Cuenta Igor Zabel que en septiembre de 1994, el artista ruso Ilya Kabakov se describía a sí mismo como una persona culturalmente recolocada. En aquellos años, la herida de la Guerra Fría empezaba a cerrarse pero seguía fresca. El muro de Berlín había caído en 1989, sin embargo, aquello que se conoció como la cortina de hierro había separado a las personas en muchos sentidos más que las evidentes barreras físicas.

Hoy, veinticinco años después, seguimos separados, no como antes, estamos polarizados en nuestro entorno. Kabakov sorprendido por la cultura occidental se manifestaba muy interesado por la tendencia a criticar, a generar provocaciones e incluso a destruir enarbolado la bandera de la cultura. Pero, él se sentía como fuera de ese radio de influencia, como si fuera un espectador que no alcanza a comprender a cabalidad lo que está sucediendo.

Kabakov confesaba sentirse descolocado y comparaba la experiencia que le generaba esta propensión crítica con la que un huérfano podía tener al visitar a un amigo en su casa. Al llegar, como bienvenida, su amigo le expresa lo harto que está de vivir en esa casa, le cuenta del enfado que le provocaban sus padres y no tiene empacho en mostrar un comportamiento agresivo y grosero.

Claro, el huérfano tiene otra visión del panorama. Él ve una casa hermosa, percibe un ambiente agradable y encuentra a los padres personas amables e inteligentes. También, hay un aspecto esencial: la familia del su amigo es lo suficientemente fuerte como para no sentirse amenazada con los exabruptos del hijo. El huérfano trata de resolver ese acertijo, tal vez puede intuir lo que sucede en ese hogar, pero es un elemento exterior y prefiere guardar una actitud prudente y cerrar la boca.

Para Ilya Kabakov la cultura es un elemento vivo, vibrante, cuyas raíces crecen tan profundo que nos absorben, nos moldean y nos disuelven en forma tal que ya ni cuenta nos damos de ciertas conductas destructivas que estamos interiorizando en nuestro comportamiento diario hasta lograr normalizarlo. Es más, disculpamos ciertas conductas con el pretexto de “así somos” o eso es lo que nos cuesta desarrollarnos. Lo que es preciso destacar es que este desarrollo, esta crítica cruel y permanente tiene dos características terribles: es destructiva y es tolerada.

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Entonces, Ilya Kabakov se pregunta ¿qué habría pasado con esos padres si el huérfano que llegó de visita, se hubiera comportado como su hijo? Seguramente, habría llamado a la policía. Esta reflexión hecha en 1994 resuena con potencia hoy en día. Seguramente, muchos de nosotros hemos estado en una situación similar, en la que no entendemos —o creemos no entender— ciertas circunstancias, en las que sentimos que estamos fuera del perímetro —como forasteros— y nos da miedo opinar. Metemos aire a los pulmones y hacemos acopio de toda la prudencia que tenemos al alcance y cerramos la boquita.

Pero, tal como lo dice Aristóteles, en el fondo de nuestra conciencia, hay una señal que nos indica cuando algo está bien y cuando está mal. El método de Kabakov de cambiar de lugar a los protagonistas de cierta escena nos lleva a entender con más claridad o por lo menos nos aproxima a un mejor punto de vista. Últimamente y cada vez con más frecuencia, la sensación de Kabakov de descolocamiento invade a más personas en el mundo. La impresión de que no entendemos, de que la lógica se puso de cabeza y que la correspondencia entre lo que se dice y se hace tiene huecos se aloja en el corazón de muchos y a falta de claridad en el panorama, preferimos cerrar la boca.

¿Quién no tendría miedo de opinar sobre lo que sucedió con Armando Vega Gil la madrugada del lunes 1 de abril? De entrada, nos sentimos como este niño huérfano que presencia una escena que no comprende a cabalidad y que de entrada le sobrecoge las tripas. La acusación que recibió por abuso y acoso sexual destruyeron su vida. La reputación es como la flor de diente de león, es muy fácil deshacerla, destruirla, tan sencillo como soplar para hacerla volar por los aires y jamás volver a restaurarla.

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Por otro lado, vivimos en un país en el que la impunidad es lo común, especialmente para los abusadores. Es difícil que las víctimas que alcen la voz, lo que pasan cuando deciden denunciar, lo terrible que es que nadie te crea. Vivimos en una sociedad en la que lo cotidiano es que el abusador se transforme en víctima. Y, como dice la plataforma #metoo: “Sólo nos tenemos a nosotras. Nosotras siempre les creímos a ustedes. Esperamos ustedes también nos crean”.

Si seguimos el consejo de Kabakov, estoy segura de que nos sentiremos tan descolocados como el artista ruso, experimentaremos la misma confusión que el vivió en 1994. Pero entremos a esa casa, como el huérfano que puede ver las cosas desde otro ángulo y con una visión más fresca. Criticar a cualquiera de las partes es destruir, es polarizar y engendrar tanto odio que dará como fruto más tristeza y mayor desesperación. Criticar será, como sostiene el propio Igor Zabel, ridículo y reaccionario pues, tanto la posición como los valores necesarios para llevar un análisis devendrá en un conjunto de frases insustanciales.

Me parece que necesitamos dar un paso atrás y reconocer que esta sociedad ha estado ciega. Se ha negado a ver el dolor de ambos lados. Una víctima que no inspira empatía, que no recibe apoyo, que además del dolor que tiene es atacada con la duda sistemática y se topa con la indiferencia, la burla y en última instancia, la complicidad de una sociedad que prefiere ponerse costras en los ojos antes de ver.

El dolor de una persona buena —la presunción de inocencia no puede dejarse de lado— al verse atacado por una persona que no tiene nombre ni rostro y que de un plumazo desde la oscuridad decide soplar tan fuerte que se lleva prestigio, vida y el último aliento me recuerda la imagen del suicidio de Catón el Joven en el año 46 a. C. Ambas muertes conmueven, sorprenden, o simplemente producen curiosidad. Heroísmo o desesperación, la decisión de quitarse la vida por no doblegarse ante la fatalidad sujeta un gran potencial simbólico que fue percibido desde el mismo momento de producirse. No conocí a Armando Vega Gil más que a través de su música. Al artista se le debe de conocer por su obra.

Entre los deseos de justicia y los demonios públicos la tentación de emitir un juicio, de criticar a una o a otra parte se vuelve algo inmundo. Criticar sirve de nada. Empatía, condolencias, entendimiento, mover el foco, reposicionar a los actores para entender sin caer en la tentación de juzgar.

Fuentes: Zabel, I (2012), Contemporary Art Theory, JPR, Ringler & Les presses du reel, Zurich. (p.21,22)

 

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