“Con estos primitivos ladrillos he construido una vida y una carrera. Permaneciendo enamorado de estas cosas asombrosas han surgido todas las cosas asombrosas de mi existencia”.

Ray Bradbury, Zen en el arte de escribir.

 

Existe una analogía recurrente en el universo de la escritura: se dice con frecuencia que el escritor es una especie de pianista solitario, alguien que da la espalda al mundo para crear belleza, una persona que casi por regla se tiene que alejar del mundo para hablar de él.

Una labor de economía de recursos. Dicen los que saben que dedicarse a la escritura no es sencillo, que además de talento y dominio de técnica, se requiere de una disciplina y paciencia férreas para hacerle frente a todos los embates que el ejercicio serio y constante conlleva: críticas, vivir económicamente difícil, sufrir modificaciones de texto, desvelarse, corregir y que nunca quede… En Pregúntale al viento (1939), el escritor norteamericano John Fante relata cómo mandaba sus primeros textos a una revista, a cambio de algunos dólares para subsistir y mantener una incipiente vida de escritor, llena de rechazos sentimentales y laborales. Un día, el editor de la revista rechaza a Fante uno de sus cuentos, argumentando que esa historia daba para algo más grande. Una novela, quizás.

Fante, preocupado, contesta la misiva de su editor describiendo el suplicio que era sentir que no era lo suficientemente creativo, solvente y versátil como para escribir una novela completa, ya que para ello necesitaría nutrirse de experiencias de la vida real (la materia prima del escritor, aunque éste se dedique a la ficción), para no escribir siempre la misma historia. El editor reviró con una suerte de aliento extraño pero poderoso, al autor de La cofradía de la uva (1977) diciéndole que, en efecto (palabras más, palabras menos), la escritura es un oficio milenario de economía de recursos: el escritor debe aprender a hacer mucho con poco.

No sólo Fante vivió el peso de la carencia financiera y de “tela de dónde cortar” en la pasión por una profesión que se figura ingrata y agridulce. Anaïs Nin dijo alguna vez, a propósito de los cuentos eróticos: “Gran parte de los relatos eróticos han sido escritos con el estómago vacío. Ahora bien, el hambre es muy buena para estimular la imaginación; no da potencia sexual y la potencia sexual no engendra aventuras extravagantes. Cuanta más hambre, más ganas, como les ocurre a los presos, ansiosos y obsesionados.”

Presos, ansiosos y obsesionados. Mucha gente se casa con la idea de ver al poeta, novelista o escritor compulsivo de historias (en cualquier género literario o periodístico que se aprecie bajo el halo de la creatividad), como una persona muy clara de ideas, con una excelente agudeza para la observación y una memoria notable. La realidad es que los escritores en muchas ocasiones, suelen ser personas abigarradas, dispersas y, sí, obsesivas. Freud incluso sostiene que todo creador de arte es un enfermo en potencia, un neurótico que canaliza su padecimiento.

Tiempo y disciplina, tiempo y disciplina. ¿Cuánto tarda uno en ser un escritor de valía? Hay gente que lo tiene desde muy temprana edad (Rimbaud), y también escritores que desarrollan un estilo sólido ya entrados los años (Miguel de Unamuno). Xavier Velasco, escritor polémico y muchas veces vilipendiado, afirma que la escritura más que un arte es un oficio, el cual se perfecciona con el ejercicio continuo, de tal manera que (palabras más o menos, también) “si escribes diario por treinta años consecutivos, tarde o temprano te saldrá algo que valga la pena”. Claro, algunos lo desarrollan antes porque tienen una sensibilidad o talento más despierto. Imprecisa es la suerte del escritor.

Todo esto viene a colación y a manera de homenaje para todos ellos que tienen el deseo irrefrenable de soltar la pluma o la tecla, y que continúan escribiendo pese a cualquier desaire. José Agustín dijo alguna vez en una entrevista para la televisión, que el secreto de escribir estaba en no dejarlo de hacer: en la servilleta del bar, en una hoja de libro, en la mano, etcétera.

Gran mayoría de mis colegas de profesión, periodistas, poetas, artistas y cazadores de historias, entraron al mundo de la escritura porque nos resulta inspirador ese mundo lleno de puntos, acentos y comas; párrafos que roban desvelos y líneas difíciles de condensar. Todo el tiempo se escribe el “gran texto” y nunca se termina de escribir la idea final. Nos gusta Carver, Borges y Faulkner, la nueva ola japonesa, los latinoamericanos, los beats, los existencialistas; el realismo sucio, mágico, bucólico, alcohólico y abstemio. Escribimos porque queremos, lo necesitamos y de ello vivimos.

A propósito de los días que conmemoran al libro, cifras pobres en cuanto a nivel de lectura se refiere, y tecnologías que presumen atentar contra la tradición decimonónica de la escritura, sólo resta levantar un guiño para con los miembros de la cofradía del oficio.

Dice Vargas Llosa, y pese a que no soy lector asiduo de su obra ni de lejos, creo que dice bien: “Lo seguro es que la literatura no resuelve problemas  -más bien los crea- y que en vez de felices hace a las gentes más aptas para la infelicidad. Así y todo, ella es mi manera de vivir y no la cambio por otra.”

 

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