Hace casi diez años, en un programa de televisión peruana los conductores ironizaban sobre la presencia de la actriz Magaly Solier en el Festival de Cannes: “está vendiendo chompas y chuños por allá”. Antes de protagonizar películas como Madeinusa y La Teta Asustada, la actriz y cantante no tenía experiencia ni formación actoral, sino que era una serrana, según sus propias palabras, dedicada a las labores del campo en su pueblo natal, Ayacucho. En 2008, Ángel Tavira fue premiado como mejor actor en el Festival de Cannes por su actuación en la película El violín. El músico guerrerense ganaba tal galardón sin haber participado antes en alguna película y sin ningún tipo de experiencia cinematográfica.

Llegamos a 2019 y el nombre de Yalitza Aparicio ahora es conocido dentro y fuera de México. ¿Será que su caso es uno más que ocurre cada vez en cuando? ¿Será que es uno de esos ejemplos aislados cuyo éxito se explica por la concurrencia inusual de talento, buena fortuna y circunstancias?

La presencia de Yalitza irrumpe en una coyuntura política particular del país. La artista oaxaqueña ha avivado un debate nada nuevo en México, pero si las circunstancias políticas en el que surge. Una vorágine de noticias se ha tenido desde la toma de protesta del presidente en la plancha del Zócalo, ante diversos pueblos originarios y afromexicanos, sin embargo, al día de hoy, todavía no es claro el papel de éstos en la agenda del gobierno federal. Mientras tanto, el debate de por sí ya polarizado en redes sociales, se recrudece con comentarios que se acusan entre sí de clasismo, racismo, hipocresía detrás de ser “políticamente correctos” e, incluso, envidia del éxito ajeno, tan característico de los mexicanos según se argumenta. En medio de esta guerra de adjetivos, entre líneas se lee el afán de entender “lo mexicano” o la “mexicanidad, “esa invisible sustancia que está en alguna parte”, de acuerdo con Octavio Paz en su célebre ensayo El laberinto de la soledad.

Hemos escuchado que la 4T pasa no sólo por redignificar la política y los políticos, sino también por una cruzada para moralizar al país. Sin quedar todavía claro sus alcances, lo cierto es que una reconciliación y pacificación del país, como lo ha prometido López Obrador, necesariamente pasa por visibilizar el clasismo y racismo de la sociedad mexicana, en dos caminos que se cruzan y a veces se confunden pero que, al final del día, han normalizado y profundizado las desigualdades en este país, con la aceptación tácita de que el color de piel o el origen son destino inexorable. De qué tamaño serán las desigualdades en nuestro país, que los logros educativos, los salarios o la movilidad social de los mexicanos dependen del “simple y azaroso hecho de nacer en una entidad o municipio determinado”.

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Un caso interesante de analizar es Marichuy, la aspirante indígena a candidata independiente en la reciente elección de 2018, quien apenas logró reunir 280 mil firmas que la dejaron lejos de convertirse en la primera candidata indígena por la Presidencia de México. Situación que contrasta con la de Yalitza, que lo mismo ha sido entrevistada por The Guardian o The New York Times, a la vez que es portada de la revista Vogue México o Vanity Fair. ¿Qué diferencia hay entre Yalitza y Marichuy? A pesar de las evidentes diferencias entre ambas mujeres, para mi resulta intrigante esa pregunta porque en parte refleja que una indígena tras el sueño de ganar un Oscar es medianamente aceptable, no así la posibilidad de tener una presidenta indígena.

 

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