En economía, muchas veces con la mejor de las intenciones, se cometen auténticas barbaridades. Con políticas erróneas, lejos de solucionar un problema, se crean otros iguales o peores que el que se pretendía resolver. ¿A qué se debe esto? A que la economía se rige por sus propias leyes, inmutables, que ni el decreto del gobierno más poderoso puede alterar.

Es por eso que aunque se promulgara una ley que estableciera que con efecto inmediato la pobreza desaparecerá de determinado país, si se pretendiera llevar a cabo distribuyendo la riqueza existente, imponiendo regulaciones de precios, altos impuestos y cerrando la economía a la competencia, el resultado sería más y más pobreza a cada instante, no menos.

La razón es que la pobreza se abate con creación de riqueza, y el incentivo auténtico para ello es la apropiación de los frutos de la creatividad empresarial. Sin ella, el estímulo deja de existir. Después de todo, si lo que creo me es expropiado, ¿cuál es la motivación? En cambio, si nadie me lo quita querré acumular tanto como pueda y crear aún más.

Esa libre apropiación, desde luego, implica también poder disponer de la ganancia –propiedad privada– como se desee. Eso significa negociar de manera libre en el mercado las compras y las ventas, donde sólo quienes intervengan en él acuerden los precios sin la intromisión de ninguna autoridad. Si ésta lo hiciera, estaría afectando en automático la citada apropiación de la ganancia empresarial –con resultados generales nefastos, así sea por una “buena” causa.

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Por si fuera poco, los precios “justos” quedarán a criterio del político en turno.

Todo esto viene a cuento porque en días recientes mucha gente se quejó de que las tarifas de Uber en la Zona Metropolitana del Valle de México se dispararon el día del doble Hoy no Circula.

Sin embargo, esta alza se debió a que la demanda explotó porque las autoridades, un día antes y cambiando las reglas existentes, decidieron dejar sin su auto a millones de personas, incluidos los choferes de Uber.

Así llegó al peor de los escenarios: una demanda a tope con una oferta restringida. Cuando eso sucede con el huevo, el limón o el dólar, los precios se disparan. ¡Es inevitable! Sube el precio, y eso incentiva que los productores quieran ofrecer más y que los consumidores demanden menos, y así los precios vuelven a bajar. No es magia, así funcionan los mercados y todos se rigen por esas fuerzas de oferta y demanda.

Por eso, para ver bajar las tarifas (incluidas las de Uber) casi siempre basta con esperar unos minutos, pues ante el estímulo de los precios altos, más autos quieren brindar el servicio en esa zona y pocas personas contratarlo, con lo que la tarifa otra vez desciende.

Además, ANTES de pedir que lo recoja un auto, Uber le avisa cuál es la tarifa que va a cobrar y, en su caso, el múltiplo que usará para calcular el cobro final. Usted mismo debe ponerle a mano qué múltiplo está aceptando que le carguen. Igualmente se puede calcular el precio final poniendo en la aplicación el origen y destino del recorrido, por lo que de antemano puede tener una idea muy cercana de cuánto le va a costar.

Uber no sorprendió ni engañó a nadie. La empresa propone una tarifa, y si al cliente le parece alta, ¡simple: no la toma y ya! Ahí están las viejas opciones de siempre: taxis, microbuses, Metro, etc., que existieron décadas antes que el lujo reciente de Uber.

Aun así, hay quien se sintió ofendido por los altos precios que esa empresa PROPUSO –no impuso–, y así recurrieron a la autoridad para quejarse de un falso abuso.

Como consecuencia se ha anunciado que se regularán las tarifas en la Ciudad de México, lo cual es muy grave.

Si se hace, se sentará un serio precedente de control de precios ya no sobre un producto, sino en específico en perjuicio de una empresa privada. Eso es tan injusto como que el gobierno llegara decirle a usted en cuánto puede vender las mercancías o servicios de su empresa, o su propio trabajo, cuando quien debe decidir lo que paga o no es el consumidor.

La capital del país podría servir de ejemplo para que en otras ciudades se cometiera el mismo error e injusticia contra Uber o cualquier negocio. No tenga la menor duda de que así ocurrirá, sobre todo si en el futuro la inflación comienza a repuntar.

México se resiste, pues, a dejar atrás su larga herencia de intervencionismo en la economía, y con ello se condena a perpetuar la pobreza. Vamos mal.

 

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