Su nombre no sólo ha cobrado notoriedad por su incursión al cine, musicalizando Birdman, la cinta dirigida por Alejandro González Iñárritu, sino también por su evidente explosión de creatividad. Sí, Antonio Sánchez se ha consagrado como un increíble baterista, y cada vez como un mejor compositor.

 

Debo hacerte una pregunta necesaria y obligatoria, le dije, de pronto, a Antonio Sánchez.

—¿Por qué tardaste tanto en editar este primer disco?

Era una tarde de noviembre de 2008, y en los pasillos del Teatro Ángela Peralta, del bello pueblo de San Miguel de Allende, el bullicio de los reporteros daba paso a la tranquilidad y el silencio. Ahí había llegado el baterista mexicano para dar un concierto, como parte del festival de jazz que año con año se realiza en aquellas tierras.

Si me parecía obligatoria, y necesaria, aquella pregunta, era por el simple hecho de que Antonio llevaba para entonces un largo recorrido como baterista, tocando a lado de grandes nombres del jazz como Paquito D’Rivera, Danilo Pérez, Michael Brecker, Avishai Cohen y, sobre todo, con Pat Metheny.

Baterista deseado, poco se sabía, sin embargo, de su faceta de compositor (carrera que estudió en el prestigioso Berklee College of Music). De hecho, aquel disco debut —llamado Migration, y editado en 2007— no sólo era su carta de presentación como líder de una banda; también era su carta de presentación como compositor de jazz.

Con esa sencillez y honestidad que desde siempre, y desde entonces, le han caracterizado, Antonio me dijo:

—La verdad, es algo que quería hacer de un tiempo atrás, pero no me había animado porque he estado tocando con gente muy buena durante varios años; hablo de compositores excelentes (como David Sánchez, Pat Metheny o Chick Corea). No me sentía a la altura, hablando en términos de composición; no me sentía capaz de escribir algo. Todas mis composiciones me sonaban mal al lado de ellos. Un día, simplemente, dije que tenía que salir del clóset como compositor. Y lo hice…

Por supuesto, mucho ha cambiado desde entonces, desde aquel 2008. No sólo se le notan más las entradas en el cabello —como suele decir él mismo, en broma, cuando imparte alguna clínica musical a chavales—; también, y sobre todo, se ha consagrado como un increíble baterista, y cada vez como un mejor compositor.

Por eso ahora que he vuelto a hablar con él, nuevamente me vi diciéndole: “Necesito hacerte una pregunta necesaria y obligatoria. Mira —continué—, de pronto el nombre de Antonio Sánchez no sólo ha cobrado notoriedad por su incursión al cine, musicalizando Birdman, la cinta dirigida por Alejandro González Iñárritu. También es evidente que ha habido una explosión de creatividad: en un lapso relativamente muy breve, han salido a luz los discos New Life, por supuesto Birdman, el doble Three Times Three, y, desde agosto pasado, The Meridian Suite…”

Muy a la altura.

Muy a la altura.

Antonio soltó una risita tímida.

—En 2008 —le rememoré— me dijiste que no te sentías a la altura, hablando en términos de composición. Hoy, me queda claro que eso ha pasado al olvido…

Antonio soltó un suspiro —quizá recordando aquellas palabras—. Luego, dijo:

—Sí, son buenos momentos en cuestión creativa; como dices: hasta hace algunos años, no me sentía totalmente listo para presentar un producto que estuviera a la altura de las circunstancias. Hoy, por el contrario, es distinto: siento que ahora he roto una barrera muy importante, hablando en términos creativos, en cuestión de composición, en cuanto a escribir música se refiere; me está gustando muchísimo hacerlo. Pero, además, liderar mi propio grupo también es muy satisfactorio en estos momentos.

