ausencia de infraestructura en la medición de audiencias, de encuestas, de parámetros confiables de desempeño. Como lo hemos dicho antes: la comodidad financiera que significó para los medios convencionales el clientelismo gubernamental producto de la creación de espacios informativos que difundieran información debidamente aprobada en beneficio del ‘establishment’, tuvo como consecuencia que se dejara de invertir en crear y probar nuevas formas de atraer al público. Nuevas formas de creación de contenidos. Se dejó de invertir en investigación y en la exploración de nuevas estrategias de convencimiento que no sólo fueran atractivas sino también eficientes para el anunciante en general. La falta de inquietud de los medios, consecuencia de garantizar un ingreso cómodo vía la publicidad gubernamental, oficial, ha propiciado el surgimiento de nuevas formas de aprovechamiento de los recursos publicitarios, muchos de ellos de oportunidad, como son los BTL que se han multiplicado hasta dejar de ser, muchos, realmente inversiones inteligentes, o los patrocinios de todo tipo de eventos que no crean una repercusión concreta en beneficio del anunciante.

Las nuevas dinámicas de comunicación, dialogo, información y entretenimiento que existen hoy en día exigen una apertura desenfrenada a la imaginación que desafié todos los principios que hasta ayer dominaban el criterio de la interacción unilateral de la media convencional. Las redes, así como todas las nuevas formas de influencia interactiva que todos tenemos a nuestro alcance, son parte de un gran juego en donde la percepción de ida y vuelta exige una creatividad cada vez más audaz que entienda los parámetros de credibilidad, confianza y empatía, tanto como para intentar comprender que piezas son cambiables en estos nuevos modelos de comunicación, pero también que piezas no lo son, y cuya inmovilidad es indispensable para la conservación de la solidez y la claridad necesarios para la comprensión y evolución de la nueva relación medio/audiencias. El cambio de paradigmas que estamos viviendo no implican una destrucción de todo lo anterior, sino, como en cualquier proceso evolutivo, un aprovechamiento de aquellas partes valiosas que cimentaran las nuevas estructuras.

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Mientras en México la inmovilidad sea la clave para la aprobación del trabajo de los medios convencionales por parte de la ‘nomenklatura’ y los ‘powers that be’ no entiendan que hay que liberar la presión censora que provoca la falta de un ejercicio auténtico de gobierno en beneficio de un dialogo constructivo, la mass media convencional efectivamente comenzará a ser un factor de retraso en el desarrollo de nuestra sociedad. Sin nuevas propuestas, sin nuevos contenidos, sin nuevas ideas que refresquen las conciencias que, sordas ya a las transmisiones monótonas que blablabean conceptos sin credibilidad, han rebasado en mucho el interés por una radio y una tv tímidas, los medios convencionales, en breve, dejaran de ser útiles hasta para los intereses que las han coptado a lo largo de nuestra historia reciente.

 

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