EL MUNDO ESTÁ CAMBIANDO

Da la sensación de que el mundo está cambiando con tal intensidad y velocidad que se hace necesario detener un momento nuestra atención y pensar estos cambios, tratarlos de comprender, o como lo propone Moisés Naím en uno de sus más recientes libros, pararnos a repensarlo, tratando de descifrar sus nuevos paradigmas y, por tanto, sus efectos a escala nacional y mundial.

Resulta fundamental recoger la opinión e información de otros autores para incorporarla a la propia reflexión y compartirla. No hacerlo por un impulso básico de comunicación que tenemos todos los humanos, sino con un afán solidario de contribuir a su comprensión y al reforzamiento de nuestra propia “conciencia nacional” en medio de un mundo saturado de noticias que nos condiciona.

EL NACIONALISMO: UN MEDIO PARA COMUNICAR EL PODER

Dice Naím en un interesante libro acerca del poder (El fin del poder, 2015), que éste se ejerce de cuatro maneras distintas:

La primera y más común es el recurso “a la fuerza para someter a los demás”;

La segunda se refiere a “los acuerdos” plasmados en códigos de conducta;

El tercero es el que emplea “mensajes” para comunicarse como, por ejemplo, las imágenes y colores simbólicos de la propaganda política; y

En cuarto lugar, “la relación que se establece entre el que manda y el que obedece” basada en la promesa de una recompensa.

Los nacionalismos actuales no son únicamente un resurgimiento de los tradicionales Estados-Nación de los siglos XIX y XX, en donde predominaban los discursos para seducir al pueblo y exaltar sus sentimientos de adhesión por medio de himnos, escudos, banderas e insignias. Hoy son fenómenos de una mayor complejidad. Tanta como la que caracteriza a los medios de los que dispone la sociedad actualmente para comunicarse. Pues “el poder” es precisamente eso, un fenómeno comunicativo. El efecto de la comunicación del poder puede ser la adhesión voluntaria, la obediencia ciega, el sometimiento forzado o un poco de cada una.

Si asumimos que el poder es un fenómeno comunicativo en el que hay un emisor (quien posee el poder o la capacidad de hacerse obedecer) y un receptor (el que obedece), debemos identificar “el tercer elemento” que conlleva todo proceso de comunicación humana: el medio, que como dice Naím, tratándose de la comunicación del poder, puede ser la fuerza, los acuerdos, un código, un mensaje, un símbolo o la promesa de una recompensa. Elementos, todos éstos, que se expresan en el resurgir de los actuales nacionalismos.

Uno de los problemas que de inmediato aparece cuando abrimos las páginas de un periódico impreso o digital o encendemos la televisión o el internet para ver los noticieros es que en muchas ocasiones dan un trato sesgado al nacionalismo, considerándolo como un fenómeno de barbarie que recurre a la violencia o, como suele decirse hoy, al lenguaje del odio. Lo cual es tanto como reducirlo a uno solo de sus usos en la comunicación del poder.

El nacionalismo, como vehículo para comunicar un mandato y ser obedecido, no es un recurso demagógico o contrario a la democracia. Ni tampoco es un medio violento, por sí mismo, para orillar al ciudadano, receptor o destinatario del poder a someterse sin hacer un uso vivencial de su libertad de crítica y decisión. El nacionalismo es un fenómeno inherente al poder, como la uña a la carne. Si hablamos, por ejemplo, de un “nacionalismo cultural” no podemos desprenderlo del “nacionalismo político”. Son dos realidades cuyos linderos de separación se pierden en el horizonte de la realidad.