—¿Qué cambió, Antonio?
—No lo sé muy bien. Lo que si te puedo decir es que mientras más toco con otras personas, más me dan ganas de hacer mi propio proyecto. Porque tengo ya muy claro qué es lo quiero, qué es lo que no quiero, qué es lo que me gusta, qué es lo que no me gusta tanto. Estoy tratando de depurar todas las experiencias que he tenido con otros líderes y otros compositores; estoy tratando de destilar todo eso (cuando mi papel, desde luego, ha sido el de acompañante), para poner las cosas que más me gustan en mi grupo y en mis composiciones, y las cosas que no me gustan tanto dejarlas a un lado para hacer un productor mejor definido. Eso es lo que estoy tratando de hacer ahora: escribir la mayor cantidad de música que pueda. Siento que eso me dará un estabilidad, en cierto momento, como líder: mientras más música esté produciendo, más voy a poder salir de gira con mi grupo y tendré más cosas que presentar. Por ahora, ésa es la idea.

—¿Cuáles fueron los elementos que se dieron para que hubiera esta explosión de música, de composición, en Antonio Sánchez?
—Creo que la regla de oro para componer es sentarte y escribir. Sé que suena muy normal esto, pero es la verdad. Lo que más sorprende es que cada vez que me siento a escribir y digo “hoy voy a escribir algo”, lo escribo. Eso me hace pensar que todos los días que no me siento a escribir se me están yendo una cantidad impresionante de ideas, que podrían ya estar siendo plasmadas. Obviamente hay días que no me da tiempo, ni me dan ganas, ni tengo energía por estar haciendo otras cosas, o hay días que no quiero hacer absolutamente nada y despejarme…

Disco doble.

Disco doble.

—¿Me estás diciendo que el secreto es sentarse a escribir y ya, es todo?
—Ja-ja. Visto así, parece muy sencillo. Pero es verdad: el secreto de la composición es sentarte y experimentar, experimentar mucho; es decir, escribir y fallar, hacer cosas bien y otras equivocarte. Es como practicar un instrumento: si uno se pone a practicar un instrumento cada dos meses, obviamente te va a costar mucho trabajo, te vas a frustrar, y vas a sentir que no estás llegando a ningún lado. Me parece que es lo mismo con la composición; de hecho, así era yo, así componía. Un día me sentaba, y decía: “A ver, voy a tratar de escribir algo”, y me frustraba, y lo dejaba. Ahora siento que mi disciplina de trabajo ha mejorado mucho en cuanto a esto. También me he dado cuenta que lo que más me sirve a mí es ponerme fechas límites. Por ejemplo, le digo a la disquera que me apoya, que es Cam Jazz: “Miren, quiero grabar mi siguiente disco en equis y tal fecha”, apartamos entonces el estudio de grabación, y sé que para esos días debo de tener toda la música. Eso me pone bastante presión para hacerlo. Al menos, yo funciono mejor de esta manera…

—Lo cohibido, las inseguridades, dieron paso entonces a las seguridades…
—Se podría decir que así fue. Siento que el seguir escribiendo, el no parar, ha ido alimentando mi seguridad para escribir más, que todo se va retroalimentando…

—Espero no estarte robando demasiados secretos. Platícame, ¿cómo es sentarte a escribir canciones?
—Es muy interesante porque es diferente cada vez; a veces me siento, y ya tengo una idea más o menos de lo que quiero hacer; a veces me siento, y no tengo la menor idea de qué es lo que voy a hacer; en otras ocasiones, tarareo una melodía por días y llega determinado momento en el que digo “a ver, tengo que hacer algo con esto”; incluso, a veces me la paso tarareando una línea de bajo, o tengo un ritmo de batería en la cabeza, y llega el momento en que tengo que quitarme eso de encima. También, en ocasiones encuentro una progresión armónica que me gusta, y de ahí parto. Así que es muy impredecible. Y eso es lo que me gusta. Eso lo va manteniendo fresco. Y, bueno, esto es ahora, en este momento; quizás en unos 10 o 20 años mi respuesta sea completamente diferente.

