Como nación, como modelo de desarrollo económico, Brasil ha salido derrotado y gravemente perjudicado del Mundial de futbol.

 

 

Por Bruno Juanes

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Es fácil hacer leña del árbol caído, especialmente cuando se sufre una derrota tan apabullante como la que le infligió Alemania a Brasil anteayer en su propia Copa del Mundo.

Pero más allá del resultado deportivo, Brasil como nación, como modelo de desarrollo económico, ha salido derrotado y gravemente perjudicado de este magno evento.

En primer lugar, el pueblo brasileño se opuso frontalmente al derroche público superior a 100,000 millones de dólares que supuso la organización de la Copa del Mundo más cara de la historia. Antes del pitido inicial, en las calles se protestó airadamente por las subidas de los servicios públicos y en contra de un despilfarro monstruoso. En un país en que el salario mínimo son 724 reales, un billete de ida en transporte público no puede costar 3. Las protestas fueron sofocadas y el pueblo se ilusionó con el sexto título de su seleçao…

En segundo lugar quedan las infraestructuras. Muchas no fueron terminadas a tiempo, como el Metrotren que une el aeropuerto local de Congonhas con el estadio del São Paulo, una de las principales sedes mundialistas, o quedaron a medias, como algunos de los estadios (Arena Corinthians y Arena Pantanal). Otros fueron levantados y serán derruidos parcialmente (como lo lees) a la finalización de la Copa para destinarlos a otros usos comerciales, como el de Natal. Otras infraestructuras fueron levantadas y cayeron al suelo por deficiencias constructivas, como el puente del Estadio de Belo Horizonte… El destino de la millonaria inversión en infraestructuras de dudosa utilidad será otra patata caliente que quedará en manos del gobierno tras el pitido final.

La eliminación deportiva de la pentacampeona preveo que traerá también consecuencias políticas para Dilma Rousseff y el PT en las elecciones presidenciales de octubre. Si antes de la debacle la popularidad de la primera dama caía en picado, me imagino que su equipo político estará aterrorizado ante el resultado del próximo sondeo. Una victoria hubiera sido un balón de oxígeno, pero una derrota tan abultada podría enfurecer todavía más al electorado tradicional del PT, por mucho que los brasileños se estén tomando con humor la derrota.

Por último, el modelo de crecimiento brasileño, basado fundamentalmente en la exportación de commodities –80% de las exportaciones del país se fundamentan en seis productos básicos muy sujetos a las fluctuaciones de precio del mercado y con escaso valor añadido bruto– y en la protección a ultranza del mercado interior, también está siendo derrotado. Es fácil (y atrevido) hacer recomendaciones macroeconómicas desde un medio de comunicación, pero el que haya vivido y trabajado en Brasil llegará con facilidad a las mismas conclusiones que planteo: Brasil tiene que abrir su economía a la red del comercio mundial (como el resto de países de Mercosur); tiene que simplificar sus engorrosísimas estructuras burocráticas en lo fiscal, lo laboral y administrativo; tiene que invertir en infraestructura productiva real (aeropuertos, trenes, carreteras…) que apoyen el crecimiento del PIB. Adicionalmente tiene retos monumentales en educación y sanidad, que no pueden seguir siendo abordados como hasta ahora con el recurso del subsidio y disimulados con los oropeles de grandes eventos deportivos. Si bien es cierto que el país ha experimentado un gran avance (desde el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, no olvidemos) en lo económico y lo social, no puede quedarse dormido y bajar el ritmo (claramente insuficiente) de las reformas necesarias.

De la derrota deportiva se recuperarán, pero si no abordan de manera frontal reformas estructurales (como está realizando México en estos dos últimos años, por ejemplo), corre el riesgo de sufrir una derrota todavía peor y de consecuencias previsiblemente desastrosas.

 

Bruno Juanes es socio responsable de Consultoría Estratégica para Latinoamérica.

 

 

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