Si lo que quieren es combatir el crudo invierno, pueden hacerlo con un poco de calor en el corazón… Ehm, estas tres propuestas son menos cursis que esta intro.

 

 
Llegamos a esa época del año que las distribuidoras llaman “temporada de premios”, en realidad no significa otra cosa que las películas estrenadas hace un par de meses en Estados Unidos –durante el otoño– comenzarán a empalmarse en la Cartelera.

Esta semana hay tres opciones que tienen como tema principal el amor, de una forma u otra. Aquí van:

 

Escándalo americano: El obsesivo

Durante los años 70, un par de artistas del engaño Irving Rosenfeld y Sydney Prosser (Christian Bale y Amy Adams, respectivamente) son obligados a trabajar en una operación encubierta por un ambicioso agente del FBI (Bradley Cooper, nunca tan despreciable). La misión es atrapar a capos y políticos abiertos a recibir un soborno, pero el carácter explosivo de los involucrados amenaza con poner fin al operativo.

El director David O. Russell toma como eje central de su película la relación que mantienen los personajes de Bale y Adams. Es su amorío el que se pone a prueba con la llegada de los federales y los constantes giros de tuerca del libreto. De todos los elementos estrafalarios en pantalla, el amor de ellos dos quizá sea lo único genuino que vean.

Empujado por un ímpetu criminal a la Martin Scorsese y una edición que imita el estilo del director de Taxi Driver, O.Russell nos sumerge a un mundo donde la caracterización es más importante que el desarrollo de personajes. Como el corriente barniz de uñas de la impulsiva Rosalyn Rosenfeld de Jennifer Lawrence, cuyo mayor trazo es tener un peinado a punto de desbordarse.

Sí, hay mucho brillo y buena música, atractivos escotes y harta vibra setentera. Los ojos sin duda se sentirán entretenidos hasta el momento que se empiecen a preguntarse qué tan ridícula es la trama. Todos los nudos se desatan cuando hay un plan detrás del plan que corre tras el plan principal.

En la sala de al lado hay un Scorsese original

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Amor índigo: El fatídico

Debo aceptar que me acerqué a Amor índigo (L’ecume des jours, 2013) con un poco de prejuicio. Después de todo tiene unos años desde la última vez que disfruté sin reparos una película del francés Michel Gondry, posteriormente le perdí el gusto a Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2013) gracias a las decenas de muchachas con deseos de llamarse Clementine y pintarse el pelo azul o naranja… pero ése es otro tema.

Aquellos fanáticos en busca del “toque Gondry” no quedarán decepcionados, la inventiva visual del francés es tan grande que se desborda. No hay cuadro en L’ecume des jours donde no esté pasando algo con la escenografía, desde humanos disfrazados de ratón en miniatura hasta una graciosa parodia de Jean-Paul Satre: Jean-Sol Patre.

El protagonista es Colin (Romain Duris), un muchacho sin la necesidad de trabajar gracias a su dote. En una fiesta conoce a Chloé (Audrey Tautou) y se enamora irremediablemente. Su relación marcha viento en popa hasta que un lirio acuático se instala en el pulmón de la señorita dando pie a la tragedia.

La verdadera tragedia es que la habilidad como guionista de Gondry no esté a la altura de sus destrezas visuales. El director está muy ocupado llenando de papel crepé y diamantina el fondo como para hacernos sentir preocupados con sus personajes. Aunque merece crédito por intentar plasmar los sentimientos de los personajes en un juego cromático.

Con el paso de los años Eterno resplandor de una mente sin recuerdos parece más un acierto de su guionista Charlie Kaufman que el inicio como auteur de Michel Gondry. Ojalá su documental sobre Noam Chomsky entregue resultados más satisfactorios.

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Los chidos: El familiar

Una vez vista, es lógico por qué la segunda película de Omar Rodríguez-López –sí, el de The Mars Volta– no haya llegado a la cartelera comercial. Cómo, si la mugre, el incesto, el canibalismo, la violencia, la religión, los tacos, junto a otras linduras, son elemento central de la trama.

Los González son dueños de una vulcanizadora a la orilla de la carretera, el negocio es su pretexto para estafar y echar la hueva al mismo tiempo. En otro punto de la ciudad, un joven matrimonio sufre las consecuencias del abuso del marido contra su esposa. La llegada de un bienintencionado gringo cambiará el panorama de todos.

Algunos han querido ver en Los chidos una metáfora de todos los males que aquejan a Latinoamérica y en especial a nuestro país. Claro, si alguien entra buscando significados los va a encontrar.

Sin embargo, la cinta funciona mejor cuando no se le toma en serio y se dejan llevar por el absurdo. Resulta un divertido homenaje a los momentos más memorables del siempre kitsch John Waters, donde conviven referencias a Pasolini o Almodóvar. Es un reto para los espectadores con estómagos sensibles.

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