—Cuando ya estás escribiendo, ¿de pronto no sientes la necesidad de darle una mayor presencia a la batería..?, ¿no te dejas guiar por eso..?
—Fíjate que no… No sé por qué… Obviamente, me gusta que la batería tenga un papel protagónico, pero eso no significa que me decante hacia ella. Lo voy a poner de esta forma: cuando la música realmente me apasiona, me gusta, y me dan ganas de escucharla una y otra y otra vez, es cuando está muy bien balanceada. Así que cuando hay demasiada batería, me incomoda. De hecho, eso me influye para no querer escucharlo o no querer hacerlo; y lo mismo pasa si en un tema hay demasiado saxofón, o si hay demasiado piano o demasiado bajo. A mí me gusta que siempre haya un balance entre todos los elementos. Claro, hay una cosa que sí me choca: si estoy tocando con un grupo, y en toda la noche no me permiten un solo, eso también me molesta. Eso, para mí, no tiene el balance adecuado… Entonces, yo sólo quiero que la música tenga el balance más estético que se pueda encontrar. Al tocar tanto tiempo con gente como Pat Metheny, Michael Brecker, o Gary Burton, gente que son maestros en eso del balance de los elementos de la música, de las dinámicas, de la orquestación, me parece que simplemente por osmosis lo he estado aprendiendo; además, me gusta ponerlo en práctica.

—En Three Times Three ese balance es más que evidente.
—Gracias.

—¿Cómo fue el proceso del disco? La verdad me ha gustado mucho… Bueno, tampoco es para menos: le acompañan músicos increíbles, maestros todos ellos: Christian McBride, Joe Lovano, John Patitucci, Brad Mehldau, John Scofield…
—Sí, ha sido sensacional todo el proceso. Yo quería hacer un disco con gente con la cual no he tenido muchas oportunidades de tocar. Por ejemplo, Brad Mehldau ha sido un pianista que he seguido durante mucho tiempo, y siempre me ha gustado. El saxofón de Joe Lovano igualmente siempre me ha gustado. El guitarrista John Scofield ha sido, por supuesto, uno de mis ídolos desde hace muchísimo tiempo. También los bajistas: John Patitucci es uno de mis ídolos desde que estaba con Chick Corea; Christian McBride es uno de los maestros más jóvenes del contrabajo, y también está Matt Brewer, quien es el bajista que toca ahora en mi grupo y es uno de mis favoritos (aunque es relativamente joven).

—Todos ellos, supongo, con personalidades muy diversas no sólo en la cuestión del trato, sino como músicos… ¿Eso influyó a la hora de hacer el disco?
—Exacto. De entrada, quería formar tríos teniendo en cuenta a estos personajes que tienen voces tan características en su instrumento. Quería ver cómo los acomodaba, porque eso era muy importante para mí. Si yo ponía a Christian McBride con Brad Mehldau iba a ser muy diferente que si lo ponía con John Scofield. Y si ponía a Joe Lovano con Matt Brewer, iba a ser completamente diferente si lo ponía con John Patitucci. Entonces, me puse a pensar muy seriamente: “Okay, qué es lo que quedaría mejor”, “qué tipo de música quiero escribir para cada trío”. Desde un principio, a mí se me había antojado escribir música específicamente para esas tres personas (que conformarían el trío, incluyéndome a mí), para sacarles el mayor jugo posible. Entonces, así lo escribí, pensando en voces en general, en el instrumento. Ésa fue la idea de Three Times Three: agarrar los elementos más fuertes de cada uno de estos músicos. Obviamente, tienen muchos elementos muy fuertes, pero quería sacarles el mayor jugo a cada uno…

—Aunque en el jazz la duración de un tema suele pasar de los cinco minutos, me sorprendió Three Times Three: en él, todas las piezas son muy largas…
—La verdad es que cuando compuse los temas no estaba preocupando en cuánto iba a durar cada tema. Sencillamente empecé a escribir y ver qué pasaba… Mira, la idea era capturar algo muy parecido a lo que haríamos en vivo. Y, de hecho, en vivo sería aún más largo; es decir, en el disco está más o menos reducido para lo que normalmente se hace en vivo… Fíjate, esto me lleva a otro tema, que es el siguiente disco, y que tiene mucho que ver con lo que estás hablando. Cuando uno está componiendo, invariablemente te haces algunas preguntas; uno está pensando en “cuánto va a durar el tema”, o “cómo lo voy a terminar”. Eso siempre me ha molestado un poco porque, me parece, con esa actitud estás cortando el circuito creativo. (¡Porque ya estás pensando en cómo terminarlo!) Entonces, con el disco nuevo me puse un reto: “Bueno, ¿y qué pasa si empiezo a escribir y sigo escribiendo y escribiendo, y no tengo realmente preocupación en qué va a pasar, cuánto tiempo va a durar cada tema, así que voy a seguir, y ver qué pasa?” Sería el equivalente a lo que le pasa a un escritor, por decirlo de alguna forma…

