En junio de 2004 se realizó, en la Ciudad de México, una de las marchas más copiosas de la historia reciente. Más de un millón de personas llenaron avenida Reforma, desde El Ángel hasta el Zócalo.

La convocatoria era para exigir seguridad y mandar el mensaje de ya basta a la delincuencia. Aquel año había sido difícil, sobre todo por el tema de los secuestros. Un miedo antiguo permeaba en la población y en particular entre las clases media y alta.

Los marchistas iban de blanco y querían “paz y justicia”.

Al jefe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador, no le gustó nada la movilización, porque la veía como un ataque a su gobierno, impulsado por sectores de la ultraderecha y los describió como juniors. Tenía en parte razón, porque muchas de las activaciones para lograr una jornada poderosa, provenían de sectores conservadores, pero se equivocó en lo más importante: el genuino sentimiento de hartazgo, alimentado por historias inquietantes y una impunidad casi absoluta.

En 2003 habían ocurrido 133 secuestros y 2004 terminaría con 145, una cifra alta, pero engañosa, porque en muchas ocasiones esa conducta no se denuncia, por miedo a que las personas cautivas pierdan la vida y porque en no pocas ocasiones malos policías son integrantes de las bandas delictivas. Los homicidios dolosos también alcanzarían un número preocupante: 11 mil 656.

Uno de los casos que conmocionó a la sociedad, fue el de los hermanos Vicente y Sebastián Gutiérrez Moreno, quienes fueron asesinados a pesar de que sus familiares pagaron el rescate del secuestro. De origen español, eran apreciados y respetados en su rama de negocios: la automotriz.

“Rescatemos México” fue la frase con la que se agruparon diversas organizaciones de la sociedad civil.

La vida da vueltas. Este domingo se desarrolló otra marcha, en la capital y en otras ciudades, pero para protestar por los primeros meses del gobierno de López Obrador. A diferencia de la de hace 15 años, la agenda es múltiple y la participación pequeña, pero significativa.

La seguridad es uno de los reclamos, pero a ellas se suman los de la economía, cancelación del AICM y la libertad de prensa.

El presidente de México ha dicho que respeta las protestas, que no quiere ser monedita de oro. Es bueno que sea así, porque ello permitirá crear puentes de entendimiento. Pero en el entorno de Morena se desataron acusaciones de que la movilización era de fifís enojados por perder sus privilegios.

Creo que ahora, como antes, lo relevante es escuchar lo que tienen que decir los ciudadanos y actuar en consecuencia. La política, como la seguridad, son asuntos de percepción y su tratamiento requiere de explicaciones y paciencia.

Después de todo, hay crispación en el país y esta debe de ser atenuada, por el bien de todos, pero sobre todo porque se va a requerir de entereza y de muchos aliados, para enfrentar los desafíos de una época que no se vislumbra nada sencilla.

 

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