Las primeras escenas de Honey Boy: un niño encantador (Honey Boy, 2019) dejan claro el juego que la realizadora Alma Har`el (Bombay Beach, 11/8/16): un joven actor, el veinteañero Otis (Lucas Hedges), se encuentra en la filmación de una película de gran presupuesto, llena de explosiones e interacciones sólo posibles gracias al CGI. Un mundo donde la frontera entre lo real y las posibilidades de la ilusión se cruza, acentuando la crisis de Otis, una estrella de cine que se resiste a cumplir con el rol que la maquinaria cinematográfica le ha impuesto.

No es complicado deducir quién es el actor de carne y hueso que sirve como inspiración para Otis, después de todo la filmación se da en un set muy parecido al de Transformers (2007) y el comportamiento errático del histrión es muy similar al de la estrella de dicha cinta, Shia Labeouf, quien carga, además con un crédito como guionista del proyecto. La etílica rebeldía de Otis/Shia termina con el actor en una clínica de rehabilitación donde deberá enfrentar las razones que lo llevaron a la inestabilidad emocional que experimenta.

Alma Har`el nos introduce así a la niñez de Otis (Noah Jupe) y a la caótica relación que mantuvo con su padre, James (interpretado por Labeouf) en aquellos años. A partir de ese momento Honey Boy intercala la vida cotidiana de ambos Otis, buscando al igual que el joven encontrar las claves de su personalidad en la educación impuesta por su conflictivo progenitor.

El juego podría resultar para algunos un poco pretencioso, sobre todo viniendo de una figura tan polarizante como Shia Labeouf, después todo el proyecto da la apariencia de ser una costosa sesión de terapia para el intérprete, cuyos problemas personales (y excesos) han sido el combustible más de un programa de espectáculos. No obstante, Har`el cuenta con la sensibilidad suficiente para elevar el material y extraer de Labeouf una de las actuaciones más sólidas de su carrera, como sucedía con Jean Claude Van Damme, por ejemplo, en JCVD (2008) donde la estrella de Contacto sangriento (Bloodsport, 1988) analizaba y parodiaba su mito cinematográfico o con Joaquin Phoenix en la docuficción I’m Still Here (2010), donde el ganador del Oscar “renunciaba” a su carrera actoral para encontrar su verdadero yo como rapero.

James se nos presenta como una figura patética. Un hombre con un pasado turbulento (violentador sexual, adicto y alcohólico) lleno de inseguridades que utiliza a su hijo como cajero automático. Al mismo tiempo, es la fuerza creativa detrás del talento del pequeño gracias a que toma con total seriedad su carrera como payaso de rodeo (aunque lleve años sin ejercer), un arte, según sus palabras, menospreciado. Otis no es sino una extensión de las dos facetas que parecen sofocar a su tóxico padre.

Estas secuencias del Otis niño interactuando con James y su función expiatoria/terapéutica para Labeouf hacen eco de la obra reciente de Alejandro Jodorowsky, sobre todo de La danza de la realidad (2013), en la que el cineasta chileno recreaba sus memorias de la infancia, llenas también de problemas paternos. Como Jodorowsky, Alma Har`el utiliza el proceso de su guionista para trascender la mera terapia y crear empatía con el espectador. Su cotidiano podría lucir distante para el público, sus problemas los vuelven humanos.

 

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