Quienes hemos sido víctima de la violencia, quienes hemos tenido contacto con víctimas, quienes hemos estudiado los fenómenos de violencia e inseguridad en México o quienes hemos trabajado desde la sociedad civil para corregir el rumbo de este país bañado en violencia, sangre, dolor, omisión, corrupción e impunidad, sabemos los largos y sinuosos caminos que debes emprender para restituir tu vida a nivel individual, familiar, escolar, laboral, económico y social. No quiero hablar de lo que significa enfrentar a las instituciones que deberían dar acceso a justicia. Entonces, de inicio, el formato del diálogo no es el adecuado.

En resumen, a la vista del desarrollo de foros lo que se observa es una completa falta de la comprensión de la naturaleza, complejidad, dimensiones y magnitud de las violencias y los delitos, y por ende un distanciamiento mayúsculo con las víctimas y con las formas a través de las cuales debemos atenderlas de manera integral. No merecen menos.

No es con palabras, sino con hechos como se construye la paz. Y en los hechos, el formato, los asistentes, el desarrollo y los resultados de esos foros no están cumpliendo con el objetivo de “ser un espacio para crear una propuesta de pacificación a partir de las víctimas y otros sectores sociales”.

El formato de presídium nos marca una gran distancia y falta de empatía con las víctimas, sí lo que se quiere es escuchar a las víctimas es mejor trabajar con círculos de diálogo y, de principio, pongamos en el centro a la justicia para las víctimas, antes de hablar del perdón.

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En esa misma tónica, presentar “testimonios de las víctimas” es exponerlas y exhibirlas, de nuevo, frente a un murmullo incesante de los asistentes, frente a los apabullantes medios de comunicación, y eso me parece aberrante y un claro acto de revictimización.

Sí lo que se quiere es escuchar a las víctimas se debe trabajar en “círculos para la paz”: círculos de encuentro, círculos de diálogo, círculos de convivencia, círculos restaurativos, círculos de justicia, círculos de construcción de paz. Sí se quiere una cercanía con las víctimas –que no es el caso–, de inicio, habría que ir a los territorios, hay que abrazar, en los hechos y en sentido figurado, a las víctimas, hay que ir a la calle, al campo, a las tierras calientes y sentar a todos los actores. La “reconciliación” requiere diálogo y aquí hay un monólogo. Así debe ser, no se construye paz sólo con palabras, aunque es un bien principio. A las palabras deben estar acompañadas de intención, acción y plena conciencia de lo que significa construir paz.

Algo más, el “perdón” requiere dos partes y aquí sólo veo a las víctimas, y de acompañantes solidarias a representantes de la Iglesia, empresarios y uno que otro académico. Es en serio, nos falta escuchar a todos los actores: Ejercito, Marina, policías federales, estatales y municipales, los gobiernos locales, ya no quiero hablar, de si alguien es capaz de abrir la invitación para dialogar con la delincuencia organizada. Ese es un escenario completo.

Finalmente, para elaborar un programa y estrategia para pacificar los territorios de México se debe tener otro tipo de formato e implica un ejercicio más elaborado para presentar ejes de trabajo, datos base, objetivos y metas más precisas, y aquí, tal vez, sí apliquen los discursos o papers tipo ponencias que permitan articular un documento estratégico para la construcción de políticas públicas, proyectos estratégicos, de iniciativas de ley o de reingeniería institucional para alcanzar la paz.

No se puede, no se debe hablar desde un templete, desde un presídium. A estas alturas, podemos ignorar muchas cosas sobre la construcción de paz, pero en un país con tal nivel de violencia, debemos saber que las víctimas necesitan cercanía, proximidad, escucha activa, compresión humana, social y legal de lo que viven y sufren. No podemos revictimizarlas haciendo preguntas ofensivas como

Ordene del uno al cuatro los siguientes eventos: verdad, justicia, amnistía y reparación”.

Preguntar eso es ofensivo, ya sabemos la respuesta: “no hay paz sin justicia”.

Otra evidencia del gran desconocimiento sobre la naturaleza de las violencias, los delitos, las víctimas, la justicia, el Estado de Derecho, las instituciones de seguridad y justicia en México, es el manejo indiscriminado de la categoría “amnistía” ¿en serio amnistía? ¿amnistía para un feminicida? ¿amnistía para un secuestrador? ¿amnistía para homicidas?

Es más ¿podemos hablar de amnistía en una condición de violencia como la nuestra? ¿podemos hablar de amnistía sin un sistema de justicia accesible y capaz de procesar los delitos? ¿podemos ofrecer algo a las víctimas para pedir que perdonen? ¿en serio? En esa condición, la perspectiva de Andrés Manuel López Obrador es incomprensible: ¿borrón y cuenta nueva?

Desde mi conocimiento y experiencia urge empatía con las víctimas y crear ambientes de confianza para construir paz. Y esos foros, por sus formatos, por las convocatorias, por los hablantes, todo generan, sobre todo malestar ¿o es tal vez que los foros son otra forma de hacer demagogia en “tiempos de regeneración nacional”?

Reflexión final e indispensable: Alfonso Durazo Montaño como futuro secretario en materia de seguridad y Olga Sánchez Cordero como secretaria de Gobernación deben repensar inmediatamente el formato o precisar los fines de esos foros para hacer posible la paz y les ayudará consultar documentos como el Índice de Paz Global 2018 y conocer prácticas locales para construcción de paz y que atienden temas vitales como: crear convivencia social (recuperación de tejido social), enfrentar la corrupción y la impunidad, desarrollar la capacidad institucional para la seguridad, la prevención social de la violencia y la justicia, crear espacios públicos seguros, crear políticas integrales para jóvenes, construir confianza en instituciones gubernamentales y atender temas fundamentales como armas de fuego, comercio ilegal, extorsión, secuestro y formas de homicidio.

 

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