El 73% de los empresarios no saben bien cómo funciona el concepto “internet de las cosas”, pero en cuanto se vean los beneficios pudiera despegar.

 

Recientemente vi en internet a un perro que caminaba en las calles de Nueva York con un atuendo que consistía en un chaleco formado de leds llamado el “Discodog”. Era una marquesina viviente que usaban para publicar diferentes mensajes como: estoy perdido, busco compañera, entre otros. Este tipo de dispositivos –como lo es el chaleco– constituye un sistema que se controla a través de un teléfono celular conectado a Wi-Fi o a Bluetooth, y que además permite localizar al animal en cualquier momento.

Para algunas personas, esta iniciativa pudiera resultar ridícula, pero la realidad es que no deja de ser innovadora, sobre todo para la industria de las mascotas y sus efusivos dueños, quienes tendrán a su alcance un aditamento más para adquirir en muestra del amor y cuidados para su fiel acompañante.

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Lo interesante de esto es lo que hay detrás. Se trata del concepto “internet de las cosas (IoT)”, un sistema que hoy mantiene ocupadas a las grandes empresas de tecnología como IBM, que tan sólo el mes pasado anunció que invertirá 3 billones de dólares en esta tendencia tecnológica: emprendedores innovadores y un sinnúmero de científicos e ingenieros imaginando todas las posibles aplicaciones.

Pero, ¿qué es IoT? Es un concepto que se refiere a la interconexión digital de objetos cotidianos con internet. Crea un escenario en que los objetos, animales o personas cuentan con identificadores únicos y la posibilidad de transferir datos sobre una red, sin necesidad de interacción humano-humano o humano-computadora. Este concepto se hizo popular en 1999, a través del centro de Auto-ID del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y documentado por un visionario británico, Kevin Ashton, en 1999.

Una de las primeras ideas para el internet de las cosas fue equipar todos los objetos en el mundo con minúsculos dispositivos de identificación legibles por dispositivos que permitan transformar la vida cotidiana; por ejemplo, control de inventario instantáneo, o la habilidad para interactuar con objetos.

La variedad de productos a los que se pudiera conectar son infinitos: monitoreo de implantes, transpondedores de biochip en animales de granja, las almejas eléctricas en aguas costeras, automóviles con sensores incorporados, o dispositivos de operación de campo que ayudan a los bomberos en búsqueda y rescate.

Con estos dispositivos se ve alterada la capacidad de una persona para interactuar con los objetos basándose en ciertas necesidades. Por ejemplo, la tecnología podría conceder a los magnates productores fílmicos mucho más control sobre dispositivos privados, como controlar la capacidad de un cliente que compró un disco blu-ray para ver la película en función de los derechos de autor del titular, similar a la de Circuit City falló DIVX.

Por otro lado, muchos sistemas podrían ser responsables de disparar las acciones, no sólo “sentir” cosas. Imaginemos, por ejemplo, sistemas inteligentes de compras que pueden vigilar hábitos de consumo de los usuarios específicos en un almacén mediante el seguimiento de sus teléfonos móviles. Estos usuarios entonces podrían ser provistos de ofertas especiales en sus productos favoritos, o incluso de la ubicación de elementos que necesitan, ya que su refrigerador ha transmitido automáticamente al teléfono una solicitud de algún producto.

Con éstas y más aplicaciones, cuyo límite será la imaginación, la firma de investigación Gartner pronostica que para el 2020 habrá casi 26 billones de dispositivos conectados en el internet de las cosas, mientras que ABI Research estima que serán más de 30 billones de dispositivos.

De lograrse esas cifras, la cantidad de información que se generará representará un reto. Habría que medir, reunir y analizar estadísticas de comportamiento, porque la correlación cruzada de estos datos podría revolucionar la comercialización de productos y servicios. Estamos hablando de la posibilidad de una mayor especialización.

A veces creemos que las oportunidades para crear o inventar nuevas cosas y negocios están agotándose, pero cada vez que parece que estamos llegando a un límite, las posibilidades vuelven a ser muy amplias, y el internet de las cosas será el “internet de todo”. Sin duda, estamos en el camino para un mundo mejor. ¿Por qué no ha evolucionado del todo? La consultora Accenture explica que 73% de los empresarios no saben bien cómo funciona el concepto, pero en cuanto se vean los beneficios pudiera despegar.

 

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