La sociedad postmoderna en la que vivimos se caracteriza aceptar todo tipo de conocimiento sin importar su fuente, colocando en el lugar de expertos a toda clase de personas e ideas sin considerar su mérito.

 

 

Este 15 de febrero se cumplen 24 años de la muerte de uno de los individuos más brillantes del siglo XX, alguien que me ha inspirado, el físico Richard Feynman.

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Hace 51 años en 1963 Feynman dio una conferencia en Caltech llamada “This unscientific age” donde hablaba de la ‘era heroica’ en que vivía la ciencia con sus avances, pero lo poco que las personas lo apreciaban y lo mucho que seguían viviendo en la superstición, el mito y la credulidad. En todo el mundo poco ha cambiado desde entonces, y México no es la excepción.

El sociólogo postmodernista Jean-François Lyotard decía que la sociedad postmoderna se caracteriza por el escepticismo a todo, incluso a la ciencia misma, que él consideraba otra gran justificación de la historia (metanarrativa).

Sin embargo, esta misma sociedad postmoderna en la que vivimos se caracteriza aceptar todo tipo de conocimiento sin importar su fuente, colocando en el lugar de expertos a toda clase de personas e ideas sin considerar su mérito.

Vivimos en un mundo lleno de tecnología y avances científicos de toda clase. Con información y conocimiento como nunca antes en la historia humana, sin embargo, nos encontramos en un entorno donde gozamos de estas maravillas sin vivir en el espíritu que las produjo. Nuestro entorno social ya sea político, económico o de negocios vive en una cultura acientífica.

El cultivar la incertidumbre no necesariamente implica la relativización del conocimiento y la información.

La crítica más dura a la teoría postmoderna justamente se encuentra en ese punto. Estar en una ‘era científica’ no implica aplicar el positivismo a todas las cuestiones de la vida, existen muchos aspectos  que no pueden caer en los paradigmas de la ciencia; pero en muchos de estos aspectos sí existen personas, instituciones e ideas que se hacen pasar por ciencia imitando su lenguaje y sus formas, tratando de explicar o justificar sucesos que escapan al verdadero conocimiento.

Feynman creía que era nuestra capacidad de dudar la que determinaría el futuro de la civilización, en uno de sus documentales se le escuchaba decir:  “Creo que es mucho más interesante vivir sin saber, que teniendo respuestas que podrían estar equivocadas. Yo tengo respuestas aproximadas, posibles creencias y diferentes grado de certeza sobre diferentes cosas, pero no estoy absolutamente seguro de nada, y sobre muchas cosas no sé absolutamente nada.”

La duda para muchos epistemólogos y filósofos de la ciencia es la base del conocimiento y del progreso. No significa no creer en nada, más bien es aprender a aceptar la incertidumbre  y aprender a hacer preguntas para poder distinguir entre los niveles de certeza que podemos tener. No obstante esto, todos nuestros avances parecen contar poco. Hace 500 años no era raro ver a una persona consultar un astrologo para tomar decisiones importantes, hoy en día es más común aun ver una persona en su teléfono consultar su horóscopo, buscar libros de autoayuda o recurrir a toda clase de “expertos” cuyo conocimiento es tan frágil que difícilmente pueden explicarse a sí mismos.

Quizá la razón por la que seguimos siendo tan crédulos en nuestras sociedades es por nuestra necesidad de tener respuestas de no poder soportar el no saber, ni tener la paciencia para buscar formas de hacerlo.

Esa necesidad muy conocida de tener respuestas y de buscar confirmación a nuestras propias ideas está en la raíz de muchos de los sucesos en nuestras sociedades. Es la razón que lleva a nuestros políticos a prometer soluciones diciendo lo que queremos escuchar, ofreciendo salidas rápidas. El resultado natural es que las promesas no se pueden cumplir y las personas dejan de creer en la capacidad de resolver problemas.

Preferimos tener respuestas rápidas que una forma de encontrar respuestas correctas, por eso somos presas de quienes aparecen ofreciendo soluciones.

Hace pocos días distintos académicos e intelectuales de nuestro país discutían justo sobre cómo las promesas generan expectativas en la población; complejos aparatos de comunicación social promueven ideas y las venden a la opinión pública, la conclusión de estas personas es que estas ilusiones tienen una duración de dos años antes que las personas dejen de creerlas.

Justo ese mecanismo tan aplaudido y tan usado en nuestro país es un claro ejemplo de un pensamiento que no privilegia la realidad sobre las relaciones públicas. Una muestra de porque nuestros servicios públicos, los productos que consumimos y las cosas que pagamos pueden llegar a ser de tan mala calidad; no tenemos la capacidad de exigir ni cuestionar.

La norma en nuestra sociedad es escuchar a distintas personas, sean funcionarios públicos o personajes de la vida pública opinar y arrojar datos que carecen de sustento. Citar números que están fuera de contexto que llevan a conclusiones que no se pueden sostener o buscan contar historias ad hoc para justificarse.

Un ejemplo reciente es la retórica empleada por los encargados de comunicación de la cruzada contra el hambre quienes ofrecen toda clase de opiniones pero ningún dato para corroborarlas.

Tristemente no es distinto en otras esferas de la sociedad. Muchas personas van por la calle consultando en su teléfono lo que los astros le deparan o adquieren productos milagro que le prometen resolver todos sus problemas en su televisor. Están los hombres de negocios que toman decisiones basados en lo que gurús con metodologías ad hoc y números de dudosa procedencia les indican y no cuestionan.

Existen empresarios que sostienen sus prácticas en base a la tradición y la costumbre, lo que para pensadores en el siglo XIX como Max Weber era considerado prácticas de una sociedad pre moderna.

En México vivimos esta dualidad en todas partes, sostenemos practicas pre modernas y el relativismo extremo del postmodernismo. Muchas decisiones sean de carácter personal, de negocios o políticas públicas son tomadas sin evaluar otras posibles explicaciones, sin buscar teorías alternativas. Buscan simplemente confirmar nuestros sesgos y no el entendimiento.

Las teorías científicas y el conocimiento en otras áreas evolucionan al ser cuestionados, al buscar poner al límite lo que se puede explicar y empujar la frontera del conocimiento hacia lo que no podemos. Es de la misma forma en que las sociedades progresan es como se generan mejores instituciones, como se genera desarrollo económico y social. Mejoramos conforme nos cuestionamos los paradigmas existentes.

Un mejor país, una sociedad más informada y participativa, mejores ciudadanos y personas más capaces son posibles si nos preocupáramos por practicar la duda razonable. Por cuestionar lo que sabemos e investigar lo que no. Si nos ocupáramos por cultivar en nosotros mismos el hábito de hacer preguntas y emplear la lógica para analizar la realidad que se nos presenta podríamos progresar más rápido que si solo nos resignamos al estado presente de las cosas, a explicaciones fáciles e información descontextualizada.

Feynman creía que dudar era parte fundamental de la formación de todo buen científico y más un de la formación de cualquier buen ciudadano. Pensaba que la libertad de dudar estaba implícita en la formación de una sociedad democrática donde todo puede estar sujeto a cuestionamiento, deliberación y modificación. Para él las sociedades autoritarias y sin cuestionamientos eran un reflejo de un pensamiento acientífico.

En México tenemos la urgente necesidad de redescubrir el placer del descubrimiento, de aprender a buscar conocimiento en todas partes.

A 24 años de su muerte, la mejor forma de recordar su aportación en la ciencia y en la difusión del conocimiento es aceptar nuestra ignorancia, dudar y procurar el conocimiento a través de la curiosidad.

 

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