Por Demián Bichir

El poder del cine es indudable. Cambia el sentido de la vida cuando es contundente. Modifica los sentidos y te revienta a bofetadas cuando te descubres indefenso en él.

Alfonso Cuarón se arrojó de cabeza a lo más profundo de sí mismo para acaso expiar sus propios demonios sin pensar en las consecuencias que provocaría su “Roma”. No creo que Cuarón buscara inyectarle vida a un Hollywood repleto de refritos, lugares comunes e historias predecibles, pero lo consiguió.

Dudo que hubiera buscado hipnotizar al público con un ritmo insolentemente contrario a lo que ya se había acostumbrado durante tanto cine, pero así fue. No estoy seguro de que Alfonso quisiera confrontar a los mexicanos con nuestros propios estados de conciencia clasista, racista o discriminatoria, pero lo logró.

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Y al lograrlo, consiguió también confrontar al mundo con sus propios valores y recuerdos a través del espejo gigante que es México. “Roma” no es una película sobre una familia mexicana, es una película sobre el amor, la pérdida de la inocencia y sobre la fuerza que las mujeres tienen para transformar el mundo. Es una película sobre el triunfo del espíritu de las minorías que con tan poco hacen tanto.

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No conozco a un cineasta en el mundo que domine prácticamente todos los géneros y navegue en cualquier presupuesto como pez en el agua, como lo ha hecho Alfonso desde hace décadas. Ahora entrega esta “Roma” poética, hipnótica y avasalladora. Yo también recuerdo mi infancia en blanco y negro, soy de la misma generación de las canciones que se escuchan en “Roma”, del sonido del afilador y de la banda de guerra. Somos corazones desgarrados por la brutalidad del 68 y del 71.

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“Roma” atraviesa el territorio mexicano y cruza la frontera de la mano de Alfonso para plantarse en el epicentro de un país que reniega de nosotros. Con el rostro del México indígena, del México inmigrante por excelencia, le planta cara a una industria que se alimenta de estereotipos y la conmueve en un idioma que no es el suyo, acaparando de golpe toda la atención en un acto sin precedentes, modificando la historia para siempre.

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Con el agua como elemento purificador, como símbolo de la muerte y de la vida, tira los muros pintarrajeados de odio y detiene el muro que aún quieren construir. Este cine es una manifiesto amoroso, político y humano, orgullosamente mexicano.

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