En el momento indicado se para a hablar. Tiene la aspiración de convertirse en candidata presidencial por uno de los partidos políticos más viejos de la historia moderna de México. Un partido que comenzó como un ejercicio contestario a una nomenclatura que había abusado del desinterés en las luchas de poder en un país que, cansado de la lucha revolucionaria, solo buscaba la sustracción de la guerra para en la tranquilidad del nicho familiar, entenderse solo de su supervivencia y la de los suyos. Dejando la política en manos de los ‘entendidos’, los grupos que decidieron ‘sacrificar’ sus vidas en la abnegada labor del servicio público, estos comenzaron a luchar por mantener los cotos de poder, así como los beneficios financieros que tenía como consecuencia la conservación del poder, rompiendo la fragilidad institucional de los procesos electorales que habían sido la bandera de una guerra civil que durante cuatro años había matado a millones de mexicanos. Emulando el desprecio al intelecto de raza inferior, concebidos así los mestizos e indígenas, un nuevo criollismo revolucionario se había incrustado en el epicentro del inconsciente colectivo para explotar las formas de control y dominio gobernante que cuatro siglos de intervención española habían creado. Con el pretexto de la palabra democracia, se habían llevado a cabo procesos de aparente selección de candidatos que llegado el momento eran eliminados del juego político por la buena -a cambio de unos centavos que enriquecieran la hacienda personal- o por la mala, a balazos y golpes destruyendo los procesos de votación, intimidando al ‘pueblo’ democrático, o de plano, eliminando al candidato. No porque representara un cambio de paradigma social, sino porque no pertenecía al grupo en el poder.

Cansados de estos actos de violencia ‘democrática’ y con la intención de hacer frente a una familia revolucionaria que había convertido este proceso de candidatos, elecciones, violencias, compras de voluntades y abusos de poder, en algo unilateral, es como surge el partido que representara una oposición basada en valores de carácter humanista inspirados en la doctrina católica como un antídoto a la laicidad que, así lo había demostrado la familia revolucionaria triunfadora de 1917, no tenía limites decentes, morales o éticos que frenaran sus acciones. Un partido que tardaría 50 años en lograr un cambio, por la vía democrática, en el ejercicio de poder.

Un cambio que, desafortunadamente, no vio las trampas que a lo largo y ancho del sistema que se había creado en el abuso y por lo tanto cayó totalmente en los mismos caminos de corrupción, despotismo e ignorancia.

Con el uso del poder a través de dos sexenios, la oposición que representaba los valores sustanciales de la doctrina católica se transformó en una extensión más del México postrevolucionario que tanto critico adoptando los mismos vicios, pero complicando aún más el frágil balance entre el servicio público y el abuso sistemático de la posición de gobierno, al abusar de, y modificar los ‘principios’ que regulaban la actividad financiera ilegal. El desconocimiento de las reglas no escritas del poder, así como el deslumbramiento que significo la llegada al poder convirtió a los miembros del otrora partido de la decencia, en un grupo de golosos que no sólo cayeron en los mismos señalamientos de corrupción, sino también en los mismos procesos exculpatorios y la misma impunidad que durante 50 años había denunciado su partido. Tanto así que la oportunidad histórica que se presentó en el año 2000 para regenerar la vida política y social de México fue desperdiciada por un presidente que desperdició el momento de fuerza y presencia popular que acumuló en una campaña en la que se allegó el descontento popular que por primera vez reaccionaba con la vehemencia necesaria para evitar que los viejos trucos de manipulación electoral funcionaran. Peor aún, en el siguiente proceso electoral, 2006, el mismo partido que tantas veces y de tantas formas había denunciado irregularidades que desde el poder influían ilegalmente en los procesos electorales para beneficiar a los candidatos del partido en el poder, se comportó exactamente igual que aquellos para imponer a un candidato presidencial que, sin estatura ni visión de Estado, y ciertamente frente a un candidato opositor que hizo hasta lo imposible por minar sus posibilidades por vías legales de confirmar un posible triunfo ante la mínima diferencia de votos que lo diferenciaban del candidato ‘ganador’, tomo la presidencia como un bastión sobre simplificado que liberara, sin medir las consecuencias, las fantasías militaristas y autoritarias que su confusa y compleja personalidad, llena de imágenes violentas creadas a lo largo de una carrera política marcada por la agresividad y la confrontación que, incluso, llevo a sus mentores a descalificarlo públicamente. Con el fin de confirmar su posición en un gobierno que literalmente tomo protesta por la puerta de atrás, ‘haiga sido como haiga sido’, en diciembre de 2006 y enero de 2007 declaró una ‘guerra contra el narco’ que sacó al Ejército a las calles a realizar funciones que no corresponden a su investidura y funciones, elevó a los delincuentes dedicados al narcotrafico a nivel de ‘enemigos del Estado’, y, con una política carente de visión y estrategia, eliminó a los capos fragmentado en infinidad de grupúsculos a los disciplinados y organizados cárteles creando nuevas formas de delincuencia en grupos cada vez más atomizados e incontrolables que produjeron mas de 100,000 muertos y mas de 20,000 desaparecidos en su gobierno llevando al país a una espiral de violencia que hoy, 11 años después, está totalmente fuera de control.

