Llegando a Cuernavaca, como cada fin de semana, viernes, entrando a la curva más pronunciada de toda la autopista, esa que anuncia la llegada a la ciudad y que comienza en la salida a ‘la paloma’, una curva larga, muy larga con total visión ciega a la recta que continúa, en junio 2016 manejando una SUV a una velocidad promedio de 120 km/h al lado de un auto deportivo compacto que me rebasó  por la derecha, pensé en consultar el waze para decidir si seguir por el libramiento en construcción o entrar a la ciudad. Con más de un año de obra, había días en que circular por el libramiento era más rápido que por el centro, pero había días en que era preferible el tráfico del interior de la ciudad. La obra estaba muy mal señalizada y ya había habido accidentes serios por no indicar claramente la ruta que debían seguir los autos en medio de tramos en construcción, objetos a manera de señalizadores, y maquinaria dispersa por toda el área que no estaba definida con claridad en carriles o planeación de obra.

En lo que pensaba en consultar el waze, en plena curva alcancé a ver como salía humo de las llantas del deportivo compacto que me acababa de rebasar, alcé la vista y en milésimas de segundo me di cuenta de que todos los coches estaban parados, el deportivo estaba derrapando y en un acto reflejo comencé a frenar esperanzado en que me alcanzara el espacio que tenía entre mi coche y los coches detenidos para evitar el impacto. Apliqué con toda fuerza los frenos y enfilé el coche hacia el acotamiento pensando en salirme de la carretera antes de estrellarme con los coches que estaban parados. Al deportivo no le alcanzó el espacio y, derrapando, se estrelló de lado contra la parte posterior del coche que estaba parado en el carril de alta velocidad. Yo estaba frenando dirigido al espacio entre el coche de baja velocidad y el acotamiento, preocupado también por los coches que pudieran venir atrás. Para mi fortuna la camioneta se detuvo a dos o tres metros de los coches y atrás no venía nadie. Del deportivo que se estrelló se bajó un joven asustado y del coche contra el que se impactó un señor preocupado consiente de que el golpe no había sido culpa del conductor del deportivo, ni suya, ni hubiera sido mía si hubiera chocado contra el otro coche de la cola o me hubiera salido al acotamiento. Sin una sola señalización de obra, sin un solo hombre con banderas indicando bajar la velocidad, sin un solo letrero de precaución, la curva se había convertido en una trampa mortal pues todos los coches entraban a la velocidad acostumbrada para encontrarse con un congestionamiento en donde se ponían en riesgo las vidas de todos los usuarios. Al comentarlo con otras personas que usan la autopista con más frecuencia que yo, me enteré de que no era la primera noticia de una situación así. Ya habían ocurrido varios accidentes similares causando incluso la muerte de algunas personas por la nula señalización de la obra.

Dos semanas después de este incidente Hectorín, como lo conocí desde que nació, falleció de manera instantánea al estar en un coche como los que yo me encontré, detenido en la cola mal señalizada de la obra, que fue destruido por un camión de carga de doble remolque, con más de 50 toneladas de peso que, a diferencia de mi camioneta o el deportivo, no tuvo forma de detenerse ante la sorpresa de salir de la curva y encontrarse con los coches detenidos. Sin ninguna señalización, sin ninguna advertencia. El camión doble remolque, imposible de detener en estas circunstancias, aplastó el vehículo en el que estaba Hectorín provocándole la muerte inmediata junto a otros dos jóvenes, uno de ellos sobreviviente por unos días de agonía más, y lastimó seriamente a Paola, hermana de Hectorín, quien aún sobrevive las consecuencias del accidente.

El fin de semana del 7 de julio intenté tomar el Paso Express de Cuernavaca y estaba cerrado. Una obra recién inaugurada estaba con maquinaria en los carriles centrales, sin mayor explicación. Cinco días después dos personas, circulando por los carriles laterales en dirección al sur, cayeron en un socavón que acababa de abrirse en medio del camino. Sobrevivieron a la caída, ahora se sabe, por más de 90 minutos en los que les cayeron muchos metros cúbicos de tierra que los fueron asfixiando. Fueron rescatados los cuerpos más de cinco horas después.

