Llevamos un par de décadas exprimiendo al cine de superhéroes. Es una carrera de armas que impusieron los propios estudios. Cada película debe ser más grande que la anterior, con más explosiones y el doble de personajes, poco importa si las historias se repiten o la línea de ensamblaje escupe productos idénticos, aunque en el exterior luzcan diferentes. Es un camino sin salida, ¿cuántas películas de superhéroes vieron el año pasado que terminan con una ciudad destruida? ¿o un vórtice espacial en medio de oscuras nubes en el cielo? Los pocos ejemplos que se salvan canibalizan otros géneros y los asimilan, como Logan (2017) y su obvia conexión con el western o Capitán América y el soldado del invierno (Captain America: The Winter Soldier, 2014) con su thriller político con huellas de la Guerra Fría.

Marvel, probablemente el estudio que mejor ha sabido reaccionar a los comentarios del público, ha tomado nota y sus producciones recientes y próximas parecen hacer eco de las demandas del respetable. ¿No hay suficientes héroes de color? Aquí viene Black Panther. ¿Poca representación femenina? Capitán Marvel lo resuelve. ¿Necesitan historias más sencillas y divertidas? Basta llamar a Peter Parker.

Spider-Man: de regreso a casa (Spider-Man: Homecoming, 2017) destaca por la ligereza de su propuesta y su búsqueda por plasmar lo incómodo -y novedoso- de la adolescencia. A diferencia de otras versiones del personaje (tres actores diferentes lo han interpretado desde el 2002), el Peter Parker de Tom Holland sí es un joven y no un adulto aparentando ser tal. Por eso la película se ahorra los ritos de iniciación y las historias de trasfondo que para estas alturas del partido todos conocen a grandes rasgos, no hay lecciones de que “grandes poderes conllevan grandes responsabilidades” porque nuestro héroe está en ese proceso de descubrimiento.

La cinta arranca mostrando la destrucción que causó la primera pelea de Los Vengadores (2012) en Nueva York y cómo un pequeño empresario ve dañados sus intereses por la intromisión del gobierno en el retiro de escombros (Make America Great Again!). Paso siguiente, alcanzamos a Peter un par de meses después de su primera misión al lado de Iron Man (Robert Downey Jr.) y de pelear con los superhéroes que se rebelaron contra el sistema. El furor, como podrían imaginarse, está a tope en Parker, pero a juicio de su mentor no está listo para tener mayores responsabilidades y le encomienda convertirse en el amigable vecino de Queens, mientras aprende a controlar sus habilidades. Sin embargo, la aparición de unas extrañas armas de fuego provoca la curiosidad del arácnido.

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El funcional director Jon Watts (El payaso del mal) aprovecha al máximo la elipsis cinematográfica y nos instala sin dilaciones en la acción. Peter se comporta como cualquier adolescente que debe mezclar su nueva vida como superhéroe del barrio, cumplir con la escuela, ser amable con su tía y conquistar a la chica de sus sueños. El mundo desde sus ojos luce lleno de posibilidades y oportunidades de ganarse la confianza de los adultos (con y sin capa).

Aunque no hay grandes discursos sobre la responsabilidad, ésta se hace presente en toda la película y se convierte en su tema central. Peter, como dicta la tradición, debe entender que el mundo espera más de él porque tiene el potencial de lograrlo. Es un mensaje sencillo, nada complicado, pero esa es justo la intención de la película -incluso las escenas post-créditos apuntan al tono más relajado del proyecto-, regresar un par de escalones y liberar al personaje de toda la paja para poder “empezar de nuevo”.

Nada como un poco de asombro adolescente para sentir la emoción de la primera vez.

 

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