En México los ciudadanos estamos hartos del gobierno y de la clase política. Sentimos que el gobierno nos obstaculiza la vida, repudiamos la corrupción rampante y descarada que leemos todos los días, entendemos que la democracia incipiente nos ha traído una clase política que sólo busca su interés personal. Nos sentimos traicionados.

No somos la excepción, en el mundo hay un descontento general con el desempeño de la democracia y del gobierno, pero no todo es racional en este proceso, no todo es lógico ni está sustentado.

Gran Bretaña se dio un balazo en el pie al votar a favor del Brexit; Estados Unidos se ha convertido en un país de riesgo al engrandecer a un narciso desenfrenado y locuaz que propone un salto hacia el vacío; en la Unión Europea los partidos de extremos avanzan en sus propuestas radicales y nacionalistas; Filipinas tiene un nuevo loco en el poder; Venezuela no logra deshacerse del suyo; Brasil cambia de mal a peor y Rusia aplaude los desplantes machistas de su líder.

En nuestro país las cosas se complican con una sociedad cada día más exigente, pero no siempre dispuesta a hacer la tarea; seguimos inmersos en el prejuicio, preferimos quejarnos que entender, preferimos el rumor, el cliché o el sermón que a los datos y las razones.

No aceptamos alabanzas cuando desde fuera nos dicen que México ha hecho reformas espectaculares y que si algunas aún no dan resultados, es porque la economía mundial no está en su mejor momento. No queremos ver que la regulación de las drogas sería lo mejor que podríamos hacer para reducir nuestro gran problema: la violencia y la corrupción. Le tememos más al cambio que a la muerte. Nuestra amargura, nuestro pesimismo y nuestros prejuicios son más fuertes que cualquier propuesta de solución.

Cuando alguien propone una reforma en México la descartamos con lo de siempre: “en México no se puede” o “es que somos mexicanos”. Pero en todo este horizonte negativo hay líderes y países que están haciendo algo diferente y positivo, quizá Trudeau y Canadá son el más claro ejemplo. Un líder carismático, pero humano, sensato y modesto, y una población optimista y pragmática que no se derrota a sí misma.

Pero no hay Trudeau sin canadienses, los buenos líderes se desarrollan en ambientes que los fomentan. Podemos convertir el hartazgo nacional en buen gobierno y mejor democracia, si hacemos la tarea ciudadana, o podemos darnos un balazo en el pie eligiendo narcisos radicales y pensando que México está condenado a sufrir por el simple hecho de que “somos mexicanos”.

Urge una reprogramación de la identidad nacional que nos lleve a tomar mejores decisiones personales y colectivas, urge enfrentar la amargura y el pesimismo, urge un psicoanálisis colectivo para que ningún mexicano se levante con ganas de joderse a sí mismo.

 

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