La principal amenaza podrían ser los contratos firmados legalmente (no las acciones al margen de la ley). Que no te agarren con los dedos en la puerta.

 

Supongamos que vamos manejando y necesitamos combustible, y por ello nos paramos en una gasolinera que nunca habíamos visitado. Al llegar, el encargado nos llama por nuestro nombre y sabe exactamente qué tipo de combustible y qué cantidad necesitamos. Sabe también que al auto le hace falta aceite, que una llanta está ligeramente baja y nos recuerda que probablemente necesitemos comprar un litro de leche en la tienda de conveniencia que hay en la estación. ¿Quién se lo dijo? Nuestras cosas, es decir, nuestros dispositivos comunicándose entre sí.

El internet de las cosas es el concepto que se utiliza para describir la forma en la que dispositivos electrónicos de prácticamente cualquier naturaleza se comunican entre sí, sin la intermediación de un humano, con el objetivo de intercambiar información y hacer mucho más eficiente el trabajo para el que están diseñados.

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Así, es posible que cada objeto tenga una dirección IP con la que recopila información sobre su propio uso y la intercambie con otros dispositivos, creando una base de datos que, en teoría, deben facilitar la vida a los humanos. Ése es el principio de los objetos inteligentes: que puedan personalizar su uso de acuerdo con las necesidades particulares de cada uno de los usuarios.

No se trata solamente de nuestro gadget dándonos alertas viales, sino de nuestro auto hablando con otros autos que hablan con los semáforos y cámaras de seguridad que nos ayudarán a tomar decisiones para hacer que el tráfico vehicular fluya más rápido.

Parece un asunto de ciencia ficción; sin embargo, el que los dispositivos empiecen a conectarse y comunicarse entre sí, sin la mediación de un humano, empieza a ser factible en algunas circunstancias. Por ejemplo, cuando tomamos una fotografía y el dispositivo se conecta de forma automática con un servicio de almacenaje en la nube para hacer un respaldo.

El término alude a los objetos que pueden interconectarse entre sí a través de cualquier dispositivo de radiocomunicación, ya sea la web, bluetooth o cualquier otro sistema. Así, intercambian información y pueden tomar decisiones en tiempo real.

Para conectarse, los objetos utilizan una capa de baja velocidad llamada internet 0, desarrollada en el Massachusetts Institute of Technology durante la década pasada. La idea es que se puedan utilizar y optimizar los recursos existentes dentro de una casa u oficina, por ejemplo, y utilizar el router como una especie de telégrafo que permita intercambiar información entre todos los objetos presentes. De esta manera, no se necesita conseguir equipo especial y tampoco se interfiere con el ancho de banda.

En teoría, el internet de las cosas es la base de los hogares, oficinas y edificios realmente inteligentes, que además podría impactar de forma positiva al comercio y la mercadotecnia. No obstante, es probable que existan problemas, principalmente con el uso de la información.

  1. La posibilidad de ser víctima del hackeo y todo lo que ello implica es una amenaza que no podemos echar en saco roto. Además del robo de información, existe la posibilidad de ser víctima de fraude, suplantación de identidad o de que nuestra información sea vendida a terceros.
  2. Y quizá la principal amenaza sean los contratos que se firman legalmente (no las acciones al margen de la ley).

Michael Froomkin, profesor de la Universidad de Miami, explica que quizá los usuarios de la red estén proporcionando demasiada información y consentimiento sobre su vida digital al firmar contratos sin saber exactamente de qué tratan. Al dar esa autorización sobre nuestros datos, entonces podrían tomar decisiones discrecionales sobre sus servicios y productos.

Si nuestro refrigerador le avisa a la compañía de seguros qué tipo de comida consumimos o nuestro auto le informa sobre cuántos mensajes recibimos mientras conducimos, entonces podrían establecer si nos dan o no el servicio o marcar una diferencia entre tarifas.

Quizá sea buen momento de empezar a legislar sobre lo que las máquinas hacen con los datos que obtendrán de nuestra forma de vida, para que, llegado el momento, no nos agarren con los dedos en la puerta.

 

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