Probablemente hayas escuchado sobre el padre de la web, Tim Berners-Lee, o uno de los padres de internet, Vinton Cerf.  Pero, es posible que aún no hayas escuchado sobre la madre de internet; a ella no le encanta el término y hasta lo rechaza, como cuando te vistes con un suéter de alpaca en verano. Así lo dice: “Es valioso, pero como que pica; en verdad no lo pedí.” 

 

Por Jennifer Juárez

A simple vista, la mirada orgullosamente humilde, casi tímida, ojiazul, se escon­de detrás de unos lentes ovalados. Su cabello, alguna vez castaño oscuro, ya es gris. A veces, cuando está pensando en cómo expresar una idea, pone cara de estar en problemas. Tiene cara redonda, tez muy blanca y sonrisa incansable. En resumen, sin haber hojeado nunca su currículum, la parte maternal del apodo Madre de internet le queda clarísima a primera vista.

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Pero no te dejes engañar: Radia Perlman ha registrado más de 100 patentes. Tiene una dicción excelente y, a sus 64 años, la lucidez de una persona de 25. Es autora de dos libros aún no traducidos al español: Interconexio­nes: puentes, ruteadores, switches y protocolos de interredes y Seguridad de redes: comunicación privada en un mundo público. Es licenciada y maestra en Matemáticas y doctora en Informá­tica por el Instituto de Tecnología de Massachusetts (mejor conocido como el MIT, por sus siglas en inglés).

 

¿Por qué Madre de internet? En entrevistas ha comentado que no le gusta ser llamada “madre de internet”. Pero internet es tan necio que es casi imposible quitarse un sobrenombre. ¿Se ha reconciliado con el término?

Si yo hubiera inventado ese apodo para mí, sería increíblemente presuntuoso. Internet no se debe a ninguna persona en lo individual, habría ocurrido de una forma o de otra. Cualquier con­tribución que yo haya hecho, alguien más la habría hecho eventualmente. A veces el protocolo que tiene éxito no es el primero inventado, sino el que coincide en los tiempos con los demás elementos, y una persona dice: ‘yo, yo, yo inventé internet’. Quiero aclarar que soy sólo una de muchas personas y que todavía hay personas haciendo cosas increíbles con él. No me gustaría llevarme una parte tan grande del crédito.

“Cuando dices Madre de internet, había tan pocas mujeres (haciendo protocolos en esa época), que proba­blemente entre todas esas pocas mujeres tuve una mayor contribu­ción. Me incomoda el término, especialmente si la gente piensa que yo lo inventé. Una vez estaba en una reunión y la gente decía, ‘yo trabajo en tal lugar, yo hago esto y el otro’, y alguien dijo: ‘yo in­venté internet’. Me desencantó tanto… ¿cómo puede alguien decir eso?”.

 

¿No estaba bromeando?

No estaba bromeando. Él intenta pro­mover esa idea y siempre se lo dice a la gente. Y hay más de una de esas perso­nas y se promueven muy bien, pero no es que ellos hayan hecho algo que fuera particularmente necesario y que nadie más pudiese haber hecho.

 

Usted es famosa por haber creado el STP (protocolo de árbol de expansión). ¿Por qué es importante?

Crea las reglas sobre cómo se mueven los datos a lo largo de internet, una vez que salen de tu casa. Uno de los problemas con las cosas que hago es que están tan escondidas debajo, lo cual me enorgullece; quiero que la gente no tenga que pensar en ello. No es como un drone, que puedes verlo y jugar con él. Cuando usas ethernet y cuando usas internet, en algún lado ese algoritmo de ruteador se utiliza para mover los datos. No tienes que estar consciente de ello. Es raro porque si he hecho mi trabajo, nadie puede ver lo que hice, es difícil de explicar.

 

Gabriel García Márquez alguna vez dijo que aunque todo el mundo elogia Cien años de soledad, su gran legado es El amor en los tiempos del cólera. Usted es conocida como la inventora del STP, pero, ¿qué contribución piensa que es su gran obra?

Lo que hago es tan invisible, que la gente no lo conoce. Irónicamente se me conoce más por el STP, que es algo que hice en literalmente una semana y me pareció una mala idea. Era para librar a la industria de un error que habían cometido. Lo que es más profundo que el STP fue lo que hice en ruteadores con el protocolo link-state. Hay muchas innovaciones ahí, pero son tan profundas que no estoy segura. Es un protocolo que nunca pude explicar a mi hijo, que para todo lo demás es brillante.

 

¿Qué piensan sus hijos de que usted sea llamada la Madre de internet?

