En memoria de Elvis y Paloma. Con el anhelo de que tengan justicia y sus huérfanos encuentren paz y desarrollo pleno; y su madre, consuelo.

Para otras memorias: Carmen, Fernando y Carlitos, que encuentren paz y justicia.

Por Angélica Garnica Sosa*

Los costos humanos y generacionales de la violencia y la delincuencia en México nadie los ha calculado. Siempre se habla de ellos, pero, yo que sepa, no hay un balance en esa dimensión.

Hay datos que siempre nos sacuden: ¿cuánto nos cuesta la violencia en pesos o en Producto Interno Bruto? En este asunto, el Índice de Paz para México 2019 dice:

El impacto económico de la violencia en México ascendió a 5.16 billones de pesos (US$268 mil millones) en 2018, 10% más que en 2017 y equivalente a 24% del PIB del país. El indicador que más contribuyó al impacto económico de la violencia fue el de homicidio, con 51% del total o 2.63 billones de pesos en 2018 un aumento de 15% en comparación con 2017”.

Como científica social he analizado esos fenómenos desde diferentes perspectivas: económica, social, territorial, cultural, legal, estadística, comunicacional, política pública y de gobierno. Profesionalmente estoy obligada a abordarlos interdisciplinariamente, pero esto no es suficiente para comprender las causas, manifestaciones, impacto y costos de las violencias y los delitos en la vida de las víctimas, las familias y las comunidades. Por ello, ahora pongo en este espacio la necesidad de dar voz, escuchar, comprender y atender los costos humanos de esos fenómenos. Esto es lo más complejo a lo que me he enfrentado. Solo pensemos que lo primero por hacer es dar voz a las víctimas y a sus familias, pero no en foros. Debemos tener acervos descriptivos: documentar la violencia y dar cuenta de las impactantes y escandalosas cifras del comportamiento de la violencia de los últimos tiempos en México.

Debemos construir una narrativa humana y social de la violencia y la delincuencia. No desde las telenovelas, las series de Netflix o la nota roja. Necesitamos una narrativa accesible, fácil, honesta y respetuosa.

Hace falta desarrollar una escucha activa, atenta, consciente y humana de los hechos, las personas, las emociones y la condición humana; no desde la dramatización o la culpa. Necesitamos mentes lúcidas, corazones abiertos, seres comprensivos y compasivos ante la condición de dolor y terror que viven muchas personas y comunidades. Nos necesitamos como familia, como comunidad y como sociedad para recuperarnos de dolor y del duelo que significa haber perdido o haber nacido sin conocer la tranquilidad, la seguridad, la justicia y la paz. Ahora tenemos una generación de niñas, niños y jóvenes que no conocen otra forma de vida que esa. Es como si llevaran un sello escarlata en su acta de nacimiento: nací y crecí en tiempos de una “guerra” absurda, no conozco la paz y la violencia es un modo de vida.

Nos urge conocer las historias de las víctimas, pero con palabras y emociones de las personas, familias, organizaciones, empresas, escuelas y comunidades completas, mas no desde la nota roja. Necesitamos escribir desde la tristeza, el dolor, el duelo, la desesperación, pues seguro que en el camino nos reencontraremos con la esperanza.

Debemos hacer historia para conocernos, comprendernos, dolernos y superarnos como generación perdida en medio de tanta violencia. Recordemos que una nación que conoce su historia es una sociedad sabia, resiliente, comprensiva y compasiva. Solo así tendremos oportunidad de evolucionar.

En este momento, en nuestro país resulta vital verbalizar, nombrar, registrar y hacer historia para no olvidar, para honrar y hacer justicia a las víctimas que, a estas alturas, son miles, miles y miles que siguen sin nombre y sin registro genético.

La violencia nos transformó y no somos capaces de identificar cuánto hemos cambiado para normalizar un asalto o extorsión; reír o bromear por la violencia sexual; solidarizarse con la impunidad (¡para qué denunciar, si nada pasará!); validar la omisión social (¡nadie hace nada, por qué lo tendría que hacer yo!); reír por las formas en cómo escondemos el dinero en el calcetín para andar en el transporte público o ser testigos silencioso del tráfico de personas, árboles, gasolina, animales o droga; o darse la media vuelta o caminar más rápido si vemos que alguien está cometiendo alguna falta cívica o un delito.

Cuando pienso en todas esos códigos y conductas sociales que hemos normalizado para sobrevivir en medio de tanta violencia, me aterra pensar que nuestra niñez crezca pensando y sintiendo que la vida es así y que deben prepararse para estar peor.

Hagamos memoria. Tener registro de la violencia ayudará a nuestras futuras generaciones a leernos, perdonarnos y no cometer los mismos errores; aprenderán que la violencia no se combate con más violencia; que niñas, niños, jóvenes, mujeres, hombres, todas y todos construimos la seguridad y la paz, y debemos hacerlo porque es demasiado ingenuo pensar que en seis meses o un año se empezarán a ver cambios. Es terriblemente irresponsable creer que la Guardia Nacional nos salvará. Ya lo he dicho y lo reitero: ninguna estrategia de seguridad puede prescindir del acceso e impartición de justicia ni del restablecimiento de la convivencia comunitaria ni de la cultura y justicia cívica. Ahora agrego que tampoco debe excluirse el conocer nuestra historia de la violencia.

Al hablar de los costos humanos de la violencia y los delitos pienso en la pérdida de los valores más básicos de la condición humana: empatía, solidaridad, respeto, confianza, verdad. Recuperemos nuestra condición humana y social más básica y empecemos con nuestra familia y comunidad.

Después de estas reflexiones, les cuento que, en el último año, mi familia perdió cinco personas. Todas asesinadas de manera brutal: dos con arma de fuego y tres con arma blanca. De los cinco, ninguno ha tenido justicia. Las fiscalías están rebasadas y ante la impunidad, el círculo de la violencia es perfecto para crecer, escalar y afectar a más personas, a más familias y a más comunidades.

Me contuve de escribir durante muchos meses porque me siento ridícula, impotente e inútil; hasta que medité en el propósito de escribir aquí: tocar a las personas con la palabra y así contribuir a la construcción de comunidades fuertes y un país en paz.

 

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