Al ver ¿Qué le dijiste a Dios? no pude evitar sentirme transportado a las épocas de mis abuelos, cuando la comedia musical ranchera era uno de los géneros más populares del cine producido en México.
En la madre. ¿Un musical con canciones de Juan Gabriel? Por un momento pensé que ese trailer era broma. Ni me gustan los musicales, para qué acepté ir a la función. ¿Cuántos se van a ir con la finta y van a titular sus textos ‘Pero qué necesidad’? ¿Cuántos van a decir que les pareció basura la película y en la sala de cine se revolcaban de la risa? No puedo dejar de pensar, ¿cómo convencieron a Juanga? ¿Seguirá debiendo impuestos? Qué bonita piel tienen esas sirvientas. No entiendo por qué les gusta desperdiciar buenos cameos en el trailer. Ya tengo que dejar de dar vueltas y escribir este texto.

La historia que da base a ¿Qué le dijiste a Dios? (2014) es sencilla: una malévola y ricachona güera, Marcela (Erika de la Rosa), tiene como sirvientas a un par de buenas muchachas de pueblo, Lupita (Olinka Velázquez) y Martina (Gina Vargas). Por ser rubia y millonaria, obvio, las maltrata, hasta que un día las chicas deciden vengarse y huyen a su pueblo con los vestidos –a la veinteava vez de nombrarlo me quedó claro que alguno era Chanel– y joyas de su patrona. La que se les va a armar.

Ésa es la trama/pretexto para montar un musical con algunas de las canciones más conocidas de Juan Gabriel, muy al estilo de Mamma Mia! (2008), Rock of Ages (2012) o esas obras de teatro con material de ___________ –inserte grupo ochentero generador de nostalgia– donde los números musicales están tan anunciados que la trama parece al servicio de estos y no al revés.

Tampoco es que la historia del musical esté marcada por películas de gran profundidad, hay pocos ejemplos fuera del inocente y visualmente colorido canon hollywoodense como el satírico South Park: Bigger Longer & Uncut (1999) o el vanguardista Une femme est une femme (1961), firmado por Godard.

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Gracias a la profusión de secuencias musicales, la directora y guionista Teresa Suárez (Así del precipicio) opta por convertir a sus personajes en clichés para ubicarlos en la historia sin gran desarrollo.

Así, todas las chicas que trabajan en el servicio doméstico son buena gente y prietitas, las ricas destacan por su soberbia, piel blanca y frivolidad –“naca de pellejo blanco”–, Víctor –el de La Academia– es un enamoradizo chico de pueblo con un gran corazón, o Héctor (Alejandro de la Madrid), esposo de Marcela, es un millonario con estudios en Harvard preocupado por la pobreza de su país por lo que dedica su tiempo a escribir artículos para hacer “conciencia”.

Asimismo, se da pie a situaciones poco creíbles. Se entiende que es una fantasía casi escapista, pero la boda estilo Mijares/Lucerito en la iglesia del pueblo o la millonaria prepotente que se niega a usar sus contactos para refundir a las ladronas en un oscuro agujero terminan por ser inverosímiles.

El legendario Ernst Lubitsch solía decir que “hay mil maneras de apuntar una cámara, pero en realidad sólo hay una”, en ¿Qué le dijiste a Dios? la frase parece ser cierta. Un gran apoyo de los musicales son las llamativas coreografías y aquí no faltan, aunque llama la atención la forma en que fueron filmadas.

Por momentos parecen pensadas para una tarima de teatro, incluso la cámara se vuelve estática y sólo las muestra de manera frontal, o las tomas con 20 bailarines terminan mostrando a cinco gracias a los encuadres. O ante el Popocatepetl, no resistieron hacer la clásica toma de calendario, digna de anuncio telefónico.

Al ver ¿Qué le dijiste a Dios? no pude evitar sentirme transportado a las épocas de mis abuelos, cuando la comedia musical ranchera era uno de los géneros más populares del cine producido en México. Es como si no hubiéramos avanzado, los buenos siempre ganan porque son buenos.

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