Un aeropuerto como el anunciado a principios de mes es vital, pero no suficiente para que México pase de ser país “emergente” a “desarrollado”. Subyacen al menos ocho carencias que resultaría clave resolver.

 

 

Cuando el pasado miércoles 3 de septiembre,el presidente Peña Nieto presentó el nuevo aeropuerto para la Ciudad de México, la mayor parte de la gente aplaudió el anuncio, sabiendo que es un proyecto fundamental que durará más de cinco décadas y que tendrá un esquema de financiación sofisticado, bursatilizando los ingresos futuros por concepto de Tarifa de Uso de Aeropuerto (TUA). Redondo el proyecto de Foster y Romero, el nuevo aeropuerto ha sido vendido como la puerta que se abre para que México pase de ser país “emergente” a “desarrollado”.

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De alguna manera es cierto. Un aeropuerto como el anunciado a principios de este mes es vital, pero no suficiente para alcanzar ese estatus. Subyacen al menos ocho carencias que resultaría clave resolver, si queremos que la palabra “desarrollo” signifique que nuestro PIB per cápita suba de 16,000 dólares a más de 40,000. Identifiquémoslas:

Primera. No hay país desarrollado con catastros municipales y registros públicos de la propiedad que utilicen procesos de registro de la tierra del siglo XIX. Urge que una iniciativa federal actualice sistemas y que cada estado de la República, quizá de manera centralizada, homologue información a fin de que haya certeza jurídica sobre la posibilidad de que la tierra y los inmuebles cambien de manos. El ejido sigue siendo símbolo de atraso.

Segunda. No hay país desarrollado con una señalética pobre y obsoleta. Resulta increíble que algo tan sencillo como poner adecuadamente los letreros en las calles y guiar transeúntes y conductores no se haya logrado en México. En todas las ciudades del país hay un desorden notorio, y ninguna autoridad habla de estandarizar signos, señales y letreros.

Tercera. No hay país desarrollado que tenga oferta turística de clase mundial concurrente con islas de protección de gremios anquilosados. ¿A qué me refiero? A los lancheros de Catemaco o Celestún, que son los únicos que te pueden dar un paseo en sus aguas (no se puede, aunque se quiera, pagar una embarcación de lujo); a los guías acreditados en las pirámides, al transporte público en la Avenida Kukulkán, que se ve rancio.

Cuarta. No hay país desarrollado con una industria de seguros pequeña. Ya sea que el gobierno garantice la seguridad social o que los privados lo hagan, pero en todo país desarrollado hay fortaleza institucional de los sis­temas de previsión. En México, la gente no asegura ni sus casas, aunque hayan trabajado décadas para adquirirlas. Y los autos, pedazo importante del patrimonio de muchos, tampoco están asegurados en su totalidad.

Quinta. No hay país desarrollado que no potencie la investigación y desarrollo. Desde Corea, hasta Suecia o España, esto es una constante, en muchas industrias y desde muchos ángulos. En México los presupuestos de I+D en las empresas son inexistentes, incluso en las corporaciones más grandes.

Sexta. No hay país desarrollado con manejo del tiempo laxo. No hay. Las reuniones y compromisos inician cuando tienen que iniciar y terminan cuando deben hacerlo. En México, el tiempo es maleable. Una comida de negocios puede empezar a las 15:30 y durar hasta las 19:00, sin que haya acuerdo o avance sobre la materia por la que fue convocada.

Séptima. No hay país desarrollado donde se trabaje improductivamente. En México, la redundancia de las juntas; las fantasías y caprichos de servidores públicos de alto nivel y directores de empresas muchas veces no están orientadas a la toma de decisiones ni al reporte de resultados. En el gobierno, por ejemplo, es costumbre salir de la oficina hasta que el mando superior lo hace; antes no.

Octava. No hay país desarrollado donde el equilibrio de oportunidades no registre avances significativos, ya sea en equidad de género o al menos en mérito académico para acceder a determinadas posiciones, oportunidades y niveles de ingreso. Pero en México la estirpe cuenta más; y los apellidos y relaciones previas se sobreponen al mérito.

En mi opinión, no es posible que México alcance un nivel de PIB per cápita como el de Estados Unidos (53,000 dólares al año), si no corrige estos retos. Las reformas estructurales añadirán inversión y detonarán crecimiento, es cierto. Pero el estatus de “desarrollado” siempre viene acompañado de un ecosistema complejo donde todo un engranaje funciona.

Qué bueno que en algunos años tendremos un aeropuerto de clase mundial. Hay que celebrarlo. Pero esa magna obra no nos arrojará por sí sola al desarrollo. Es hora de reconocer que hay un conjunto de medidas que toda la ciudadanía debe tomar para despuntar.

 

 

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