A sabiendas de la correlación positiva entre crecimiento económico y disminución de la pobreza, los malos resultados en el combate a la pobreza en México no deberían extrañarnos. En todo caso, lo que sí causa extrañeza es que en mucho tiempo no haya habido un cambio sustancial en la política económica.

 

Por Pablo Cotler

Una vez más, como sucede desde 2006, el Coneval anuncia que el porcentaje de la población que está en situación de pobreza no baja. Considerando los ingresos propios generados en el mercado de trabajo y de bienes, así como las remesas y transferencias, el Coneval reporta que 53.2% de la población mexicana está en situación de pobreza y 20.6% en situación de pobreza extrema. Una primera lectura da, sin embargo, una buena noticia: el porcentaje de la población en extrema pobreza disminuyó. No obstante, ello es un espejismo: si descontamos las transferencias gubernamentales, el porcentaje de población en situación de pobreza y de pobreza extrema continúa aumentando.

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Hoy en día, el porcentaje de mexicanos en pobreza es similar al que se tenía en 1992. Datos difíciles de conciliar con una economía que está considerada entre las 15 más grandes, que es miembro de la OCDE y considerada de ingreso medio alto. Conocidos los resultados hay sorpresa y un llamado de atención a Sedesol.

Debo confesar que me intriga la sorpresa de muchos. Con un récord de crecimiento económico (ver cuadro) que muchos tildan de mediocre, ¿por qué habría de esperarse una caída sustancial de la pobreza? Muchos aducen que el bajo dinamismo económico es causa de la informalidad, la corrupción y el bajo nivel educativo que impera en el país. Y quizás ello es cierto, aunque también lo es la causalidad inversa. Sin embargo, dichas características no son específicas de México; también lo son en Perú, Brasil y Colombia. En este sentido, dichas características por sí solas no permiten explicar por qué México se distingue –entre sus pares latinoamericanos– por ser el país con el menor dinamismo económico.

Ibero-cuadroA sabiendas de la correlación positiva entre crecimiento económico y disminución de la pobreza, los malos resultados en el combate a la pobreza en México no deberían, pues, extrañarnos. En todo caso, lo que sí causa extrañeza es que en mucho tiempo no haya habido un cambio sustancial en la política económica. Ciertamente se ha logrado una importante estabilidad macroeconómica, que es ingrediente indispensable para contar con una economía sólida y robusta. Sin embargo, es vergonzoso y preocupante saber que un rasgo característico de la economía sea que más de la mitad de la población tenga un ingreso inferior a la línea de bienestar mínimo. Si hemos de juzgar la política económica por sus resultados, la falta de crecimiento robusto a lo largo de tres décadas y la persistente pobreza nos llevan a pensar que la política económica que hemos seguido tiene serias deficiencias.

Buscando subsanar la escasa generación de ingresos, desde muchos años atrás el gobierno federal puso en marcha un conjunto de programas sociales que tienen por finalidad apoyar a productores de bajos ingresos en la adquisición de activos productivos. Sin embargo, en el Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social en México 2014, que publicó recientemente el Coneval, se afirma que este conjunto de programas se encontraba con problemas de diseño y operación, en virtud de carecer de una política territorial, de no contar con indicadores que permitieran una focalización eficaz, de no ocuparse de la comercialización y de no mostrar una coordinación efectiva con otros programas que perseguían similares metas. Ciertamente, todo ello es corregible.

Pero dichos programas parten de un supuesto fundamental: que la población pobre tiene capacidad empresarial para detectar nichos de mercado, para desarrollar un emprendimiento exitoso y para alcanzar economías de escala y de organización. ¿Será ello cierto?, o ¿será necesario también ajustar los programas para que los beneficiarios operen de manera grupal y se gobiernen de manera cooperativa?

Como se describe en el libro Scarcity de Mullainathan y Shafir, la pobreza es un problema multidimensional de difícil solución. No hay remedio mágico ni resultados rápidos. Sin embargo, los resultados observados y los pronósticos que hay para nuestra economía sugieren que no vamos por buen camino. Urge una seria reflexión en torno de qué modificar del programa económico y una mejora sustancial de la arquitectura de la política social.


Pablo Cotler es especialista en sistema financiero, banca de desarrollo, microfinanzas, política macroeconómica y monetaria. Es director del Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana. Doctor en economía por la Boston University ([email protected]).

 

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