Están muy orgullosos. Crecí en un ambiente de izquierda, así que no creo en el matrimonio y nunca me he casa­do. Salió el primer artículo donde un periodista decidió apodarme Madre de internet. Mi hija estaba en el MIT y sus amigos le enviaron el artículo. Sabien­do que no soy casada, me llamó y me dijo, ‘Mami, ¿tienes otro hijo bastardo del que no me has contado?’. Yo no había visto el artículo y no tenía idea de qué estaba hablando, pero después me pareció muy gracioso.

 

La inconformidad

A diferencia de muchas celebridades de la tecnología, Radia Perlman suele hablar bastante de sus hijos. Cuenta anécdotas sobre ellos en las conferen­cias que da en todo el mundo; en los libros que ha publicado utiliza sus historias para ejemplificar cuestiones relacionadas con la programación, la gestión, la se­guridad y los protocolos de inter­net. Y en la entrevista que tuvimos con ella también los mencionó.

En contraste con sus hijos “reales”, su maternidad hacia internet es bastan­te juiciosa. Dice que ama los protocolos de red y los califica como “increíble­mente fascinantes”, pero confía en que habría sido igual de feliz dedicándose a otra cosa. Piensa que hay dos clases de personas: “las que tras tomar una deci­sión estarían contentas con cualquiera de las opciones que hayan elegido y las que van a estar descontentas con su elección, cualquiera que ésta sea”.

Radia está contenta, aunque no conforme.

 

Si pudiera rediseñar internet con un grupo, ¿qué haría distinto?

Es una buena pregunta, porque lo de en medio funciona perfecto, pero en las orillas es un desastre y mucho más complicado de lo que necesita ser. Es como el inglés: es un idioma muy malo y está cambiando constantemente, pero hace el trabajo. Estoy segura de que podríamos tirarlo a la basura e inventar un mejor idioma, pero no necesitamos eso porque el inglés como que ya funciona. Así es como me siento sobre el centro de la red.

“En los dispositivos, sin embargo, hay muchas oportunidades para hacer los dispositivos más seguros siendo más simples. Hay áreas donde no ponen suficiente atención, como en hacer las cosas a prueba de tonterías, para no culpar al usuario cuando pasa algo malo. Por ejemplo, abrir un docu­mento de Word es potencialmente peligroso y no hay excusa para que eso sea potencialmente peligroso. Un documento de Word tendría que des­plegarse en tu pantalla y no cambiar tu computadora de ninguna manera. Puedo tener un documento de Word que automáticamente haga búsque­das de mis cuentas de banco, pero no quiero eso.

“O poner un usb en tu máqui­na: no hay excusa para que eso sea peligroso. Así es como Stuxnet (un virus inteligente dirigido a instala­ciones industriales) se propagó. Lo que debería pasar cuando lo enchu­fas a tu máquina es que apareciera una pantalla diciendo ‘aquí están los archivos del drive; haz lo que quieras con ellos’, pero en lugar de eso, hay un ejecutable en el usb y la máquina dice, ‘oh, mira, hay un ejecutable, ¿por qué no corro este programa?’. ¡Sin molestarse en preguntarle al usuario si quiere correrlo! Son muy malas decisiones de las empresas que hacen software. Les preocupa más ser más atractivos que los demás, que per­mitirle al usuario comprar algo muy minimalista. Sería bueno tener cosas muy simples y seguras.

 

En términos de protocolos de redes, ¿qué está pendiente?

La usabilidad. Frecuentemente digo que mientras más usable, suele ser menos seguro y viceversa. Pero la industria parece haber encontrado el punto en la curva donde es mínima­mente usable y mínimamente seguro.

“También deberíamos pensar más en cómo hacer que un algoritmo distributivo funcione cuando algunos de los participantes son maliciosos. En mi tesis hablé de cómo puedes hacer una red resistente a algunos switches que te dan información erró­nea o inundan con basura o envían datos en la dirección incorrecta. Hay muchas tecnologías donde la gente dice, ‘tendré siete copias de esta cosa y será muy resiliente’, pero yo veo siete puntos de fallas, porque cada que co­pias podrías tomar el control en caso de que murieran las otras seis; pero si una de ellas decidiera comportarse mal, fácilmente puede decirle a las otras, ‘tiren toda su información o mo­difíquenla de cierta forma’.

“No esperes que la gente tenga que aprender a usar tus cosas. Odio cuando la gente dice que necesitamos más entrenamiento del usuario o cuando se dice que es culpa del usuario porque hizo clic en ese link”.

 

Sobre todo para las generaciones mayores, los dispositivos pueden resultar intimi­dantes y hacerlos sentir inadecuados como personas, en lugar de pensar que lo inadecuado es el aparato. ¿Cómo podemos superar esta frustración?

