Hace algunos años Adela Micha entrevistó a Kevin Spacey. De una inteligencia y carisma sobresalientes, Spacey fue llevando la entrevista con un nivel extraordinario que se acomodó perfecto al estilo personal de Micha. En una parte de la entrevista le preguntó sobre la razón por la cual él nunca ha sido protagonista de escándalos o ‘chismes’ de farándula, a lo que Spacey contestó ‘because of consistency’.

Sin profundizar en la respuesta Micha continuó por otros temas, sin, según yo, darle la importancia que merecía la respuesta en el entorno mediático en el que nos desenvolvemos hoy en día en donde la exhibición de información ‘perjudicial’ para algunos pareciera ser más una culpa del exceso de ventilación de datos en la media sobreexpuesta, que la demostración de un estilo de vida y pensamiento inconsistentes que quedan al descubierto mostrando al sujeto tal cual, por encima de la creación ‘alter eguista’ que el personaje había enviado a través de la media convencional y alternativa.

Esa consistencia a la que se refiere Spacey es la que provoca que seamos los mismos públicamente y privadamente, es la que se refiere a que los rasgos que nos conforman -educación, valores, cultura, principios- no deberían alterarse al ser exhibidos públicamente, o que son imposibles de inventar públicamente cuando no se poseen en realidad, esencialmente.

Así, en estos días, hemos visto como esa invención de principios públicos son destruidos al quedar exhibida una vida privada que no es congruente con la forma como las personas se han dado a conocer. El caso más elocuente es el de Alejandra Barrales y su departamento de Miami, escondido en formas legales y de uso común por empresarios que alejan pertenencias del conocimiento del fisco y de matrimonios en riesgo. Por supuesto la reacción inmediata es usar el famoso gesto ‘echado adelante’ que tanto disfrutan los políticos cuando son ‘cachados en la maroma’: ‘no sólo no lo escondí, al contrario…’ y ahí se suelta con las dramáticas razones por las cuales efectivamente hizo todo el sacrificio para exponerse al riesgo público de dar a conocer que en efecto, casi sin que nadie se lo pidiera, había declarado que… tenía una empresa, claro, sin aclarar que la empresa sólo tenía como función única, esconder la pertenencia de un departamento en Miami.

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Además del sobrado cliché que significa tener un departamento en Miami para la oscura sociedad mexicana de reciente incremento en sus emolumentos, el asunto cobra relevancia por el activismo político/social sobre el que ha construido su carrera política. Primero como líder sindical, después como representante de un partido que en teoría representa intereses de carácter social más profundos que la mera acumulación de riqueza como patrimonio de vida. Finalmente, como crítica de un sistema corrupto que, precisamente por prácticas engañosas como la creación de una empresa para esconder la propiedad de un departamento de valor desproporcionado con los ingresos y el estilo de vida político, representa la élite de la corrupción nacional y en contra de la cual basa su discurso ideológico.

El segundo caso es el del periodista que sorprendieron como coleccionista de oportunidad de piezas invaluables de colección de memorabilia de Super Bowl.

Si bien es totalmente censurable su proceder, aprovechando la buena fe de la organización que confía en que los asistentes son todos profesionales incapaces de actuar como ‘simples fans’ y que respetan los códigos de conducta del gremio —Spicer, el vocero de la Casa Blanca, el martes se refirió al asunto como otro ‘wrongdoing by the press’ que se había corregido, sin aludir a la nacionalidad del ‘bad hombre’—, la estridencia que generó de parte de periodistas mexicanos que buscaron lincharlo a como diera lugar, pone de manifiesto, desde mi punto de vista, la necesidad de compiladores de gritar desmesuradamente al señalado alejando culpas propias.

Y es que el periodismo mexicano, en el entorno cultural de corrupción –como diría el presidente— en el que vivimos, no se salva de tener entre sus filas a colaboradores del sistema que secuestran o modifican la información a cambio de favores que esconden la intención original de ‘compra’, por lo que, la posibilidad de señalar los defectos propios en el otro, no la dejan pasar para liberar en sus reclamos una parte vaporosa de sus propias culpas, que, en mucho, trabajan en crear falsas consistencias.

Al menos, el periodista descubierto por el FBI y la policía de Houston, no tuvo el descaro de echarle la culpa a los que lo exhibieron, o de buscar culpables de su exhibición, lo que nos llevaría a la reflexión de por qué un escándalo claramente expuesto, en ambos casos, genera dos reacciones tan opuestas.

Por un lado, el periodista coleccionista, sin derecho de réplica o posibilidades de defensa alguna -aunque fuera un acto de intento de expiación- es linchado, y por el otro, la política inversionista ‘se salva’ a base de explicaciones increíbles y del cuidado con el que es tratada por el establishment de la media convencional que, en algunos casos, hasta se disculpa cuando le ‘tiene que preguntar’ sobre el asunto del departamento de Miami.

En ambos casos, la media convencional actuó, pues precisamente con la convencionalidad a la que está acostumbrada, tratando de crear una narrativa de consistencia que en ambos casos logre el efecto de ‘mediatizar’ la información intentando generar los juicios convenientes de valor como lo hizo a lo largo del siglo XX.

Sin embargo, la discusión que en Internet ha generado la creación de nuevos criterios más independientes y personales y que es una variable que insiste en seguir ignorando que rebasa la cobertura intencionada de la media en sus formas escrita, visual y hablada, está cambiando en la comunidad la percepción esencial de los protagonistas de estos hechos, cobrando, en la apreciación que del sujeto se tiene, la honestidad que precisamente otorga la consistencia o la falta de la misma. Aunque creen que quedan librados del escarnio popular porque así lo sienten al participar en diversos foros de la media convencional, le profusión en la distribución de una imagen afectada llegando a la esencialidad e intimidad de la comunicación personal, vía la red, está creando nuevas formas de relación intensa en los nuevos diálogos de la comunidad horizontal interconectada, que están modificando poco a poco el criterio de participación, y su importancia, de las nuevas comunidades digitales que paulatinamente se están convirtiendo en mayorías.

En una reciente encuesta realizada por el Inegi, la SCyT y el Ifetel, hoy en Mexico 65.5 millones de personas —59.5% de la población— tienen acceso a Internet, de los cuales 84.5% lo usa para informarse.

En este nuevo diálogo, la mass media no podrán más crear o destruir personajes basados en falsas consistencias.

 

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