Desde la promulgación de la Constitución de 1917 hemos creído erróneamente que “el petróleo es nuestro”, ¿qué hay de malo en este postulado? 

 

 

“El Niño Dios te escrituró un establo/ y los veneros del petróleo el diablo”, cuánta razón tenía el poeta Ramón López Velarde cuando escribió estos versos en su obra épica, La Suave Patria.

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Era 1921 y México llevaba 20 años en el negocio petrolero,  apenas la mitad como exportador de crudo y aunque la constitución de 1917 señalaba que los recursos del subsuelo eran propiedad de la nación no tomó efecto hasta la expropiación petrolera, el último gran mito nacionalista del país.

Desde entonces hemos creído erróneamente que “el petróleo es nuestro”. Digamos, en términos poéticos, que en realidad le vendimos el alma al diablo.

El error inicia más por ignorancia y arrogancia; desde 1957 México es un importador neto de combustibles derivados del petróleo puesto que el país no cuenta con refinerías. En 2007 todavía era el sexto exportador mundial del hidrocarburo y hoy ocupa el lugar número 16. A pesar de esa caída sigue siendo el principal ingreso del país.

Esto último resulta una grave amenaza pues señalan Castro y Diaz Frers (Cippec 2008) los países que viven principalmente de los recursos naturales tienen un menor desarrollo cívico y político entre los ciudadanos quienes al no ver comprometidos sus ingresos vía impuestos e incluso recibir “dádivas” de los gobiernos, muy al estilo de México y Venezuela con el tema petrolero, dejarán de exigir cuentas a los gobiernos sobre ese dinero que ingresa, así los malos manejos del presupuesto público aumentan e incluso la tentación de adquirir préstamos sobre los recursos, generando así sobre endeudamiento que al caer los precios recrudecerán cualquier crisis económica como sucedió en la década de 1980 con el fin de llamado Milagro Económico Mexicano.

Hoy México vuelve a tener potencial energético pues se estima que posee la sexta reserva más importante de shale gas del planeta de acuerdo a la Energy Information Administration de los Estados Unidos.

Sin embargo, Pemex nunca invirtió en extracción de gas, su objetivo fue extraer petróleo (el de la superficie porque tampoco tiene como extraerlo de aguas profundas), entonces a menos que estén dispuestos a comprar tecnología (y obvio que se las quieran vender) el país necesita abrirse a las empresas privadas pero con los candados adecuados que las regulen pues es de sobra conocido el poder corruptor y de lobbying de las empresas petroleras así como de otras transnacionales que operan de manera transversal a los estados influyendo en sus políticas (si quieren ahondar en el tema pueden leer La maldición de los recursos naturales, de Stiglitz).

La reforma petrolera presentada por el presidente de México abre la puerta a un gran negocio que bien regulado podría generarle ingresos significativos al país. Pero es necesario destinar parte de esos recursos a desarrollar a Investigación y Desarrollo (I+D)  enfocado en energías alternativas y tecnologías disruptivas que permitan la industrialización del país y la sustitución de energías fósiles o estaremos dilapidando nuevamente los recursos y sembrando la semilla de una futura crisis energética y económica.

 

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