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Las ambiciones transexenales, así como una sucesión de decisiones equivocadas, tanto en el ejercicio de poder desde el gobierno, como en la influencia directa en las esferas de decisión del partido aquel, creado para cuestionar a la nomenclatura revolucionaria, dieron como resultado, 12 años después, el regreso de esa familia revolucionaria al poder.

En este contexto, y ante la más difícil elección de nuestra historia moderna en el 2018 dados los elementos de inestabilidad social que pudieran desembocar en conflictos serios de insurrección, tuve la oportunidad de escuchar a Margarita Zavala. Aspirante a ser la candidata a la presidencia por parte del Partido Acción Nacional -o a ser candidata, como ella misma lo ha afirmado en diferentes ocasiones, a como dé lugar, aunque sea independiente, si el partido no lo apoya- pude escucharla y observarla en una reunión convocada por simpatizantes de su causa. En un entorno favorable de personas que prácticamente de antemano ya le dieron su voto, más por temor a los ‘monstruos’ de otras oposiciones que la propaganda está creando que por convicción política, Margarita se presentó a complacer a su audiencia. Sin preparación para un discurso que convenciera, tomó el micrófono para improvisar palabras que iban tomando el rumbo de su alocución de acuerdo a la lectura que, siento, daba a las reacciones del público. Sin una definición clara de intenciones, o de un diagnóstico de las distintas problemáticas y su posible intervención para atenderlas, trato de basar su presentación en tres ejes de pensamiento que, según ella, había levantado de las giras que está llevando a cabo por el país como principales reclamos: la incertidumbre económica, la ‘indignación’ como sentir nacional y la inseguridad. Solo atendió, en los siguientes 20 minutos, el primer punto, la incertidumbre financiera. Insinuando que en la crisis mundial de 2008 el desempeño de México fue extraordinario para no hundirnos en una crisis mayor -obviamente defendiendo al gobierno de su esposo-, divagó sobre la conmoción que le ha creado el encuentro con la gente -‘cuando se levanten mañana piensen que yo también estoy pensando en ustedes, en México’- cayendo en los puntos comunes de la emoción de pensar en la presidencia del país, a la que aspira por su amor a Mexico. Sólo mencionando brevemente el problema de la inseguridad -‘alguien tenía que enfrentarse a la violencia organizada’, nuevamente defendiendo al gobierno de su esposo, cuando nadie de los presentes siquiera lo había mencionado o había hecho referencia-, no ofreció ni un diagnóstico, ni alternativas posibles de nuevas estrategias, o cuando menos una consideración a fondo, reflexiva de la actual situación del país y como cambiarla. Declarándose enemiga acérrima de López Obrador, de quien dijo se encargaría de hacerle imposible su acceso a la presidencia como un compromiso personal -nuevamente apelando a las filias y fobias del público presente, alimentando la propaganda que su esposo creo en el 2006 del ‘peligro para México’-, y sin justificar en su oratoria una línea de pensamiento que mereciera incluirlo, dos veces lo saca a relucir como parte de un argumento de las cosas que tiene que mencionar, en un discurso sin pies ni cabeza.

Finalmente, en la sesión de preguntas y respuestas, esquiva los temas planteados -un señor pregunta sobre como solucionaría el problema de la inseguridad y la violencia en Acapulco, sin recibir respuesta alguna sobre el tema-  nuevamente se desliza por generalizaciones que se basan en puntos de conversación que, para una plática de café serían interesantes, pero, desde mi punto de vista, para una aspirante a ser candidata para ser presidente de México quedan muy por debajo de la expectativa

Partiendo de la magnífica buena voluntad de su legítima aspiración política, y, considerándola efectivamente una protagonista de la historia legislativa de nuestro país, tengo que decir que su falta de respeto al público presente, al ni siquiera intentar una exposición convincente de razones, motivos y propuestas para un ejercicio de gobierno, con la preparación que el nivel de aspiración requeriría, me hace pensar en un desprecio por la altura de las responsabilidades políticas ante la sociedad, toda vez que en el trasfondo político de los arreglos y las negociaciones de los grupos de poder que, al final, toman por asalto la conducción del país, seguramente ya hay posiciones y privilegios en negociación y que, ya lo veremos, aspiran a una posición de poder e influencia, pero no la presidencia de la Republica. No entendería la ausencia de un discurso sólido y preparado, de una mujer altamente calificada, de otra forma.

Sin embargo, esas negociaciones y esas acciones incrustadas en la lucha política al son de las formas y costumbres de los mismos vicios de casi un siglo de poder postrevolucionario, han destruido la esencia del partido aquel que alguna vez cuestiono y ofreció una alternativa real de cambio, dejándonos a la sociedad civil, en el total desencanto por la clase política que, a través de la corrupta relación con el poder, se vuelve homogénea.

El camino, y aquí el sentir popular rebasa las limitaciones de la propaganda partidista, va a ubicarse en aquel candidato independiente que, lejos de los partidos políticos que han logrado cohesionarse en una auténtica pandilla al asalto de la Nación, seguramente comprenderá la seriedad de la aspiración por la presidencia.

 

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