La complejidad de intentar definir el significado del concepto casa.

 

Por Raquel Azpíroz

 

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Es curioso el significado emocional que adquieren ciertas palabras. Cuatro letras y dos sílabas dan forma al mundo afectivo más básico, ése que es referencia para el resto de nuestra vida. Definir el vocablo casa implica sumergirse en esferas subjetivas sensitivas de complejidad extrema. La tarea se torna más ardua si consideramos migraciones transnacionales. Entonces uno se da cuenta de que casa no es realmente el lugar donde se vive o duerme. Y, a veces, son necesarias cuatro mudanzas para atisbar el verdadero alcance de dos consonantes y una vocal.

La primera sucedió en plena ebullición hormonal preuniversitaria. Abandonar “el nido” crea una sensación de angustia que se intenta suplir a base de hacer acopio de todo lo que podría faltar en “terreno extraño”. Nada es suficiente. Todo es necesario para aplacar la inquietud. Se adquiere mobiliario, accesorios de todo tipo y estilo, o artilugios desconcertantes como batidoras supersónicas para replicar ese bizcocho matutino que se anhela antes incluso de dejar la morada. Al término de los años los gadgets “imprescindibles” siguen en su caja, empacados y sellados.

La segunda tuvo más entidad. Supuso un cambio de ciudad y el inicio de la convivencia en pareja. De nuevo, sobreestimulación de elementos para anticipar imprevistos. Eso unido a dos progenitoras preocupadísimas porque faltara algo en nuestra primera residencia resultó en caos total. La tercera no me tomó desprevenida: la mitad de la mitad. No a la batidora, no a la mesita de café, no a las toallas bordadas. Conforme me desprendía de objetos la incertidumbre subía un peldaño más en su camino al desarraigo. Apareció de la nada una emoción desconocida que tardó tiempo en definirse y cristalizar para poder identificarla.

La cuarta fue significativamente apoteósica. Cambio de país, de trabajo, de entorno familiar y afectivo, de referencias espaciales, de costumbres, de formas, de clima… y sólo una maleta para hacer frente al mundo. Cualquier tipo de seguridad rutinaria quedaba descartada. Todo era nuevo y se evidenciaba imperativo reestructurar todos los procesos desde su base. Uno no se da cuenta de cuán autómata es hasta que le cambian los cimientos. De nuevo, dobló la esquina aquella sensación imprecisa. Ahora era más fuerte. El error había sido intentar delimitar el concepto casa. Esta vez sí puede definirla: mi casa era yo.

 

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