Si partimos de una premisa equivocada de que todo es mercado, entonces es claro que los robots, un perro y un humano representan consumo; oferta y demanda. Al hacer esto estamos olvidando cosas básicas de la existencia del humano, de los grupos sociales y de las empresas. Por supuesto que tenemos un fin y es hermoso saberlo, pero reconozcamos que partimos de preguntas y generamos posturas.

Una empresa o una persona encuentra valor (y placer) al hacer cosas que mejoran su entorno. Lamentablemente algunos lo hallan al empeorarlo o volverlo menos vivible, pero también le descubren una sensación de valor que les permite sentir que están haciendo algo que “cuenta”.  Nuestras actividades responden a preguntas como ¿qué es la materia? ¿qué es un proceso? ¿qué es el espacio-tiempo? ¿hay causalidad de la casualidad? ¿qué hace real a un objeto? Un robot realiza procesos, y tal vez, algún día logre “cierta” singularidad.

Claramente todavía tengo mucho que cuestionar y analizar al respecto, pero hay algo que tengo que no tienen muchos de los eruditos de Silicon Valley, conexión con otras áreas de las ciencias humanas. Si creemos que las personas que agregaron valor a una empresa con una representación de valor accionario. O denotarlo en quienes han logrado meter más capacidad de procesamiento en un celular son quienes decidirán el futuro del ser humano, creo que se olvidaron de algunos clásicos que tuvieron que leer durante su carrera preuniversitaria o universitaria. La singularidad es una hermosa historia que contarnos entre humanos y una acción si fuéramos robots.

La necesidad de recordar el pasado, vivir el presente y planear-actuar con conocimiento del futuro es un arte. La poética se alimenta de la geografía, la geopolítica tiene que incluir al humano con supersticiones y frustraciones personales y sociales. La tendencia de administración actual se topa con esta cascada de procesos que confrontan al humano con la operación. Somos introspectivos, pero al mismo tiempo tenemos que ver por el valor de un papel de acuerdo con el nombre de una calle que nunca ha mostrado empatía; pero su carta social es cuidar el riesgo de los pocos que pueden ahorrar, o invertir, para un posible retiro; al menos antes de que los robots nos retiren a todos, si es que nos seguimos viendo como objetos y mercado.

Hay mucho más que escribir al respecto, pero en especial, dialogarlo y sabernos humanos.

 

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