Cientos de miles, a lo largo de todo el país, salieron a manifestarse para exigir un alto a la violencia feminicida, una sociedad de igualdad y para dejar claro que este tiempo y el que viene será de las mujeres.

La composición de los contingentes que caminaron por más de cuatro horas del Monumento a la Revolución al Zócalo, en el caso de la Ciudad de México, son una muestra de la pluralidad y la complejidad de nuestra sociedad. Hubo de todo, desde las experimentadas feministas, hasta las señoras que por primera vez salían a las calles para encontrarse con otras, con las que comparten, aunque acaso no lo supieran, anhelos y un horizonte, una esperanza en el porvenir.

El mensaje es contundente y debe implicar una revisión de las políticas públicas y de las instituciones que se encuentran en  la obligación de garantizar la seguridad y de establecer las condiciones para que una vida sin violencia deje de ser una aspiración para convertirse en una realidad.

El feminicidio se convirtió, desde hace tiempo, en una realidad cotidiana de la que emanan las peores oscuridades y las mayores zozobras. Es triste admitirlo, pero México es un lugar muy peligroso para las mujeres, donde serlo implica riesgos e injusticias a flor de piel.

El miedo ya es como una segunda piel, porque sabemos de las vulnerabilidades y porque la experiencia indica que las autoridades van de fracaso en fracaso, como tratado de detener una ola incontenible.

Por supuesto que la situación y su enorme problemática no son culpa de una gobierno en específico, ya que esta es de características estructurales, pero si hay una necesidad, irrenunciable, de escuchar con atención, de atender las demandas de las mujeres, no permitiendo la impunidad y garantizando justicia para las que han padecido algún tipo de maltrato o de las familias de las que han sido desaparecidas o asesinadas.

La irrupción de la mujeres, el enojo y la festividad, a la vez, dan cuenta de que estamos ante un fenómeno que trasciende las ideologías porque apela a una agenda que les supera.

Es un ¡ya basta!, que tiene que unirnos y significar, en efecto, que ni una menos y que cualquier agresión es contra todas y contra todos.

Es la necesidad de un suelo básico, sencillo pero poderoso, que debe ser la línea de salida para avanzar en la reconstrucción del tejido social, desmontando toda una cultura machista que es la que normalizó, por décadas, la violencia, hasta que sus niveles y barbarie hicieron imposible ocultarla y no reaccionar ante ella.

Son los albores de una cambio cultural y civilizatorio de grandes proporciones, porque el domingo 8  y el lunes 9 de marzo tiene ya ese sentido de los acontecimientos que anuncian un tiempo largo en la historia.

 

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