Es culpa de los ingenieros, que lo hacen demasiado complicado de aprender. Como Twitter: todo el mun­do sabe qué es, excepto yo. Aunque me enseñes a hacer algo, no lo recordaré, porque tienes que ir a esta ventana y hacer esto y después lo que sea. Luego actualizas a una nueva versión y cambia el funcionamiento de todo, o es ligeramente distinto el dispositi­vo. El asunto de las computadoras es absurdamente, imperdonablemente complicado de usar. Es como cuando rentas un automóvil y sales del garaje conduciendo, pero afuera está oscuro, lloviendo y no sabes cómo prender las luces ni los limpiaparabrisas. Es inne­cesariamente complejo. ¿Por qué no pueden todos los autos tener las luces en el mismo lugar?

 

Las nuevas generaciones están conectadas 24/7 a sus teléfonos y están dispuestas a sacrificar su privacidad a cambio de poder operar y recibir servicios “gratuitos”. Inclu­so, le encuentran ventajas al hecho de que las empresas sepan más sobre ellos, como la publicidad individualizada. Cuando todos ustedes estaban construyendo inter­net, ¿previeron estos fenómenos?

No tenía idea en absoluto y es sorpren­dente para mí. Busco un boleto hacia Albania y luego en mi mail aparecen estos anuncios de hoteles en Albania. Es espeluznante. La gente se preocupa porque los gobiernos espían sus llama­das o registran quiénes se desplazaron a dónde, pero pienso que son peor las cookies y todas estas cosas que la gente hace porque quiere que las cosas sean gratis. Realmente ya no tienes privacidad.

 

¿Qué pueden hacer los ciudadanos comunes al respecto?

Creo que no hay nada que puedas hacer. Por ejemplo, en el supermercado me dan un pequeño descuento si uso la tarjeta del super­mercado, pero están rastreando todo lo que compro. Y no me importa que sepan qué me gus­ta porque no imagino qué cosas malas podría conllevar, pero podría haber casos donde de repente empiezo a comprar paña­les y mi empresa me despide porque piensan que no seré capaz de trabajar tan duro, o con ciertos medicamentos se dan cuenta de que tal persona se va a poner muy enferma y la despiden. Así que hay muchas consecuencias malas en las que no pensamos. Si es más conveniente, si es más barato, simplemente lo hago.

“Las empresas dicen que no están rastreándonos independientemente, sino como parte de una base de datos.

“Pero cuando te digan que no van a usarlo para ciertos propósitos, no les creas. La gente obtiene un documen­to de tres páginas con cosas legales donde debes acceder. ¡Nadie accede a estas cosas, nadie lo lee! Y aún más: si lo leíste cuidadosamente, en alguna parte dice, ‘nos reservamos el derecho de cambiar las reglas cuando quera­mos’, así que es irrelevante lo que se ponga ahí. Incluso, si una empresa no lo usa, ponen los datos a disposición de otros”.

 

Una aguja en un pajar

Cuando Radia Perlman se graduó de la maestría en el MIT, en 1976, pocas profesionales se aventuraban a la industria tecnológica. Así lidió con la cuestión de género en su trabajo y su vida personal.

 

Dijo en una conferencia que ser distinta y pensar distinto es lo que la diferencia. Por otra parte, ha dicho que el término “madre de internet” subraya el género. Las mujeres, ¿deberían capi­talizar su género como diferenciador o intentar neutralizarlo?

No pienso en el género en absoluto. Cuando pienso en una mujer, pienso en una modelo con tacones altos y mucho maquillaje. Cuando pienso en un hombre pienso en un leña­dor. No pienso en mis amigos como mujer u hombre, son sólo personas, y pienso de mí sólo como una persona. Creo que es bueno no pensar en ello. Habiendo dicho esto, ¿por qué hay tan pocas mujeres (en ciencias duras) y por qué eso no está cambiando? Muchas empresas quieren solucio­narlo simplemente aventando dinero al problema, así que patrocinan una conferencia para mujeres. Podría ser divertido para un grupo de personas reunirse, pero no veo cómo eso cam­bia algo. Me incomodan mucho los eventos sólo para mujeres.

 

En algún momento de su carrera estaba acostumbrada a ser ignorada. ¿Era una cuestión de género?

Es parcialmente eso, pero nada se debe solamente al género. Con mi personalidad, no parezco inmedia­tamente un genio. Y la gente que lo parece, no lo es; de hecho, sólo se trata de personas muy agresivas. Conozco a algunas mujeres que no son buenas profesionales, pero son muy políticas y obtienen beneficios para ellas. Tam­bién hay muchos hombres que son como yo y son ignorados, así que no es sólo una cuestión de género.

 

¿Cómo actúa cuando está enojada?

Es una pregunta muy curiosa. Seré más honesta de lo que he sido y es muy vergonzoso, pero no puedo imaginarme qué se siente estar enojado. Veo a la gente en programas de televisión, que levanta la voz y estampa el puño en la mesa. Nunca me siento así. Sólo tengo dos formas de ser: o estoy así como ahora o lloro.

