El día martes, querido lector, fue mi cumpleaños. Nací un 27 de septiembre de 1978 en el inconveniente horario de las 3 de la tarde. Nací en el Aniversario de la Consumación de la Independencia de México y siempre me ha gustado que mi cumpleaños coincida con esta efeméride, quizá porque pocos la recuerdan, pero a mí me ha dado siempre un sentido un poco romántico de orgullo liberal y patriótico.

Cumplir 38 años es estar en esa parte de la vida en la que todas las listas de “haz esto antes de los cuarenta y lo agradecerás en los cincuenta” se supone que deben suceder en todos los ámbitos de nuestras vidas: familiar, profesional, físico, espiritual: ten hijos, cuídate los dientes, haz ejercicio, deja de fumar, ponte bloqueador (es real), reconcilia lo reconciliable (también se nos pide reconciliar lo irreconciliable) y una serie de cosas que debemos hacer para no estar frustrados, solos y/o enfermos a los cincuenta años.

Y me gustan esas listas. Seamos honestos me gustan todas las listas: las de consejos, las de pendientes, las del súper, las de cosas que meter en una maleta y muchas otras. Me gustan las listas porque ordenan, porque estructuran, porque de alguna manera, y quizá parcialmente marcan un rumbo. Y tener un rumbo es tener mucho.

Pero más allá de lo que las listas me dicen que debo estar haciendo en esta etapa de mi vida, yo me siento muy feliz por muchas cosas. A los 38 años ya se tiene la madurez, o se debería tener la madurez suficiente, para saber qué es lo que verdaderamente importa y que no. Hace algunos años Simon Anholt, asesor político en temas de reputación y marca quien ha construido un índice de los factores que le dan determinada imagen a los países, me dijo lo siguiente: “Hay muy pocas cosas que en verdad importan. No dejes de ver lo que en verdad importa”. Y cuando me lo dijo no lo pude entender, hoy lo entiendo e intento vivir conforme a ello.

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Y, ¿a mis 38 años que me importa en verdad? Me importan mis hijos, mi salud (me sigo sintiendo de 20 pero los golpes en la bicicleta de montaña y las secuelas del no dormir dicen lo contario), mi familia, mis amigos (aquellos con los que crecí y los que he tenido la fortuna de encontrar a lo largo del camino). Me importan los libros. Me importa mi trabajo y aquellos con los que trabajo. Me importa aprender. Me importa saber tomar decisiones. Pero sobretodo, me importa darme cuenta que nunca tenemos resuelto el tema. Ningún tema. Pensar lo contrario es engañarse. Me importa estar entendiendo con buen humor y con actitud que no todo tiene por qué resolverse siempre (nada más ajeno a mi personalidad) pero tampoco nada que sea tan cierto como eso.

Y a mis 38 años ¿qué no me importa? Eso es una gran felicidad. Lo que deja de importarnos. No me importa decir que NO; no me importa equivocarme (a veces me duele, pero no me importa). No me importa decir lo que realmente pienso, defender una idea, aunque sea impopular o poco convencional. No me importa asumir, al contrario, lo encuentro liberador. No me importa hacer el ridículo ¿Por qué será? No me importan los moretones. No me importa subrayar los libros. No me importa cambiar de opinión.

He cumplido 38 años y me encanta tener la edad que tengo. Una edad en que la fuerza y la claridad (la mayoría de las veces) acompañan todavía a la juventud.

Hasta la próxima semana…

 

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