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En 1981, primero como subsecretario y luego como secretario de gobierno del gobierno del Estado de México en el sexenio de Alfredo del Mazo, Gerardo Ruiz Esparza inicio su carrera política. De 1993 a 1997 fue Director Administrativo del IMSS, en 1997 Coordinador General de la Campaña por la Jefatura de Gobierno de Alfredo Del Mazo, de 1999 a 2005 fue Director Administrativo de la CFE. De 2006 a 2012 fue Secretario de Comunicaciones del gobierno de Enrique Peña en el Edomex a cargo de las obras del Circuito Exterior Mexiquense (en donde, por ejemplo, una carambola de 80 vehículos, el 24 de diciembre de 2015, dejó cinco muertos, y en donde el pasado 30 de junio murieron otras seis personas en el choque entre un autobús y una camioneta), y del Viaducto Elevado Bicentenario, ambas obras construidas con la participación de Grupo Higa de Hinojosa Cantú quien financió, entre otras acciones no conocidas, la infame Casa Blanca de Angélica Rivera y la casa de campo de Luis Videgaray en Malinalco. En 2012 es nombrado por el presidente Peña como Secretario de Comunicaciones del Gobierno Federal. En el año 2013 viajó a China para encontrarse con altos funcionarios del gobierno, y representantes de distintas industrias en telecomunicaciones y transportes, como la China Railway Construction Corporation que en noviembre 2014 serían los ganadores de la licitación para la construcción del tren rápido México-Querétaro, licitación que sería cancelada horas después de su adjudicación y de la defensa a ultranza del Secretario Ruiz Esparza ante los medios de comunicación y el Congreso, a causa de la filtración a los medios de ese financiamiento de la Casa Blanca por parte de Hinojosa Cantú de Grupo Higa, que, en conjunto con las empresas GIA-A de Hipólito Gerard -familiar político de Carlos Salinas de Gortari-, Promex de Olegario Vázquez Aldir y China Railways Construction Corporation y a través de la Constructora Teya participaba en el proyecto de 59 mil millones de pesos.

La Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, Artículo 36 estipula en las obligaciones y responsabilidades de la Secretaria de Comunicaciones y Transporte en el inciso XXI.- Construir y conservar los caminos y puentes federales, incluso los internacionales; así como las estaciones y centrales de autotransporte federal.

El subsuelo del centro del país es altamente maleable, de un alto nivel de humedad y con pasos subterráneos de agua por filtraciones naturales y su consistencia lodosa, nunca había sido considerado, por los ingenieros de la SCT, el terreno ideal para la construcción de caminos con base de concreto hidráulico. Con la aparición de las licitaciones para que empresas privadas llevaran a cabo la obra del Estado, apareció también la construcción de caminos con base en concreto hidráulico. Este material se instala por piezas completas de resistencia propia que se montan sobre una base de asfalto. La maleabilidad del subsuelo provoca hundimientos y modificaciones al suelo que conocemos como baches, accidentes de terreno que el pavimento deja al descubierto al momento de ocurrir. El concreto hidráulico esconde esas fallas que ocurren por debajo de su superficie, aparentemente resistente, que cede al peso que carga cuando por debajo de su base se han creado agujeros de tamaño considerable. El pavimento que se ha utilizado a lo largo de la construcción de carreteras que siguen aún funcionando en muy aceptables condiciones en todo el país se amolda al movimiento del suelo, impidiendo que un socavón de la magnitud del que se creó en el Paso Express llegue a esas dimensiones.

El pasado 9 de julio se cumplió un año del accidente de Hectorín, tres jóvenes que se sumaron a esta trágica lista de decisiones mal tomadas y peor ejecutadas en donde la corrupción llega a dimensiones criminales.

La insensibilidad y decadencia ética que impide que la mínima decencia humana asuma la responsabilidad ejecutiva de un cargo de alto nivel, ya sea de manera personal con una renuncia, o de manera jerárquica con un despido, sólo confirma que cualquier sospecha de actos indebidos a lo largo de una ‘carrera’ política es justificada.

Ya cuando ni por la supervivencia política de un legado actúan las fuerzas políticas en situaciones de vida y muerte, hemos llegado al fondo.

 

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