Desde entonces, 1991, el mundo ha vivido el “nuevo orden internacional” esperando que los diversos conflictos regionales sean intervenidos por las instancias internacionales (OTAN, ONU, etc.) o por alguna de las potencias contemporáneas. No sólo en el frente militar o intervencionista, sino también en la esfera económica, política y social. La comunidad internacional espera que se defina en el inmediato una postura de política exterior que ponga fin a los conflictos que escalan a gran velocidad.

Mientras la popularidad y legitimidad de Donald Trump cae vertiginosamente amenazando la estabilidad de la República y la democracia, y la posibilidad de enfrentar un juicio político aumenta al ritmo con el que aumentan los escándalos políticos y la polarización entre la clase política; la comunidad internacional se pregunta: ¿por qué no se ha definido la intervención humanitaria de Naciones Unidas en Siria? ¿por qué el Consejo de Seguridad no ha desplegado un plan de emergencia para atender a los civiles víctimas de las tensiones alrededor del mundo?

La creciente tensión bélica ocasionada por el lanzamiento de cohetes intercontinentales de Corea del Norte, la controversia acerca de la relación de Rusia en asuntos de política interna de Estados Unidos, la represión a la población venezolana a manos de un régimen autoritario y de doble discurso, la latente amenaza terrorista y la expresiones de la sociedad civil organizada son la clara expresión de un reacomodo de fuerzas internacionales que seguramente llevarán a la conformación de un orden internacional que permita la estabilización de las diferentes regiones en tensión.

Parece entonces que alrededor del mundo, en la esfera geopolítica, hay un déficit de liderazgo. No ha habido la intención (ni el interés) de China, o de Europa y tampoco de Estados Unidos por ejercer un liderazgo internacional que propicie más encuentros que desencuentros entre los países de las diferentes regiones.

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Thomas Jefferson, padre fundador de la patria norteamericana, llamaba el arte del poder a la capacidad de un presidente para resolver los problemas nacionales día a día. A la capacidad de reconocer que para mantener el poder era necesario para entregar un país más fortalecido que el que se había recibido.

Así entonces, la reflexión nos lleva a un dilema ético: ¿son los líderes mundiales contemporáneos capaces de entregar países mejores que los que reciben? En muchos casos, la respuesta es no.

La desolación económica no es la única que nos debe preocupar, debemos regresar a los básicos de la ética en la política internacional. A la búsqueda de la verdadera pacificación regional y mundial.

El mundo del siglo XXI debe ser el mundo del sentido humano, pues es la deshumanización lo que nos ha llevado a la crisis más estructural de las instituciones nacionales e internacionales.

 

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