DW.- ¿Qué está pasando con Brasil? El país se ha vuelto “impredecible”, lamentan, perplejos, los expertos. Nadie sabe a dónde los conducirá el nuevo presidente, a partir de enero de 2019. También las elecciones parecieron “impredecibles” durante mucho tiempo. Cinco candidatos competían por llegar hasta la segunda vuelta electoral, el próximo 28 de octubre.

Pero, en la recta final, todo apunta a un foto finish entre el exmilitar de ultraderecha Jair Messias Bolsonaro y el candidato del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad. “Ahora es un poco más predecible, pero aún no está decidido”, dice a DW el politólogo Sérgio Praça, de la Fundação Getúlio Vargas, en Sao Paulo.

Durante meses, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva encabezó las encuestas. Pero el ex héroe popular no puede competir porque está encarcelado por corrupción y lavado de dinero desde abril. Todo ha sido una conspiración legal contra él, asegura el político del PT.

Bolsonaro, que es quien lidera ahora en las encuestas, se perdió también la fase más caliente de la campaña. Después de un ataque con cuchillo, el hasta hace dos años desconocido político estuvo recluido durante semanas en la unidad de cuidados intensivos.

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Él ha sido “llamado por Dios”, y no acepta una derrota, dice. Y sugiere que el Ejército, que tanto aprecia como responsable del golpe de Estado de 1964, podría volver a actuar si fuera necesario.

El candidato Jair Bolsonaro/Reuters

 

 

Nunca había visto a un candidato atreverse a tanto, asegura el periodista alemán Alexander Busch, que reporta desde Brasil desde 1993: “Hasta ahora, hubo siempre un consenso democrático”.

Resultado de una larga crisis

La turbulenta campaña electoral ha coronado el caos que impera en el país desde las últimas elecciones, en 2014. A mediados de la década de 1990, el país entró en una fase de auge económico, pero en 2014, se destapó una gigantesca red de corrupción que involucró a las mayores empresas privadas, empresas estatales y políticos de casi todos los partidos. A estas alturas, aún no se sabe quién sobrevivirá política y legalmente a la “Operación Lava Jato“.

La “víctima” más prominente hasta ahora es el expresidente Lula. A mediados de septiembre, su compañero de fórmula, Fernando Haddad, asumió la candidatura de Lula y ahora hereda sus votos.

Bolsonaro, a su vez, puntúa con el argumento de que Lula es responsable de la corrupción y la crisis económica. El PT quiere convertir a Brasil en una segunda Cuba, dice. Bolsonaro quiere reintroducir la dictadura militar, contraataca el PT. Los dos campos se necesitan mutuamente para movilizar a sus bases de votantes con ayuda de la imagen de un enemigo, polarizando a Brasil hasta la médula.

Fernando Haddad, candidato del PT a la presidencia de Brasil/Reuters

 

Ambiente agresivo

Con protestas feministas masivas, cientos de miles de manifestantes dejaron claro el pasado fin de semana que consideran inaceptable una victoria de Bolsonaro, un candidato con un historial de expresiones homófobas, racistas y misóginas.

Mientras tanto, los seguidores de Bolsonaro culpan a la izquierda incluso por el nacionalsocialismo alemán. El “movimiento social obrero” de Hitler era, aseguran, un movimiento radical de izquierda.

La actual exaltación de los ánimos en el país ha sido atizada, principalmente, por Bolsonaro, insiste el politólogo Praça. “Las personas se han vuelto agresivas y hostiles entre sí. Y es no solo un asunto de polarización, después de todo, siempre hubo polarización en la política brasileña, entre el PT y los partidos de centro derecha PSDB y PMDB. Pero la agresividad es nueva, y se la debemos a Bolsonaro”.

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Déficit presupuestario peor que el argentino

Brasil vivió un aterrizaje forzoso entre 2014 y 2017, con una caída del 8% del rendimiento económico. Se perdieron millones de empleos y la potencia global emergente se convirtió en “niño problemático”.

Sin embargo, la economía no ha sido tema en la campaña electoral, observa el periodista Alexander Busch. Eso, aunque el déficit presupuestario y deuda interna de Brasil son “peores que los de Argentina”. El riesgo está en que “tanto Haddad como Bolsonaro minimicen los problemas”, advierte Busch. Ahora mismo, ninguno de los dos bandos reconoce lo dramático de la actual situación de Brasil: “El país no se está despeñando por el abismo, pero se mueve constantemente en esa dirección”.

El debate político, sin embargo, se limita a tratar de culpar de la actual miseria a la política económica paternalista del izquierdista PT o al sabotaje parlamentario de la oposición de derecha.

En cualquier caso, la hija política de Lula, Dilma Rousseff, no sobrevivió a la crisis y, en 2016, fue derrocada por sus propios socios de la coalición. Este “golpe” aún domina el discurso del PT, pero “la acusación tiene poca influencia en las elecciones”, opina Praça. “El arresto de Lula, sin embargo, sí, porque ha sido más polémico”, matiza.

Pero el resultado de la lucha de trincheras ideológicas es, en ambos bandos, el mismo: “todos están llenos de odio.” Mientras los círculos de derecha sueñan ya con una militarización de la sociedad bajo la presidencia de Bolsonaro, los intelectuales de izquierda parecen golpeados por la ola derechista

Historia quemada

En medio de todo, el incendio del Museo Nacional de Río, de 200 años de antigüedad, fue interpretado como un simbólico siniestro en el que, literalmente, una parte importante de la historia brasileña se perdió para siempre.

Sin embargo, el politólogo Marco Aurélio Nogueira advierte a DW contra una “melancolización”: “El incendio del museo tiene un poder simbólico, pero no hay que sobreinterpretarlo. Brasil no se ha incendiado, no está derritiendo. Pero sí estamos en medio de una ceguera e indignación colectivas, la sinceridad y la moderación no tienen lugar en este momento”.

Probablemente, solo después de las elecciones retornará un poco de paz, prevé Nogueira, con cierta dosis de optimismo: “Cuando el polvo se asiente, los moderados volverán a escena en el próximo mandato. Al menos para extinguir los incendios y mediar entre los supervivientes”.

Por Thomas Milz

 

 

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