A pesar de la innegable capacidad del hombre para alcanzar lo inalcanzable, el respeto a esa delgada línea, que aún nos hace humanos, ¿debe traspasarse para forjar un mundo paralelo potenciado artificialmente?

 

En mi pasada columna hablaba del mundo cyborg: la unión de la mente y la tecnología. Pese a ser brillante lo que logró Neil Harbisson, el primer cyborg reconocido como ciudadano, cuestionaba la delgada línea entre de la cultura cyborg para una vida mejor, contra el abuso de la tecnología para extender los sentidos, cuando la propia naturaleza del cerebro es infinita.

Los neurólogos aseguran que nuestra cabeza guarda más gigabites de los que puede albergar el ordenador más potente. Basta con pensar que poseemos unos 100,000 millones de neuronas, cada una de las cuales establece hasta 50,000 contactos con sus células vecinas. Por otro lado, existen varios mitos acerca del porcentaje de uso real de la capacidad cerebral. Varias veces se ha afirmado que sólo utilizamos 10%; sin embargo, nadie ha podido determinar lo contrario o bien establecer un porcentaje diferente. Pero sabemos de la capacidad del ser humano; los Darwin, Einstein o Freud no existirían, ni artistas, empresarios, deportistas o niños genios.

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Profundizando en la labor de la Fundación Cyborg y sus planes a futuro, me preguntaba ¿qué pasa cuando la tecnología atenta contra la propia naturaleza humana intentando potenciar sus funciones? ¿La tecnología es una vía de mejora o una vía para crear superhumanos? ¿Es válido que alguien exento de padecimientos busque introducir tecnología en su cuerpo para potenciar sus sentidos? Aún no sabemos cuál es nuestra capacidad mental y ya se quiere exponenciar. No somos capaces de apreciar la propia naturaleza pero ya se está buscando oler a través de signos electromagnéticos. A diario estamos rodeados de colores, sabores, sonidos… pero lo que es normal es el ruido de la ciudad, escuchar la misma estación, pelear con el de enfrente y pensar en lo que tenemos que llegar a hacer. Nunca en el presente, siempre en el futuro.

¿Para qué, entonces, potenciar los sentidos si ni siquiera usamos lo básico que se nos ha dado? La tecnología que tenemos en nuestras manos –literalmente– tampoco la utilizamos al 100% de su potencial. El WhatsApp y un par de aplicaciones, no más.

Todos tenemos derecho a ver, sentir, oler y escuchar todo aquello que por alguna condición física no se nos dio. Incluso sanar o mejorar nuestra condición de vida. La misma evolución, los avances médicos y la propia tecnología lo permiten, y no en vano se hacen miles de investigaciones e inversión en ello.

Utilizar recursos económicos e intelectuales para “descubrir qué podríamos llegar a ser” –según las propias palabras de Harbisson– me parece un desperdicio, y peor aún intentar considerar internet como un nuevo sentido.

Tratando de ser objetiva, me remonto a los teóricos de la comunicación y el famoso libro de Marshall McLuhan Comprender los medios de comunicación: las extensiones del hombre, escrito en 1964. McLuhan afirmaba que la tecnología es una prolongación o una extensión de los sentidos del hombre. Así de claro: una extensión, no el sentido per se, como hoy se trata de hacer creer. Es considerada una extensión porque funciona como una parte complementaria de nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestros sentidos. Es decir, una tabla de Excel facilita hacer gran cantidad de cálculos; podemos informarnos más rápido, reaccionar y prever; podemos ser más productivos; extendemos nuestros sentidos según avanza la tecnología: hoy podemos viajar al Ártico a través de una imagen en 3D; nos permite, incluso, generar conocimiento a partir de internet hasta considerarlo como un modo de producción. No en vano los gigantes tecnológicos se originaron así, no en vano miles de empresas disruptivas están creciendo a partir de la innovación.

Ampliar nuestra visión del mundo dista mucho de “descubrirlo”. Creo que ya lo hemos hecho con el potencial de nuestros sentidos y sin necesidad de sustituirlos.

Los avances tecnológicos abrieron esa ventana infinita que permite más de lo que podemos llegar a imaginar. Pero a pesar de la capacidad innegable del hombre para alcanzar lo inalcanzable, considero que el respeto a esa delgada línea, que aún nos hace humanos, no debe traspasarse para forjar un mundo paralelo potenciado artificialmente.

 

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