Podría pensarse que estamos ante un problema de liderazgo, pero en realidad vivimos un momento de transición en que los valores del liderazgo se están ajustando a los nuevos parámetros del futuro social.

 

En el tema del liderazgo político, México enfrenta dos grandes retos:

Los líderes políticos del siglo pasado están llegando al ocaso de sus carreras tanto por su edad como porque los que aún están en posiciones clave no entienden los nuevos retos de la población. La democratización da pie a la deliberación y la crítica como constante en la forma de participación. Esto los empieza a alejar de las necesidades sociales, ya que en el pasado la disciplina y obediencia eran los factores clave para hacer política y, a su vez, hacía que las instituciones fueran débiles. La tendencia de nuestro sistema político se ilustra muy bien con aquella frase célebre de Luis XIV: “El Estado soy yo.”

El segundo reto habría que analizarlo en función de las necesidades y capacidades de los jóvenes de este siglo, y para ello habría que hacerse las siguientes preguntas: ¿Bajo las nuevas condiciones sociales, los jóvenes entienden el liderazgo político de la misma manera que antes? ¿Los jóvenes quieren instituciones débiles y liderazgos mesiánicos, o las nuevas dimensiones del liderazgo necesitan de instituciones fuertes, solidas y funcionales?

Estamos viendo cómo los hombres mito de la política, la sociedad, los deportes y hasta en los medios están cediendo su viejo poder individual por el trabajo en equipo. Técnicamente, la democratización también le llegó al liderazgo.

Esto implica un cambio radical en la forma de hacer la política y los negocios. La sociedad ya no quiere a esos viejos líderes que toman decisiones de manera unilateral, con la óptica egoísta de su visión y su interés, y menos que esos líderes tomen decisiones bajo la arrogancia personal, que pueda llevar a una empresa o sociedad a un callejón sin salida. Un ejemplo significativo de esto es el asunto de Volkswagen en Estados Unidos, que por lograr una meta de mercado, el presidente de la compañía se pasó por encima las reglas, prácticas y los valores institucionales del mercado y de los consumidores.

El mundo podría pensar que estamos ante un problema de liderazgo, pero realmente lo que tenemos que analizar es que estamos en un momento de transición en que los valores del liderazgo se están ajustando a los nuevos parámetros del futuro social. Pero para que este proceso termine de germinar es necesario que las instituciones se fortalezcan para entonces dejar atrás liderazgos mesiánicos que trataban de compensar la debilidad de las instituciones (o así las querían mantener a su beneficio personal), y entrar a un sistema de instituciones fuertes, con liderazgos racionales, en un sistema mucho más democrático, abierto y participativo.

Los mejores ejemplos de esto los podemos ver en algunos países de Europa, en donde –gracias a la fortaleza de sus instituciones gubernamentales y partidos políticos– se puede generar un mejor desarrollo económico, social y político, permitiendo además eficientes procesos de innovación social que estimulan la participación democrática en todos los terrenos.

México necesita recorrer un largo camino para construir instituciones fuertes, y digo largo porque los liderazgos mesiánicos que aún existen, desafortunadamente se dedican, todos los días y a todas horas, a boicotear la transición que nos llevará a tener instituciones fuertes; simplemente veamos qué pasa en los partidos políticos, que se crean con base no en un movimiento social, sin no por arte de la ideología de una sola persona.

O veamos lo que pasa en la mismísima Cámara de Diputados, donde el liderazgo de un grupo de políticos puede detener iniciativas en contra del beneficio social. Si sumamos el egoísmo de los partidos y lo proyectamos al Poder Legislativo, hoy la sociedad mexicana es rehén de esas facciones políticas que se venden como partidos y que sólo buscan su beneficio personal.

Es por eso que los viejos liderazgos sociales, en su desesperación de ver el deterioro de las instituciones, buscan empujar –como una salida que se presume racional– las candidaturas ciudadanas como un paliativo social, que no lo es, porque se vuelve al concepto de liderazgo antiguo: “busquemos a un candidato fuerte que con su imagen pueda opacar a los contrarios y fragmentar el voto para que no gane el liderazgo más mesiánico”. En este caso, buscar una cuña de la misma madera no va a solucionar nada, ya que es una ilusión que los poderes fácticos buscan para seguir debilitando y manipulando las instituciones.

Entendamos bien que las candidaturas ciudadanas no son un asunto de la sociedad; son el juego de escape de políticos, de sus viejos partidos políticos, a nuevas opciones disfrazadas de ciudadanas.

Mientras no tengamos instituciones fuertes, no se podrá avanzar en llegar más rápido a soluciones efectivas.

Lo único que sí me queda claro es que los jóvenes ya están ahí, listos, esperando esas instituciones fuertes para llevar al país a esa gloria que tanto se merece.

 

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