Una vez al año las ligas deportivas más populares de Estados Unidos reúnen a sus jugadores más populares para un juego de exhibición. El Juego de Estrellas, pues, donde el público y el resto de los involucrados puede ver a sus héroes juntos en un sólo espacio, sin pretensiones más allá de ofrecer un espectáculo, un poco de diversión sin trascendencia, convivencia sin competencia.

La nueva entrega del Universo Cinematográfico de Marvel –que ha demostrado ser un verdadero fenómeno en la taquilla– ofrece una sensación similar a su público. Después de 10 años y casi una veintena de películas, lo que parecía una mera insinuación (ver a todos los superhéroes reunidos en un sólo largometraje) se ha vuelto realidad. Avengers: Infinity War (2018) nos muestra a los héroes de capítulos anteriores enfrentándose a su más grande amenaza: Thanos, una morada criatura gigante que busca eliminar a la mitad del universo por medio de las Piedras del Infinito (las cuales han sido el pretexto narrativo de casi todos los villanos de Marvel en la última década).

Quizás el mejor acierto de Joe & Anthony Russo, directores de la cinta, sea haber convertido al villano en el centro de la trama. Tomando en cuenta el conocimiento previo que tiene una gran parte del público sobre el resto de los personajes y el tiempo invertido en mirar sus aventuras, regresar a ellos no causaría el mismo efecto, limitaría la ilusión de cambio que ofrecen las nuevas franquicias de Hollywood, donde las acciones permanentes realmente no existen (con sus excepciones, claro).

El fenómeno no es nuevo, la base misma del cine de superhéroes, los cómics, funcionan bajo el mismo principio: el protagonista no puede perecer del todo o su realidad no se cambia de manera permanente porque la próxima semana hay que seguir vendiendo historietas. De vez en cuando se sometan a “reinicios” o nuevas temporalidades buscando reanimar el interés de la audiencia, por algo Batman ha muerto más de un par de veces y la villana de la telenovela se niega a desaparecer al primer susto. La narrativa tradicional no aplica porque los objetivos de venta nunca terminan.

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Así Avengers: Infinity War se transforma en una película clímax, donde el villano toma el centro de la acción y las promesas de batalla en películas anteriores buscan cumplirse. La acción domina porque no podría ser de otra forma, es donde el trabajo de los Russo luce: no serán los grandes narradores o consumados estetas, sin embargo, logran darle a cada uno de los contingentes heroicos su espacio y momento de brillar. Hacer lucir los malabares como algo sencillo, es el mejor truco del malabarista.

No obstante, la estrategia de mercadotecnia diseñada por Marvel, donde crear entusiasmo es el vehículo y fin de todo, resulta contraproducente cuando se trata de sorprender a la audiencia. El ciclo de noticias de Avengers: Infinity War incluyó a directores, actores, productores, jala cables, animadores, choferes y demás hablando de las funestas conclusiones de esta primera parte (¡primera!). No es necesario ahondar en ellas porque seguro los memes les han ayudado a deducir cuáles son o fueron uno de los millones de compraron su boleto en los últimos días. Basta decir que los anuncios de la productora respecto a sus planes a futuro hacen dudar de lo definitivo de la lucha con Thanos (seguro para los conocedores del cómic las sorpresas son aún menores), es la sinergia empresarial poniéndole el pie a la narrativa cinematográfica.

Por eso el placer y éxito de Marvel como franquicia va más allá de la calidad cinematográfica, como en un juego de estrellas el público se siente satisfecho de ver en la cancha a los nombres que idolatra. Podrá haber obstáculos, claro, siempre hay algún jugador que se acuerda de defender de vez en cuando o sudar la camiseta, aunque ese nunca sea el punto. Un juego de estrellas es uno de ilusiones y de promesas, ojalá eventualmente se cumplan.

 

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