Decir verano, es decir playa. Y decir playa, es decir biquini. Y decir biquini, es decir cuerpo escultural de mujer. Y las esculturas ya no son (sólo) de mármol o de metal sino que son (sobre todo) de carne y hueso y se exhiben en las portadas de las revistas de moda. El verano, la playa, el biquini y las portadas de las revistas de moda exigen, pues, cuerpos delgados de mujer. Por eso Petra no entiende nada cuando Mamá Elefanta le dice:

—¡La gordura es hermosura!

2Porque a Petra no le gusta estar gorda: ella quiere ser delgada y elegante.

Por eso —nos dice la austriaca Helga Bansch en su libro Petra (OQO / Conaculta)—, esta joven, ancha y hermosa elefanta intenta adelgazar por todos los medios que le son posibles: hacer ejercicio y ponerse en forma junto al cocodrilo, vestirse con un elegante traje de rayas verticales como las cebras, comer apenas una vez a la semana como la serpiente; incluso emprender un viaje por el mundo en busca de alguien que de verdad pueda ayudarla a tener la cintura fina y las piernas flacas que sólo ha podido ver, en sí misma, en sueños.

Una vez despierta, en el día a día, Petra sólo puede ver de sí misma carnosos fragmentos o, bien, la imagen semicircular que con repetida obsesión le devuelve, de ella, el espejo.

3Es una paradoja: vivimos en un mundo de imágenes y jamás podemos vernos de cuerpo entero con nuestros propios ojos. Siempre necesitamos un intermediario para advertir quiénes somos, cómo somos: las cristalinas aguas de un apacible río, un espejo bien azogado, una fotografía, un video. Pero todo eso que vemos ya no es nuestro cuerpo. Es la imagen que de él se nos devuelve. Creemos que somos lo que somos no por lo que vemos de nosotros, sino por lo que algo más nos dice qué somos. De nosotros mismos apenas podemos ver, con nuestros propios ojos, partes, fragmentos, trozos.

Gordo, flaco, robusto, bien formado, musculoso, enclenque, atocinado, mofletudo, cachetón, de buenas formas, panzón, obeso, escultural; alto, chaparro, enano, de talla pequeña, mediana o grande. ¿Cuál palabra nos ajusta? ¿En cuál cabemos? ¿La hemos elegido nosotros o la hemos comprado esta mañana, el mes pasado, hace años en algún lugar? Es el exterior el que nos señala, el que nos etiqueta, el que nos encierra en un molde: las personas que nos conocen, los lugares que visitamos, la ropa que usamos, las revistas que leemos, las lecturas que tenemos, los centros comerciales que recorremos, el grupo de amigos que frecuentamos, nuestros enemigos, los anuncios publicitarios. Son siempre los demás (las cosas, las gentes, la época) los que nos califican. Y lo hacen con la herramienta que les va más a modo: la comparación. Utilizan una referencia. Un punto de partida.

4El artista colombiano Fernando Botero dice que no pinta gordos, pero él es el único que se lo cree. Al comparar sus personajes con nuestro mundo cotidiano contemporáneo, lo que vemos inevitablemente son gordos. Porque nuestra época es light, delgada, magra, flaca, liviana, parca. Es como si nos hubiéramos dado cuenta de que ya somos muchos y estamos apretados y no cabemos. Entonces hay que hacer que las cosas sean ligeras, de poco peso y de dimensiones minúsculas. Pero también las personas. Empezando por nosotros mismos. Hay que hacernos delgados para caber en la ropa. Hay que hacernos delgados para caber en el coche. Hay que hacernos delgados para no morir de un infarto. Hay que hacernos delgados para poder escapar por cualquier rendija en caso de emergencia. Hay que hacernos delgados, como sueña Petra, para dar pasitos graciosos, para no hacer ruido al caminar, para ser elegante. Hay que ser delgados, en fin, para caber en sociedad… o bañarnos cómodamente en la playa.

Porque cada vez que deseamos mirarnos de cuerpo entero sólo puede ser con la mediación de un espejo, de una fotografía, de un video. Y eso que vemos ya no es nuestro cuerpo sino una época: con sus gustos, sus fobias, sus anhelos, sus deseos, sus pasiones, sus tentativas, sus crueldades, sus malestares, sus enojos, sus virtudes, sus ideales. No son nuestros propios ojos los que miran e interpretan nuestro propio cuerpo. Es nuestro mundo el que mira por nosotros y con nosotros.

Por eso Petra, cansada de buscar una imposible solución a su gordura, cambia su sentir y su mirada sobre ella cuando otra mirada, la del elefante Fortunato Turulato, la descubre. Y retozan juntos.

—Nunca había pasado por aquí una elefantita como tú… ¿Qué estás buscando? —le pregunta Fortunato.

5Petra ya no lo recuerda. Sólo sabe para entonces una cosa: que Fortunato y su sonrisa le hacen cosquillas en el corazón. Así que de vuelta a casa —cuenta la pedagoga, ilustradora y narradora Helga Bansch– Petra y Fortunato van dejando atrás cocodrilos musculosos, cebras elegantes, serpientes muy delgadas, elefantes grandulones… ¡Y todos tan contentos! No hay duda de que Petra ha encontrado ya, en ese mundo que encierra la sonrisa de Fortunato cada vez que la mira, una nueva forma, a su vez, de mirarse.

 

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