—¿Cómo es eso?
—Pongamos, como ejemplo, a un escritor que se la pasa escribiendo cuentos, o capítulos muy pequeños de historias, y de pronto quiere escribir una novela. Yo lo que quería, con el nuevo disco, era escribir una novela. Y fíjate que me inspiró bastante Birdman, por aquello del plano secuencia. Entonces, pensé: “Bueno, sería increíble hacer algo así, que fuera como una sola toma de principio a fin”. Y lo que salió, al final, fue una suite de casi una hora, llamada “The Meridian Suite” (La suite de los meridianos), que es el título del disco. Es una pieza completa y compleja de principio a fin. Porque, además, es mi historia; o sea, trato de juntar en esa pieza todas las influencias de una manera musical. En cuanto la duración de cada tema, por supuesto ya ni me preocupé. Como te decía: siempre he querido salir de esquemas como compositor, y hacer algo diferente.

—Y en tu faceta de baterista, ¿cómo te siente? Es decir, ¿cómo has evolucionado en lo que se refiere a la técnica? ¿En qué momento estás?
—Es curioso que me preguntes esto porque siento que he llegado a un momento en el que necesito, realmente, ponerme a hacer una investigación más profunda de mi instrumento. He estado tanto de gira, y tocando tanto, y trabajando tanto, ¡por suerte!, que no he tenido tiempo para sentarme y estar yo solo con mi instrumento, con la batería, tratando de inventar cosas nuevas. Me he vuelto muy bueno en muchas cosas, como es tocar música en vivo, ser un ejecutante de muy alto nivel (no importa qué tan mal te esté yendo una noche, siempre será un nivel bastante alto); sin embargo, siento, como te digo, que he llegado a un momento en el que, por decirlo de alguna manera, me estoy aburriendo un poco de lo que estoy tocando…

—No pensé que me dirías eso…
—No se malentienda. Hay noches que sí estoy inspirado, y me sorprendo un poco de las cosas que toco en la batería, pero quiero sorprenderme más, y más seguido. Lo que necesito es sentarme en mi instrumento y ponerme a practicar, a investigar, a inventar, y eso toma tiempo, que no he tenido últimamente… Es una de mis metas: sentarme y ponerme a estudiar, ponerme a practicar y ponerme a inventar cosas nuevas que me sorprendan a mí como músico. Como si me desdoblara, poder decir: “Ah, mira, eso que toqué nunca me lo hubiera imaginado”.

—¿Crees, entonces, que todavía quedan caminos por explorar en la batería de jazz?
—¡Uf!, sí, muchísimos… Es lo frustrante, y también lo reconfortante, de lo que hace uno en cuanto al jazz y al arte: que no hay realmente una línea final. Ves la meta y crees que al llegar a ella vas a estar contento. Y no: de repente llegas a la meta y te das cuenta que hay mucho más camino. Eso es un proceso constante, y cualquier artistas que no sienta esto, creo, no es un artista completo o un artista realmente. Porque todos los artistas que conozco, los músicos que verdaderamente han revolucionado la música, no paran, no paran de crear, de estudiar, de frustrarse, de seguir adelante. Y en eso estoy, en eso estoy…


Nota bene: Acompañado de su banda Migration (Seamus Blake en el saxofón, John Escreet en el piano, Matt Brewer en el bajo, y Thana Alexa en la voz), Antonio Sánchez se presenta el sábado 17 de octubre (de 2015) en la Explanada de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato, como parte de las actividades del Festival Internacional Cervantino. Sin embargo, durante noviembre (también de 2015), Antonio Sanchez & Migration harán una gira por el país. La fecha para la Ciudad de México es sábado 7 de noviembre, 20:30 horas, en el Centro Cultural Roberto Cantoral. Además estarán en Guadalajara, en Puebla, en Cuernavaca y Morelia. Más información en su página web, en Facebook y en DeQuinta Producciones.


 

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