Y es muy vergonzoso porque cuando pasan cosas en el trabajo y alguien es indignante y estoy realmente enojada, no puedo ni siquiera decirle: ‘lo que acabas de hacer es imperdonable’ sin llorar, y eso es vergonzoso. Incluso con mis niños —lo cual, por cierto, resultó ser muy efectivo—, cuando estaba realmente enojada con ellos, no podía hacer nada excepto llorar, e inmedia­tamente uno decía, “oh, hicimos llorar a mami’. Me gustaría estar en una obra de teatro o algo donde tuviera que ac­tuar de enojada, para saber si de hecho puedo hacerlo, porque sería agradable alguna vez actuar apropiadamente enojada cuando es lo correcto, en lugar de inmediatamente llorar.

 

¿Cómo lidia con eso profesionalmente?

No muy bien. En ciertas situaciones he llorado, lo cual llama la atención de la gente, pero es horriblemente ver­gonzoso y siento que estoy decepcio­nando a todo el género. Lo que hago, la mayoría de las veces, es no lidiar con ello y me voy a casa o algo porque sé que si intento discutirlo, lloraré. Algunas veces envío un mail y a veces durante semanas la situación es tan mala que paso mucho tiempo en casa simplemente molesta por ello. Pero hago un gran intento de no llorar, por­que parece muy poco profesional.

 

No debería ser considerado poco profesional…

De hecho, mi hijo era tan sensible y tenía tanta empatía por la gente que no podíamos leerle cuentos; le afecta­ba demasiado. Los únicos libros que podíamos leerle eran ciencia pura. Podría ser algo genético. Siempre veo a la gente, la observo y me importa mucho cuando veo a alguien que es ignorado siendo que realmente hizo todo el trabajo. Los bullies me enojan tanto. Fui a la reunión de exalumnos de preparatoria 30 años después y pensé que la gente me recordaría porque era la número uno de la clase. Pero me enorgulleció que dijeron, ‘te recuerdo porque eras bondadosa’. Fue curioso porque siempre me sentía terrible porque teníamos a gente muy malvada en la clase; los veía molestan­do a otras personas y me dolía mucho no hacer nada. Pensaba que confron­tarlos sólo empeoraría las cosas. No le hacía nada al bully, pero en privado me hacía amiga de las personas a las que molestaban. Estoy orgullosa de preocuparme por otras personas.

 

De niña fantaseaba con conocer a un chico que fuera mejor en matemáticas o cien­cias y casarse con él. ¿Ese chico llegó?

Nunca me he casado. Creo que la única razón legítima para que dos adultos vivan juntos es que lo de­seen. Es mucho más romántico que Charlie vive conmigo porque lo hago feliz, que decir: ‘me casé contigo, así que si intentas irte, haré de tu vida un infierno’. Eso no es romántico. Cuando estudié la universidad conocí personas. No es como que tomé al primero y me casé con él. Con el tiempo he comprendido que nadie va a ser completamente más inteligente que yo en todo y no necesito eso, ni lo quiero. Y es vergonzoso, pero también por más que quisiera no ser sexista, siempre quiero que el hombre en mi vida sea más alto, más exitoso, que pese más que yo. La razón por la que nos sentimos así es muy triste. Hay parejas donde el hombre se queda en casa, cuida a los niños y demás y eso es genial. Pero de alguna manera tene­mos arraigada esta noción de cómo deben funcionar las cosas.

“Como una persona de protocolos, también veo cómo interactúa la gente en las relaciones. Veo a tantas parejas que siempre se critican el uno al otro: ‘trabajas demasiado, estás demasiado gordo, deberías ponerme más aten­ción a mí, a mí, a mí’. Una vez que en­tras a ese modo, todo es cuesta abajo y no sé si puedas recuperarte de eso. Hemos estado juntos durante mucho tiempo, pero Charlie dice que siente como si tuviera un cachorro grande, porque estoy tan contenta de verlo cuando llega del trabajo… En una re­lación, tu trabajo es hacer que la otra persona se sienta segura de sí misma, contenta, inteligente y con poder. Haz como si tu pareja no tuviese memoria y aunque le hayas dicho hace apenas 20 minutos que es la persona más sexy, inteligente, dulce y graciosa del planeta, díselo de nuevo”.

 

¿Hay algo que le enseñaron sus padres que le ayudara a ser exitosa?

Es difícil recordar, porque fui niña hace tanto tiempo. Una de las cosas más importantes que los padres pueden enseñar a sus hijos es que no es un mundo simple, no hay respues­tas sencillas, como deberíamos ir a la guerra con ese país, y si no piensas lo mismo es estúpido. Por cierto, eso es lo que escuchas de muchos políticos.

Al senador Fayad le faltó informarse. (Foto: Reuters)

 

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