Tailandia es un país lleno de contrastes: el norte, selvático y espiritual, no tiene nada que ver con las hedonistas playas del sur; y su gastronomía oscila entre el fuego del picante y la dulzura de la leche de coco… el antiguo reino de Siam, una paradoja muy cerca del cielo, alberga algunos de los mejores hoteles del mundo. Bienvenidos al paraíso.

Hace más de 30 años Ridley Scott rodó una obra maestra, Blade Runner, ambientada en un Los Ángeles futurista —pero, como suele ocurrir en la ficción, el futuro ya está aquí: 2019 está a la vuelta de la esquina— que se convertía en un personaje más de la historia. Una metrópoli caótica, laberíntica, fantasmal, inmensa… Una incógnita. En realidad, Ridley Scott estaba retratando sin saberlo a Bangkok, capital de Tailandia, espejo de un país múltiple, donde las opciones son tantas que el viajero corre el riesgo de perder el norte en busca del paraíso, como Leonardo DiCaprio en La playa.

Cuando cae la noche, el tránsito se convierte en un caos que explota en las calles de esta urbe que, según su topónimo ancestral, es la “ciudad de los ángeles, la gran ciudad, la joya eterna, la ciudad impenetrable del dios Indra, la magnífica capital del mundo dotada de nueve gemas preciosas, la ciudad feliz, que abunda en un colosal Palacio Real que se asemeja al domicilio divino donde reinan los dioses reencarnados, una ciudad brindada por Indra y construida por Vishnukam”.

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Capital de Tailandia desde 1782, Bangkok se originó siglos antes como un pequeño asentamiento a orillas del Mae Nam Chao Phiraya y, tras muchos avatares políticos, se terminaría convirtiendo en la ciudad más importante del pequeño reino de Siam. En el siglo xix, en medio del voraz colonialismo europeo, este fue el único territorio que escapó del control occidental, aunque como bien sabía Mongkut —interpretado en el cine por Yul Brynner—, la mejor manera de que Europa le permitiese ser un monarca absolutista era aprender sus costumbres a la usanza occidental. Esa independencia le permitió crecer con un desarrollo urbanístico no siempre planeado, del que Bangkok es heredero: los esbeltos pináculos de los templos budistas se mezclan con el skyline futurista de sus rascacielos, y la impoluta limpieza de sus centros comerciales contrasta con el maremágnum de sus mercados tradicionales (los mejores, el de Chinatown y, el fin de semana, el de Chatuchak).

Entre las gemas que la ciudad custodia destaca el Gran Palacio, en Ko Ratanakosin, junto a la orilla del Mae Nam Chao Phraya; y el Buda reclinado, en el templo de Wat Pho, el más antiguo de la capital, con 46 metros de longitud, “tan inmenso que no se puede contemplar entero de una sola vez”, como señala el protagonista de El americano impasible, la novela de Graham Greene.

Pero hay otras joyas, bastante más paganas, que la capital alberga para el viajero hedonista. El Sofitel Bangkok es uno de los mejores hoteles de la ciudad, con un emblema —el árbol de la vida— diseñado en exclusiva por Christian Lacroix, que combina los cinco elementos (agua, tierra, madera, metal y fuego) que el célebre diseñador francés ha incorporado a la decoración y amenities de las 28 suites y 209 habitaciones que integran este establecimiento.

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Situado en la confluencia de las calles Sathorn y Rama IV, cuenta también con uno de los spas más completos de la ciudad, So Spa, que ofrece tratamientos de Cinq Mondes en armonía con terapias Ytsara y rituales tradicionales. También dispone de una infinity pool en la décima planta, The Water Club, con música subacuática y vistas al parque Lumphini. Los amantes de la gastronomía thai pueden elegir entre los sabores picantes del curri local —hay numerosas variedades: rojo, panang, massaman, amarillo, ácido y verde— o entre alguno de los dos restaurantes del hotel, Red Oven y Park Society, en la azotea, además de una copa en bares como el Mixo, donde recomendamos uno de sus cocteles, el Pink Peppercorn Spice Bellini; o HISO, en la planta 29, donde dedicados mayordomos asisten a las necesidades de los clientes.

