Volvió a suceder. Leí en las noticias que en un pequeño pueblo al norte de Francia, encontraron el cadáver de una viejecita que llevaba, al menos, cuatro meses muerta. Los vecinos percibieron un olor fétido durante semanas y luego la pestilencia fue aminorando hasta que desapareció.

Nadie, ninguno de sus vecinos conectó los puntos entre la fetidez y la ausencia de la anciana que vivía en su edificio. La encontraron por casualidad al ir a fumigar el edificio. No sólo sucede en Francia, hay casos extremos que no son de tan alta intensidad pero a los que debemos poner atención.

La semana pasada recorría los pasillos de la universidad y veía como muchos profesores se esforzaban en dar una clase, mientras sus alumnos perdían su atención en las pantallas de sus teléfonos, computadoras o tabletas. Lo mismo sucede en los lugares de trabajo, la gente llega a sus espacios y se pierde en las profundidades de sus pantallas sin enterarse de lo que sucede con la persona que se sienta en el escritorio de junto. Se ha ido perdiendo la costumbre de saludar.

Aristóteles dice que somos animales sociales pero, los seres humanos en el siglo XXI nos estamos aislando. Tenemos una necesidad natural de pertenecer, desde nuestro nacimiento queremos cercanía entre unos y otros. Tener amigos, estar en contacto con nuestras familias y sentir que somos parte de nuestra cultura y país es importante. Por supuesto, lo mismo sucede cuando estamos en el trabajo. Si las personas sienten que pertenecen a un equipo de trabajo, son más productivas, motivadas, comprometidas. Hay más propensión a contribuir al máximo potencial.

Para comprender mejor el impacto emocional de la pertenencia —y su inversa, la sensación de exclusión— EY llevó a cabo el estudio “Barómetro de la pertenencia”, que encuestó a 1,000 adultos estadounidenses empleados. El estudio justificó la evidencia existente de que la exclusión es un problema creciente. Cada vez más personas en el ámbito en el que se desempeñan se sienten fuera del círculo.

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Descubrieron que más del 40% de los encuestados se siente física y emocionalmente aislados en el lugar de trabajo, de estudio o en el que desempeñan sus actividades. El grupo encuestado abarcó a personas diversas generaciones, géneros y etnias. La gente quisiera una mayor conexión con aquellos con quienes trabajan, es decir, con aquellos con quienes debieran convivir.

Entonces, ¿cómo podemos conectarnos más eficazmente con la gente y ayudarles a sentir que pertenecen a su comunidad en el lugar de trabajo? Los resultados de la encuesta apuntan a una solución simple: establecer más oportunidades para que los colegas se interactúen entre sí.

Esto es cierto en todos los géneros y grupos de edad, con la comprobación de ser la táctica más popular para establecer un sentido de pertenencia a través de todas las generaciones. Al reconocer a la gente a nivel personal, las empresas y los líderes pueden mejorar significativamente la experiencia de los empleados haciendo que su gente se sienta valorada y conectada.

Tenemos que empezar por algún lado. Hay una herramienta poderosa: El arte de preguntar “¿Cómo te va?”.

La importancia de una pregunta solidaria y sincera con nuestra gente —como una forma de construir relaciones con regularidad— es un esfuerzo que no requiere tanta fuerza y tiene una gran potencia. Por supuesto, las personas tienen diferentes preferencias sobre cómo se conectan entre sí en el trabajo. Mientras que algunas personas pueden querer sentarse y hablar, algunos pueden preferir un chat digital y otros pueden no estar abiertos a participar en absoluto. Aprender a de una manera que se sientan cómodos es clave para crear un sentido de comunidad.

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También, somos nosotros los que tenemos que poner de nuestra parte. Aprovechar las pequeñas oportunidades para conectar: establecer enlaces con los compañeros que comuniquen que somos gente que valora, entiende y se preocupa por ellos. Estar presente, curioso, atento y aprovechar las pequeñas oportunidades diarias para vincularse auténticamente. Por ejemplo, un simple: “¿Cómo estás?”, o un sincero “¿Cómo puedo apoyarte?”, podría ir un largo camino en casi todos los ajustes para generar una red comunitaria.

Pero, cuidado, las preguntas son una oportunidad para escuchar las perspectivas de otra persona, no para debatir o persuadir. No deben ser utilitarias, todo lo contrario, deben ser sinceras. Si alguien comparte algo que no entendemos o con lo que no se está de acuerdo, se puede considerar reconocer el otro punto de vista o pedirle que le diga más, que profundice. Es decir, tenemos que mostrar interés genuino. Podemos terminar gratamente sorprendido por la respuesta.

Un “cuéntame más sobre ello” o “nunca pensé en ello desde esa perspectiva, pero me doy cuenta de que podemos experimentar la misma situación de diferentes maneras, así que aprecio que me expliques eso por mí” puede abrirnos puertas.

Para ello necesitamos asumir una intención positiva: comenzar cualquier conversación con creyendo que los que hablan o escuchan significan algo de bien, especialmente cuando se trata de problemas difíciles. A veces es posible que a través de estos temas, y suponiendo que la intención es positiva, ayudará a hacer una pausa, tomar un respiro, hacer preguntas aclaratorias, y conectarse de una manera más significativa. A veces, estas pausas hacen una gran diferencia.

Está bien decir, “estoy haciendo una pausa porque simplemente no sé qué decir,” o “estoy haciendo una pausa porque quiero entender.” Está bien ser vulnerable: buscar comentarios y opiniones de los colegas, especialmente de los que son jóvenes o nuevos en la empresa.

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Demostrar confianza en ellos a través de la forma en que se comunica y actúa según sus comentarios. Por ejemplo, reconocer sus opiniones y hablar abiertamente sobre los desafíos a los que se enfrenta, humaniza la relación que tiene con sus compañeros e informes directos.

Ser consistente y responsable: ser transparente y modelo consistente, ejercer un comportamiento inclusivo, inclusive bajo presión o durante conversaciones difíciles.

Esperar, reforzar y premiar la rendición de cuentas de otros. Por ejemplo, ofrezca una conversación a los miembros del equipo cuando ocurra un evento difícil y modelo inclusivo Comportamiento en sus propias interacciones para establecer un ejemplo para otros miembros del equipo.

El camino hacia la verdadera inclusión nunca termina. Es un camino continuo que requiere el compromiso del liderazgo, especialmente a medida que más personas miran a sus comunidades de trabajo para la validación, la seguridad, cumplimiento y la felicidad. Y, aunque el camino es largo, siempre empieza dando un primer paso.

Uno que a su vez, produce tremendos beneficios a escala: equipos comprometidos, retención de clientes, mejores resultados financieros y una red inclusiva. Comenzando con cosas simples como un ¿qué tal?, todos tenemos el poder de hacer una diferencia en la vida de los demás e incluso en la línea de fondo.

 

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