Por Isabel Studer*

Esta semana, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) publicó un reporte sobre el vínculo entre cambio climático y la superficie terrestre. El llamado de los más de 100 científicos, de 53 países, es claro y contundente: debemos introducir cambios radicales en la manera en la que producimos alimentos y manejamos los bosques si queremos tener la capacidad de alimentar a los 10 mil millones de personas que habitarán el planeta en el 2050.

El cambio climático ya ha afectado las fuentes de alimentación y los recursos hídricos disponibles, debido a la mayor incidencia de sequías, incendios, cambios en los patrones de lluvia y la mayor frecuencia de eventos extremos. El reporte proyecta que estos riesgos pueden ser más severos si continúa aumentando la temperatura, provocando la caída en el rendimiento de la producción agrícola, el aumento de los precios de los alimentos, la reducción de los niveles nutritivos de los alimentos y las disrupciones en la cadena de suministro de los alimentos.

Este reporte se suma a otro más amplio que el IPCC publicó en octubre del año pasado y en el que alertaba que solamente contamos con 11 años para reducir las emisiones de gases efecto invernadero (GEI), la causa del calentamiento global, para estabilizar la temperatura a 1.5º y así evitar consecuencias catastróficas para el planeta y la humanidad. Los sectores de transporte y electricidad han sido tradicionalmente el foco de la atención por ser las fuentes más importantes de las emisiones del GEI.

Hasta ahora, se había pasado por alto la aportación de casi una cuarta parte de dichas emisiones derivadas de la producción agrícola y la deforestación. La agricultura industrial, además, usa una tercera parte de la superficie terrestre no congelada y casi dos terceras partes de los recursos hídricos globales. Sobre todo, los monocultivos, como la soya, usados tanto para alimento de animales y la generación de energía, están arrasando con los bosques, que son sumideros naturales de carbono. Estas y otras prácticas agrícolas están degradando los suelos, que se pierden entre 10 y 100 veces más rápidamente que la tasa a la que se regeneran. La desertificación y la degradación de los ecosistemas por producción agrícola equivale a la pérdida de un área forestal del tamaño de Sri Lanka cada año. De ahí el llamado del IPCC para transformar profunda y urgentemente la manera en que usamos los suelos y su. Pone un énfasis en la necesidad de cambiar la dieta reduciendo el consumo de carne, ya que la producción ganadera es una de las fuentes más importantes de emisiones de GEI del sector agrícola.

América Latina es particularmente vulnerable a los impactos del cambio climático, por ser una región rica en recursos naturales. Alberga 25% de los bosques y de la tierra cultivable, así como más del 30% de los recursos hídricos del mundo. Una proporción importante de las emisiones (entre 35% y hasta 60%) de muchos países de la región, sobre todo en América del Sur, provienen del sector agrícola, forestal y de uso del suelo, por lo que el cumplimiento de sus compromisos con el Acuerdo de París obliga a estos países tomar medidas en este sector para mitigarlas.

Mientras que a veces se entiende el cumplimiento de estos compromisos como una exigencia para detener el desarrollo basado en la explotación de esta riqueza natural, el nuevo llamado del IPCC representa una oportunidad para que América Latina se convierta en líder global de la necesaria transformación hacia un uso sostenible del suelo. Un estudio liderado por The Nature Conservancy (TNC) demuestra que la naturaleza es la solución para reducir alrededor del 30% de las emisiones de GEI, necesarias para estabilizar la temperatura planetaria a menos de 2ºC.

En Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y varios países Centroamericanos, TNC lleva décadas desarrollando distintas soluciones basadas en la naturaleza.

Un caso prometedor es el trabajo que TNC está apoyando en Colombia, una nación productora de ganado que está saliendo de varias décadas de conflicto armado, para concentrar sus esfuerzos en las áreas rurales que permitan ofrecer opciones productivas viables económica y ambientalmente. La ganadería puede perjudicar la tierra, el agua y la atmósfera, pero no tiene por qué ser así. TNC y sus socios colombianos están promoviendo la ganadería sostenible a la escala más grande que jamás se haya realizado en América Latina. Cerca de 4.000 ganaderos, principalmente propietarios de pequeñas parcelas en áreas de alta biodiversidad y con bajo nivel de ingreso, están adoptando prácticas sostenibles que protegen hábitats críticos al tiempo que aumentan la producción, la rentabilidad y la resiliencia al cambio climático. Estas prácticas ya comprobadas incorporan árboles en arreglos como: sistemas silvopastoriles, bancos de forraje y cercas vivas que incluyen especies nativas que proporcionan refugio para la vida silvestre y mejores ingresos para los productores. Los resultados han sido impresionantes: La producción de leche y carne aumentó un 17%, mientras que las emisiones de GEI se redujeron en un millón de toneladas de CO₂ (lo que equivale a retirar 214.000 automóviles de las carreteras durante un año).

En Chiapas, México, una región donde la enorme riqueza biológica contrasta con los alarmantes niveles de pobreza y deforestación, los productores lecheros que incorporaron prácticas sostenibles vieron aumentar su producción lechera entre el 25% y el 45% en un período de tres años, mientras que las emisiones de metano disminuyeron en casi un tercio. Estas prácticas no solo han elevado la producción y las ganancias, sino que también han ayudado a conservar hábitats naturales críticos en el segundo estado con mayor biodiversidad de México.

En São Félix do Xingu, en el sureste de la Amazonía brasileña, TNC está promoviendo la intensificación sostenible de la ganadería en propiedades rurales medianas y grandes, combinada con la restauración de suelos y la reforestación de bosques ribereños. En las propiedades pequeñas, las tierras degradadas están siendo reemplazados por sistemas agroforestales a base de cacao. El cacao es un cultivo rentable que crece a la sobra de los plátanos, arboles maderables y otros arboles nativos, lo cual permite a los agricultores reforestar tierras degradadas con cultivos, fomentando su seguridad alimentaria y sus fuentes de ingresos. En conjunto, para 2030, estas iniciativas evitarán la emisión de 880 millones de toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera en 30 años —el equivalente a las emisiones de más de 55 millones de automóviles— y podrán satisfacer el 10% de la meta de reforestación de Brasil bajo el Acuerdo de Paris.

Hoy, el llamado del IPCC para transformar la manera en que usamos los suelos exige que gobiernos, empresas, bancos y la sociedad civil tomemos las acciones necesarias para llevar estas soluciones a gran escala. La naturaleza es la solución que, junto con las energías limpias, permitirá estabilizar la temperatura planetaria. También es la solución para crear un sistema alimentario más resiliente al cambio climático, asegurando el bienestar de una población creciente y de los sectores más vulnerables de la sociedad.

*Directora de Alianzas Estratégicas TNC Latinoamérica

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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