Los más sibaritas pueden elegir la planta Executive, en el piso 25, diseñada por Christian Lacroix. Se trata de un club privado donde sus miembros pueden degustar desayunos íntimos, cocteles y vinos, bajo dos grandes murales diseñados por el creador galo inspirados en el Siam del siglo xix, en Francia y en el mundo de la Haute Couture.

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El libro de la selva

Pero Tailandia también ofrece, como un caleidoscopio, muchas otras opciones, más allá de los destinos urbanos. Ciudades serenas, templos dorados, naturaleza imponente… El norte del país es la mejor opción, donde destaca la provincia de Chiang Mai. Allí, en el valle de Mae Rim, se encuentra el Four Seasons Resort Chiang Mai, cuyos bungalows, con vistas a los campos de arroz, están decorados con obras de arte siamesas, suelos de teca pulidos y textiles típicos de la zona. Su spa es un templo —con tratamientos dedicados exclusivamente a nivelar los siete chakras— y su piscina al aire libre, un auténtico oasis.

En el norte del país, entre la frontera de Birmania y Laos, escondido en la histórica región del Triángulo de Oro, se ubica el Four Seasons Tented Camp Golden Triangle, el refugio perfecto para escapar del mundo. Es mucho más que un campamento: sus tiendas deluxe reviven el espíritu aventurero del siglo XIX, pero con guiños al XXI, como una bañera de hidromasaje hecha
a medida, una ducha con efecto lluvia adyacente a la sala de estar o una tina de cobre martillado a mano para dos en el centro de la tienda. Entre las experiencias que ofrece este exótico destino destaca una excursión al entorno natural del campamento, acompañada de un guía, para descubrir la variedad de plantas que se utilizan en la cocina local y la medicina tradicional. La caminata termina con una lección del chef, quien muestra cómo convertir estos hallazgos en una serie de platos tan sanos como deliciosos. ¿Lo mejor? Una excursión de cuatro noches en elefante por la selva de bambús.

Phulay Bay, Ritz Carlton

Phulay Bay, Ritz Carlton

Tailandia es un país de contrastes. Mientras el interior es selvático y espiritual, sus luminosas playas recuerdan por sus fiestas a otros destinos bastante más epicúreos, como la Costa Azul. En el mar de Andamán, en Krabi, encontramos el Phulay Bay Ritz Carlton Reserve, un complejo de 54 pabellones y villas —entre las que destaca la Royal Andaman Sea Villa con piscina privada y servicio de mayordomo las 24 horas—, que combinan el lujo oriental con el confort occidental en medio de jardines exuberantes. Además de cinco restaurantes, el hotel ofrece un menú personalizado a cargo del chef Àlex Garés para descubrir la verdadera esencia de los sabores thai, una mezcla de guindillas verdes y especias cocinadas con marisco, carne y verduras en leche de coco, junto a platos más elaborados.

La isla de Phuket, con sus límpidas playas, es otro de los polos hacia los que orbita el viajero en busca de paz. Allí, la villa Hale Malia, construida en una colina boscosa con vistas al océano Índico en el complejo Samsara, es la mejor opción. El exterior y el interior se funden en una coherente alianza entre paisaje, arquitectura y serena belleza. La villa, con cuatro dormitorios, cuenta con chef y mayordomo privados, un pabellón de yoga y una piscina frente al mar donde disfrutar de máxima privacidad.

Sofitel So Bangkok

Sofitel So Bangkok

Ha llegado la hora de abandonar el paraíso. Pero aún hay tiempo de disfrutar de un último regalo: The Siam. Se trata de un hotel de la vieja escuela con un servicio impecable, que redefine el concepto boutique: un resort urbano que muchos consideran el mejor hotel de Bangkok. Cuenta con barco propio —el trayecto hasta el hotel dura 20 minutos—, que permite acceder a casi cualquier punto de la ciudad; y un spa único, Opium, con productos de la marca Sodashi donde, además de las terapias típicas, hay un estudio de tatuaje a cargo de un ex monje budista, Arjan Boo, por cuyas manos han pasado, entre otras, celebrities como Clara Delevingne y Michelle Rodríguez. Tras un curry rojo de pato en el restaurante Chon Thai llega la hora de decir adiós. Pero… ¿quién quiere abandonar el cielo?

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