POR QUÉ DIALOGAR HOY SOBRE NACIONALISMOS

Pero ¿por qué dialogar sobre el nacionalismo político y su intrínseca relación con el poder en un mundo dominado por realidades cosmopolitas como el Big Data, los efectos del fake news o los acuerdos internacionales de intercambio comercial? La pregunta es pertinente, pues la cultura en la que nacen y respiran las nuevas generaciones (milennialls y otras) tiene poco o nada que ver con ideas y sentimientos sociales de patriotismo. Crecen sabiéndose netcitizens antes que miembros de una nación, una etnia o un grupo con un pasado común. Las banderas, himnos nacionales, redobles de una banda de guerra tienen poco que ver con “el ciberespacio”, donde viven y conviven buena parte del día, con intereses, representaciones, cultura y valores atemporales y superficiales.

Las personas en el siglo XXI no se disciplinan, si no es con un fin útil claramente previsto por programaciones realizadas con mentalidad de cálculo, de previsiones, de comodidad, de rentabilidad. ¿Por qué un joven, al salir de alguna universidad, habría de sentirse obligado a sacrificar parte de su vida en aras del fortalecimiento de unos nexos que no entiende o no le interesan? 

La generación emergente, además de los millennials, posee un sentido de la existencia poco apta para asumir un “ideal nacionalista”, o quizá debería decir poco apta para asumir cualquier rol en la colectividad que no conlleve un extremo respeto a su individualidad, su reaccionarismo y a la esfera de protección jurídica de ésta. ¿Egoísmo? ¿insolidaridad? ¿falta de conciencia social? Me niego a emplear esos calificativos, que, si bien nos ahorraría tinta, papel y críticas de ciertos sectores nacionalistas, resultan demasiado apresurados y quizá injustos para definir la postura de las nuevas generaciones con el mundo de los ideales nacionalistas y patrióticos.

Ni aun la generación anterior a ésta a la que pertenecemos quienes nacimos entre los años 1961 y 1981, a quienes se nos denominó la Generación X, podemos dar razón de un tipo de nacionalismo como el que vemos surgir y que no conocíamos sino por los libros de historia, generalmente manipulada.

En México llegamos a escuchar un discurso sobre el nacionalismo revolucionario que no comprendíamos porque desconocíamos si aquella revolución a la que se referían los presidentes de la República, como José López Portillo o Miguel de la Madrid, había sido tan exitosa como se afirmaba en los libros de historia, pues lo que veíamos en nuestro entorno, no era sino un país depauperado por una reforma agraria inviable y por una práctica y corrupción cada vez más clamorosa aunque se guardaran las apariencias bastante mejor que ahora.

En nuestro entorno internacional, tampoco experimentamos o vimos el tipo de nacionalismo que ahora parece reconquistar fueros perdidos. Crecimos viendo un mundo polarizado entre dos grandes estados que incorporaban a sus respectivos bloques países a los que poco importaba el valor de lo nacional si la posición geoestratégica era lo primordial. En el entonces bloque soviético, inspirado por un universalismo revolucionario del proletariado internacional, el nacionalismo se convirtió en una palabra impronunciable, en una postura sospechosa de alta traición. Se domesticó el nacionalismo imponiendo una lengua, borrando del mapa fronteras y sustituyendo banderas y símbolos patrios por la hoz y el martillo.

Nada hubo para nosotros más lejano e inentendible que los honores a la bandera o el juramento de lealtad que nos hacía repetir unas palabras inentendibles: bandera de nuestros héroes / símbolo de la unidad de nuestros padres y de nuestros hermanos […]¸ Nuestro patriotismo era como nuestro civismo: formal, aparente y sin convicción. En una palabra, políticamente correcto.

Surgen interrogantes acerca de nuestro nacionalismo, de nuestro modo particular de entender lo propio y lo ajeno, y de vivir el actual nacionalismo emergente. Pero no me conformo con generar inquietudes. Debemos sondear posibles respuestas a los desafíos del nacionalismo en un mundo de neo-nacionalismos. Pero no quisiera que mi reflexión fuera únicamente de reacción. Me parece que el momento presente es ideal para reinventar un nacionalismo, a la mexicana, superar ciertos traumas históricos y presentarnos al mundo con un rostro nacional más humano, propositivo y positivo.

 

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